Después de aquella noche, Julian dejó de afinar la guitarra a escondidas. No la tocaba frente a mí, pero tampoco la ocultaba. Permanecía apoyada contra la pared del estudio, visible, como una presencia incómoda que ambos fingíamos no registrar. Aprendí que había objetos así en su vida: no se usaban, no se retiraban. Simplemente se toleraban.
El clima entre nosotros se volvió más tenso, no por discusiones, sino por una atención constante que ninguno admitía. Cada gesto parecía cargado de un significado que no queríamos traducir. Yo medía mis palabras con una precisión casi cruel. Él medía sus silencios como si fueran armas.
—No tienes que venir mañana —dijo una tarde, sin mirarme.
—Vendré —respondí—. Si no quieres, puedo no entrar.
Se quedó quieto.
—Eso no es lo mismo.
—Lo sé.
Fue entonces cuando entendí que lo que más lo descolocaba no era mi presencia, sino mi permanencia sin exigencias. No le pedía que mejorara. No celebraba sus avances. No lo felicitaba por las tres notas, ni por la cuerda afinada, ni por haber ido al café. Simplemente estaba. Y eso, para alguien acostumbrado a decepcionar, era intolerable.
Esa noche me quedé más tiempo. No porque él lo pidiera, sino porque no dijo nada cuando me senté en el sillón frente a él. La televisión estaba encendida sin sonido. Imágenes mudas pasando una tras otra. Una distracción imperfecta.
—¿Por qué aceptaste esto? —preguntó de pronto.
No fue un ataque. Fue cansancio.
—Necesitaba trabajo —dije primero. Era cierto, pero incompleto.
—Eso no basta.
Suspiré.
—No me gusta irme cuando alguien está a punto de romperse.
—No soy tu responsabilidad.
—Nunca dije que lo fueras.
Me observó con atención, como si buscara la fisura en mi respuesta.
—Todos los que se quedan quieren algo.
—Yo también —admití.
Sus hombros se tensaron.
—¿Qué?
—Que no me mientas —dije—. Ni siquiera cuando no hables.
No respondió. Se levantó y caminó hasta el estudio. Pensé que había cruzado un límite. Pensé en recoger mis cosas. Pensé en el daño colateral de decir verdades a medias.
Pero volvió con una hoja de papel. Una sola. Arrugada, llena de tachaduras. La dejó sobre la mesa entre nosotros.
—No está terminada —advirtió.
No la toqué.
—No voy a leerla.
—Mírala.
Lo hice. Sin leer. Reconocí el patrón, el peso de las palabras antes de ser palabras.
—¿Es nueva? —pregunté.
—Es vieja —respondió—. Pero nunca fue dicha.
Asentí.
—Algunas cosas solo existen mientras no se dicen.
Julian se sentó otra vez, agotado.
—Elliot decía que yo escribía como si me estuviera despidiendo.
—Tal vez lo estabas —respondí—. No de la música. De algo más.
—De mí —dijo.
No lo contradije.
Hubo un silencio largo. No incómodo. Denso. Como si el aire se hubiera espesado lo suficiente como para sostenernos. Afuera, Londres seguía con su vida, ajena, cruelmente funcional.
—No me mires así —dijo de nuevo, pero esta vez su voz no tenía filo.
—No sé cómo más mirarte.
Cerró los ojos.
—Eso es lo que me asusta.
Porque había algo nuevo entre nosotros, algo que no tenía nombre y por eso mismo era peligroso. No era confianza. No era afecto. Era reconocimiento. Ver al otro sin la distancia suficiente para fingir que no importa.
Me levanté para irme. No porque quisiera, sino porque sabía cuándo detenerme. En la puerta, me detuve.
—Julian —dije—. No tienes que demostrar nada.
—Eso también lo decía él —respondió.
Asentí, sin volverme.
—Tal vez tenía razón.
Caminé de regreso a casa con una sensación extraña, como si hubiera sostenido algo frágil durante demasiado tiempo. Entendí entonces que lo que estábamos construyendo no era un rescate ni
una cura.
Era una cercanía peligrosa.
Y ya no había forma de fingir que no lo sabíamos.