El sonido del amor

5

Durante los días que siguieron, algo se desplazó sin hacer ruido. No fue un cambio evidente, ni una mejora medible. Fue más bien una alteración en la manera en que la casa respiraba. Como si hubiera aceptado, a regañadientes, que ya no estaba completamente vacía.

Julian afinaba la guitarra todas las mañanas. Nunca delante de mí. Lo sabía porque encontraba las cuerdas tensadas de forma distinta, porque el instrumento ya no descansaba siempre en el mismo ángulo, porque el silencio había adquirido una textura nueva. No decía nada. Yo tampoco. Habíamos construido una tregua basada en no señalar los avances, como si nombrarlos pudiera hacerlos retroceder.

Empezó a pedirme cosas pequeñas. Prácticas. Mundanas.

—¿Puedes pasar mañana más tarde?

—¿Te importa comprar pan cuando vengas?

—No abras la ventana del estudio.

No eran órdenes. Eran permisos disfrazados. Y yo los aceptaba con cuidado, consciente de que cada uno implicaba un grado mayor de confianza, y también de riesgo.

Una tarde lo encontré revisando una caja de cartón en el salón. Estaba llena de papeles: letras impresas, cuadernos gastados, hojas sueltas con tachaduras violentas. Reconocí la caligrafía antes de darme tiempo a reaccionar. Me quedé quieta.

—No mires —dijo, sin levantar la vista.

—No lo hago.

—Mientes mal.

Tenía razón. Me acerqué un poco más, despacio.

—¿Quieres que me vaya?

—No —respondió tras una pausa—. Quiero que dejes de mirar como si esto significara algo.

Tragué saliva.

—Significa.

Alzó la vista por primera vez. Sus ojos estaban duros, defensivos.

—Eso es lo que temo.

Se levantó y cerró la caja de golpe. El sonido resonó más de lo necesario.

—Cuando empiezas a creer que algo significa, empiezas a perderlo.

No supe qué decir. No porque no hubiera palabras, sino porque todas parecían peligrosas. Pensé en Elliot. En la cuerda afinada. En el café donde nadie se quedaba.

—A veces —dije finalmente—, lo que duele no es perderlo. Es no haberlo intentado.

Julian se rió, pero fue una risa hueca.

—Hablas como si no supieras cómo termina.

—Termina igual de todos modos —respondí—. La diferencia es lo que haces mientras tanto.

No volvió a tocar la caja. La dejó en el suelo, cerrada, como una advertencia.

—No te pagaron para decir cosas así.

—No me pagan por casi nada —admití.

Eso pareció desarmarlo un poco. Se sentó en el sillón, se pasó las manos por el rostro.

—Elliot decía que yo siempre estaba buscando una salida —murmuró—. Incluso cuando todo iba bien.

—¿Y ahora?

—Ahora solo busco una excusa.

Me senté frente a él, sin invadir su espacio.

—No tienes que decidir nada hoy.

—Eso también es una decisión —replicó.

Asentí.

—Lo sé.

Esa noche llovió con más fuerza. El sonido golpeaba las ventanas como una insistencia. Julian tomó la guitarra y, por primera vez desde que lo conocía, tocó algo más que una cuerda. Fueron tres notas. Torpes. Inestables. Se detuvo de inmediato.

—No puedo —dijo.

—Todavía —corregí.

Me miró, cansado, vulnerable de una forma que no había mostrado antes.

—Eres una amenaza.

—¿Por qué?

—Porque haces que lo posible vuelva a existir.

No respondí. Porque tenía razón. Y porque, en el fondo, sabía que lo posible siempre es más peligroso que el desastre.

Cuando me fui, dejé la casa con una sensación extraña en el pecho. No era miedo. No del todo. Era la conciencia de que algo había cruzado una línea invisible. Que ya no estábamos simpleme

nte sobreviviendo al silencio.

Estábamos empezando a escuchar lo que decía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.