CAPÍTULO 1
EL SOLITARIO
La lluvia caía lentamente sobre los enormes ventanales de la Hacienda Valderosa. No era una tormenta fuerte. Era una lluvia triste… silenciosa… de esas que parecían acompañar el dolor sin hacer ruido. El cielo estaba gris, las montañas cubiertas por neblina y el viento golpeaba los árboles como si quisiera arrancarlos de raíz.
Dentro de la enorme sala principal, el ambiente era todavía peor.
Pesado.
Frío.
Doloroso.
Silvano permanecía de pie frente a la ventana, inmóvil, observando el vacío del paisaje como si esperara encontrar alguna respuesta entre las montañas. Vestía completamente de negro. La barba crecida endurecía todavía más sus facciones, y sus ojos… sus ojos parecían muertos.
No había dormido en días.
Tal vez semanas.
Ni él mismo lo sabía ya.
Detrás de él, su familia intentaba hablarle, pero las voces llegaban distantes, como ecos sin importancia.
—Solo quiero que se vayan todos.
Su voz salió seca. Grave. Sin vida.
Andrea, su madre, sintió cómo el corazón se le rompía otra vez. Dio un paso hacia él lentamente, con miedo incluso de tocarlo.
—Hijo… sé que esto es duro, pero no puedes quedarte aquí solo.
Silvano cerró los ojos.
Otra vez lo mismo.
Todos querían decirle qué hacer.
Todos querían salvarlo.
Pero nadie entendía que él ya estaba roto.
—La soledad no es el remedio —continuó Andrea con la voz temblorosa—. No puedes encerrarte aquí como si el mundo hubiera terminado.
Silvano soltó una pequeña risa amarga.
El mundo sí había terminado.
El suyo.
Patricio, su hermano menor, se acercó rápidamente.
—Hermano, déjame quedarme contigo. No tienes que pasar esto solo.
Silvano giró apenas el rostro y lo miró por encima del hombro.
Dios.
Cómo odiaba esa mirada de lástima.
—No necesito compañía.
—Claro que sí —intervino Gastón—. Esto no es normal, amigo. Ni siquiera respondes llamadas. Desapareciste de Italia sin decir nada y vienes a esconderte aquí como si…
—¡Como si qué! —estalló Silvano girándose bruscamente.
El silencio cayó sobre la sala.
Todos se quedaron quietos.
Incluso Mirella dejó de llorar por unos segundos.
Silvano respiró profundamente, intentando controlar la furia que hervía dentro de él.
Pero no podía.
Todo le molestaba.
Las voces.
La compasión.
La preocupación.
La vida.
—¿Acaso no entienden? —dijo finalmente con la voz rota—. Déjenme solo… es todo lo que pido.
Mirella comenzó a llorar otra vez.
—No puedes hacer esto, Silva…
Él bajó la mirada.
Silva.
Solo ella le decía así desde pequeño.
Y normalmente eso bastaba para hacerlo sonreír.
Pero no ahora.
Ahora nada funcionaba.
—Te amo tanto, hermanito… —susurró ella—. No quiero que te quedes aquí encerrado.
Silvano tragó saliva lentamente.
Le dolía verla llorar.
Le dolía todo.
—Mirellita… vete, por favor. No hagas esto más difícil.
Augusto soltó un largo suspiro y pasó ambas manos por su rostro.
—Es imposible convencerte, ¿verdad?
Silvano negó lentamente.
—No pienso regresar.
Silverio, su padre, permanecía sentado en silencio observándolo. Nadie lo conocía mejor que él. Nadie entendía mejor el sufrimiento que estaba consumiendo a su hijo.
Silvano siempre había sido fuerte.
Elegante.
Seguro.
Un hombre frío incluso en los peores momentos.
Pero ahora…
Parecía vacío.
Como si la muerte le hubiera arrancado el alma y hubiese dejado solo el cuerpo.
Andrea rompió nuevamente el silencio.
—Hijo… la soledad puede volverte loco.
Aquellas palabras provocaron algo dentro de él.
Una grieta.
Un dolor insoportable.
Sus ojos se llenaron de lágrimas de inmediato, pero no quería llorar delante de nadie. Apretó los puños con fuerza mientras sentía cómo el recuerdo volvía a destruirlo.
El sonido del metal.
Los frenos.
El impacto.
Los gritos.
Sangre.
Demasiada sangre.
Alicia…
Enrique…
Su respiración comenzó a agitarse.
No.
No otra vez.
No quería recordar.
—¡BASTA! —rugió de pronto.
Todos dieron un pequeño salto.
Silvano llevó ambas manos a su cabeza y comenzó a caminar desesperadamente por la sala.
—¡Basta ya! ¡No quiero escuchar nada más!
—Silvano…
—¡No! ¡No entienden nada!
Sus ojos estaban completamente rojos.
Llenos de rabia.
De dolor.
De desesperación.
—¡Yo los vi morir! —gritó quebrándose finalmente—. ¡Yo estaba ahí!
Andrea comenzó a llorar desconsoladamente.
Patricio bajó la cabeza.
Mirella cubrió su boca intentando contener el llanto.
Pero Silvano ya no podía detenerse.
Todo estaba saliendo.
Todo.
—¿Creen que no lo intento? ¿Creen que quiero sentirme así? ¡No puedo dormir! ¡No puedo respirar! ¡No puedo cerrar los ojos sin volver a escuchar el maldito choque!
Se dejó caer de rodillas sobre el suelo.
Destrozado.
Completamente roto.
—No pude salvarlos…
Aquellas palabras destruyeron el corazón de todos.
Silverio se levantó lentamente y caminó hacia él.
Nunca había visto a su hijo así.
Jamás.
Se agachó frente a él y tomó su rostro entre ambas manos.
—Escúchame bien, hijo…
Silvano evitó mirarlo.
—No fue tu culpa.
Silvano soltó una risa amarga.
Vacía.
—Claro que sí.
—No.
—¡Yo conducía!
El silencio volvió a llenar la sala.
La lluvia seguía cayendo afuera.
Y dentro de Valderosa… el dolor parecía respirar entre las paredes.
Silverio abrazó a su hijo con fuerza.
Y Silvano finalmente lloró.
No como un hombre.
No como un empresario.
No como el heredero Panzavechia.
Editado: 12.04.2022