CAPÍTULO 2
PUEBLERINA MUY LOCA
Kaleana Montebello amaba los sábados por la noche.
No había un solo rincón de San Cristóbal que no cobrara vida cuando caía el sol. Las calles pequeñas del pueblo se llenaban de música, risas, voces mezcladas, olor a comida caliente y perfume de flores frescas. Las familias sacaban sillas frente a sus casas, los hombres se reunían cerca de la plaza para hablar de ganado, cosechas y política, y las mujeres caminaban tomadas del brazo con vestidos coloridos, como si cada sábado fuera una fiesta inventada solo para ellas.
Para Kaleana, San Cristóbal no era solo un pueblo.
Era su casa.
Su mundo.
Su desorden favorito.
Nunca había sentido deseo de irse. Aunque había estudiado veterinaria, aunque le habían ofrecido trabajos en la capital y en lugares donde, según su madre, una joven inteligente podía “hacer futuro”, ella siempre regresaba a lo mismo: las montañas, los caminos de tierra, los animales, la gente sencilla, las fiestas improvisadas y el calor humano de un lugar donde todos sabían quién eras antes de que tú mismo terminaras de presentarte.
Esa noche, como casi todos los sábados, Kaleana llegó a la plaza con el pelo suelto, una falda ligera, sandalias y esa forma de caminar que parecía no pedir permiso a nadie.
—¡Holaaaa, Cati! —gritó desde lejos.
Catiana, que estaba sentada junto a Mónica y Hortencia, levantó la mano con una sonrisa enorme.
—¡Kale! Ven para acá, muchacha. Estás perdida.
Kaleana se dejó caer en la silla con un suspiro exagerado.
—Perdida no. Ocupada. Hay vacas más inteligentes que algunos hombres del pueblo, pero igual hay que atenderlas.
Las tres soltaron una carcajada.
—Siempre con tus animales —dijo Hortencia.
—Los animales por lo menos no mienten —respondió Kaleana mientras tomaba un vaso de vino dulce de la mesa—. No como otros.
Catiana la miró con picardía.
—Ajá… ¿y ese comentario viene por Lucas?
Kaleana puso los ojos en blanco.
—No me menciones a ese hombre, por favor. Se cree dueño del aire que respiro.
—Porque todavía está enamorado de ti.
—Ese no está enamorado. Ese está acostumbrado a creer que lo que una vez tuvo le pertenece para siempre.
Mónica levantó su vaso.
—Brindo por eso.
Todas chocaron los vasos y rieron.
La música sonaba desde una esquina de la plaza. Un grupo de hombres tocaba guitarra, güira y tambora, mientras algunas parejas bailaban bajo las luces amarillas colgadas entre los árboles. Había niños corriendo cerca de la fuente, ancianas observando todo desde los bancos y jóvenes intentando enamorar a muchachas que fingían no escucharlos.
Kaleana miraba todo con una sonrisa.
Hasta que Catiana se inclinó hacia ella con ojos brillantes.
—Tengo que contarte algo.
—¿Qué cosa?
—Volvió el hombre de la Hacienda Valderosa.
Kaleana frunció el ceño.
—¿Qué hombre?
Catiana abrió los ojos como si acabara de escuchar una herejía.
—¿Cómo que qué hombre? Silvano.
Kaleana bebió un sorbo de vino.
—¿Silvano?
—Silvano Panzavechia Valdez.
Kaleana casi se atragantó.
—¿Panza qué?
Mónica soltó una carcajada.
—Panzavechia.
—Ese apellido parece de payaso italiano.
—Pues será payaso, pero está buenísimo —dijo Catiana sin pudor.
Kaleana la miró horrorizada.
—¡Catiana!
—¿Qué? Una no está ciega. Ese hombre es elegante, serio, misterioso… y tiene una cara de pecado que Dios me perdone.
Hortencia asintió con toda seriedad.
—Eso es verdad.
—¿También tú? —preguntó Kaleana indignada.
—También yo. Una cosa es que esté amargado y otra que no se vea bien.
Kaleana cruzó los brazos.
—Pues yo lo conocí.
Las tres se quedaron inmóviles.
Catiana fue la primera en reaccionar.
—¿Qué tú qué?
—Lo conocí.
—¿Dónde?
—En la hacienda.
Mónica se llevó una mano al pecho.
—¿Entraste a la Hacienda Valderosa?
—Sí.
—¿Sin permiso?
Kaleana levantó los hombros.
—No había nadie en la entrada.
Catiana se tapó la boca para no reír.
—Kaleana, tú estás loca.
—No estoy loca. Solo estaba curioseando.
—Eso se llama invadir propiedad privada.
—Ay, por favor. Era un camino abierto.
—¿Y qué pasó? —preguntó Hortencia, acercándose más.
Kaleana apretó los labios, recordando el encuentro.
El hombre había salido serio, malhumorado, con esa mirada fría de quien cree que el mundo debe abrirle paso. Le había hablado como si ella fuera una niña perdida. Y eso, naturalmente, había despertado lo peor de ella.
—Es un imbécil —dijo finalmente.
Catiana soltó una carcajada.
—Todos los hombres que conoces son imbéciles.
—No. Este es imbécil de verdad. Imbécil con título, apellido y hacienda.
—Pero guapo —agregó Mónica.
Kaleana la miró mal.
—Eso no le quita lo imbécil.
—Pero ayuda —dijo Catiana.
Las tres volvieron a reír.
Kaleana bebió otro sorbo de vino y negó con la cabeza.
—Es arrogante. Me habló como si yo fuera una intrusa peligrosa.
—Lo eras —dijo Hortencia.
—No me ayudes.
—Solo digo la verdad.
Kaleana abrió la boca para responder, pero una voz masculina, grave y tranquila, sonó detrás de ella.
—Gracias por decir que soy un imbécil.
El mundo se detuvo.
Catiana abrió los ojos de golpe.
Mónica se llevó una mano a la boca.
Hortencia mordió sus labios para no reír.
Kaleana sintió que el alma se le salía por los pies.
No.
No podía ser.
Lentamente, muy lentamente, giró el rostro.
Y ahí estaba.
Silvano Panzavechia Valdez.
Vestido de negro.
Alto.
Serio.
Con esa expresión de hombre cansado de la humanidad.
Y, para desgracia de Kaleana, mucho más atractivo de cerca que de lejos.
Editado: 12.04.2022