El sonido del amor

2

La casa tenía una forma particular de hacerte sentir intrusa incluso cuando nadie te echaba. No era hostil; era peor. Indiferente. Cada habitación parecía diseñada para alguien que ya no estaba, y yo caminaba por ellas con la sensación de estar ocupando un espacio prestado, uno que no terminaba de aceptarme.

Julian no volvió a dirigirme la palabra ese primer día. Se movía por la casa como si yo fuera un mueble nuevo que todavía no decidía si conservar. Abría cajones, cerraba puertas, encendía cigarrillos que olvidaba a medio consumir. Yo lo seguía a una distancia prudente, esa que se aprende cuando sabes que cualquier paso en falso puede provocar una explosión.

Me habían dicho que no lo presionara. Que mi función no era corregir, ni imponer rutinas, ni hablar de lo que había pasado. Solo estar, había dicho el hombre del café, como si estar fuera algo sencillo.

Me senté en la cocina con una taza de té que se enfrió antes de que pudiera beberla. Desde allí escuchaba ruidos dispersos: pasos, una puerta que se cerraba con demasiada fuerza, el sonido de un vaso apoyándose contra la madera. Pensé en traducir mentalmente esos sonidos, darles un significado que me tranquilizara. Fracaso. Algunos idiomas no admiten equivalencias.

Al anochecer, Julian apareció apoyado en el marco de la puerta. Tenía los ojos enrojecidos, no sabía si por el alcohol o por el cansancio.

—¿Vas a quedarte ahí sentada toda la noche? —preguntó.

—Si quieres, puedo irme —respondí.

Me miró con algo parecido a la sorpresa. Como si no esperara que esa opción existiera.

—No —dijo finalmente—. Ya estás aquí.

No fue una invitación. Tampoco una orden. Era un hecho. Y yo aprendí rápido que con Julian las cosas funcionaban así: se aceptaban como venían, sin adornos.

Los días siguientes establecimos una rutina extraña, tácita. Yo llegaba temprano. Él se levantaba tarde. A veces no se levantaba. Yo no preguntaba. Preparaba café, abría las ventanas, dejaba la radio apagada. No porque me lo hubiera pedido, sino porque algo en su silencio me indicaba que el ruido todavía dolía.

Me hablaba poco. Cuando lo hacía, era para marcar límites.

—No revises eso.

—No entres ahí.

—No me mires así.

La última frase me descolocó.

—¿Así cómo?

—Como si supieras —respondió.

Y tal vez sabía. No los detalles, no la secuencia exacta de lo que había ocurrido con Elliot, pero conocía ese tipo de mirada. La había visto en espejos propios, en amigos que sobrevivieron a cosas que no debían. Era la mirada de quien se siente culpable incluso por respirar.

Una tarde lo encontré frente a la guitarra. No la tocaba. Solo la sostenía, apoyada entre las piernas, con los dedos quietos sobre las cuerdas. Me detuve en el umbral, preparada para retroceder.

—No voy a tocar —dijo sin mirarme—. No empieces.

—No iba a decir nada.

—Eso es peor.

Me senté en el suelo, contra la pared. Desde ahí podía verlo sin invadirlo. Pensé en todas las veces que había escuchado esa guitarra en grabaciones limpias, producidas, perfectas. Pensé en cómo ahora parecía demasiado frágil para sonar.

—¿Cuánto tiempo piensas quedarte? —preguntó de pronto.

—El que haga falta.

Soltó una carcajada seca.

—Siempre dicen eso.

—No tengo prisa —mentí—. Ni otro lugar al que ir.

Eso sí era verdad.

Julian dejó la guitarra a un lado, como si quemara. Se pasó las manos por la cara. Por un segundo vi al hombre que había sido antes del derrumbe. No al músico. Al amigo.

—No soy un buen proyecto —dijo.

—No eres un proyecto.

Me miró entonces, de verdad. Sus ojos se detuvieron en los míos como si buscara algo concreto.

—Todos vienen a arreglarme.

—Yo vine a quedarme —respondí, sin saber aún el peso de esas palabras.

Esa noche, cuando me fui, sentí que algo había cambiado. No era confianza. Mucho menos cercanía. Era apenas una grieta en el muro. Pero las grietas, lo sabía bien, eran el principio de todo.

Caminé de regreso a casa con una sensación incómoda en el pecho. No era esperanza. Era algo más peligroso: la certeza de que empezaba a importarme.




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