El día que me despidieron, Londres estaba gris de una manera casi ofensiva, como si la ciudad hubiese decidido acompañar mi humillación con una escenografía adecuada. No llovía, pero el aire estaba cargado de esa humedad que se mete en los huesos y te recuerda que aquí nada es completamente seco, ni siquiera el dolor.
No discutí. No pregunté si había algo que pudiera haber hecho mejor. Me limité a asentir, a recoger mis cosas en una caja demasiado pequeña para los años que había dejado en esa oficina. Diccionarios marcados, libretas con notas en los márgenes, un cuaderno donde copiaba frases que nunca iban a pertenecerme del todo. Traducir siempre fue eso: vivir en palabras ajenas sin hacer demasiado ruido.
Cuando crucé la puerta por última vez, sentí algo parecido al alivio. Como si una estructura que ya estaba podrida hubiese terminado de caerse. Aun así, el vacío llegó después, cuando me encontré caminando sin rumbo, con la caja apoyada contra mi pecho como si pudiera protegerme de algo.
Esa noche no dormí. Me senté en el suelo del pequeño departamento que alquilaba en Hackney, rodeada de libros abiertos que no podía leer. Pensé en volver a casa. Pensé en aceptar que Londres no me debía nada. Pensé en música, porque siempre pienso en música cuando no sé qué hacer con mi vida.
Dos días después llegó el correo.
No tenía remitente reconocible. El mensaje era breve, casi aséptico. Buscaban a alguien con mi perfil: idiomas, discreción, disponibilidad absoluta. No especificaban salario ni duración. Solo una frase que me dejó con la respiración suspendida:
Se trata de acompañar a una persona en un momento delicado.
No pregunté quién era. Tal vez porque una parte de mí ya lo sabía. O porque necesitaba creer que aceptar algo sin entenderlo del todo podía ser una forma de avanzar.
Nos encontramos en un café cerca del Támesis. El hombre que me habló en nombre de otros evitó mirarme directamente. Usaba palabras como “riesgo”, “historial complicado”, “necesidad de contención”. No mencionó el nombre hasta el final, como si soltarlo antes pudiera contaminar el aire.
Julian Blackwood.
Sentí el impacto en el cuerpo antes que en la mente. Un ruido sordo, interno, como cuando una canción que conoces demasiado bien empieza a sonar en un lugar inesperado. No dije nada. Me limité a escuchar mientras mi memoria hacía lo que siempre hacía: reconstruir.
Aurora Crown. Letras que había traducido para nadie. Noches enteras con auriculares puestos, convencida de que alguien al otro lado del mundo entendía exactamente lo que yo no sabía decir.
Y ahora ese alguien era un hombre real, roto, peligroso incluso para sí mismo.
Acepté.
No lo hice por él. O eso me repetí. Lo hice porque no tenía nada más. Porque el vacío necesita ser ocupado o termina por devorarte. Porque a veces quedarse quieta es más aterrador que entrar en territorio prohibido.
La primera vez que lo vi fue en su casa. Una construcción victoriana demasiado grande para una sola persona. Las paredes parecían cargadas de una historia que nadie se atrevía a limpiar. Había botellas vacías en la cocina y una guitarra apoyada contra un sillón, como un animal herido que nadie se animaba a tocar.
Julian estaba sentado junto a la ventana, de espaldas. Fumaba. No se giró cuando entré.
—¿Eres la nueva niñera? —preguntó sin mirarme.
Su voz no era la que recordaba de las canciones. Era más áspera. Más baja. Como si hubiese sido usada en exceso.
—Soy Daphne —dije—. Estoy aquí para acompañarte.
Rió. Una risa breve, sin humor.
—Eso es lo que dicen todos antes de irse.
Me observó entonces. Sentí su mirada como un examen silencioso, incómodo. No había interés en ella, solo cansancio. Y algo más. Algo peligroso.
—No necesito ayuda —añadió—. Y no tengo intención de hacerte la vida fácil.
Asentí.
—No vine a salvarte.
Fue la primera verdad que nos cruzó. Y también la primera mentira.
Porque mientras lo miraba volver a la ventana, con el humo envolviéndolo como una segunda piel, entendí que ese trabajo no tenía nada que ver con traducir idiomas. Iba a tener que aprender otro lenguaje. Uno hecho de silencios, de culpa, de música que ya no se toca.
Y supe, con una claridad que me dio miedo, que nada iba a salir intacto de allí. Ni él. Ni yo.