El sonido del amor

7

Empecé a notar el cansancio en los detalles. No en él, sino en mí. En la forma en que me quedaba despierta más tiempo del necesario, repasando silencios que no me pertenecían. En cómo medía mis días según su estado, aunque me negara a admitirlo. Acompañar tiene un costo invisible: te acostumbras a sostener sin apoyarte en ningún lado.

Julian estaba más callado que de costumbre. No distante. Concentrado. Como si algo se estuviera ordenando por dentro y necesitara espacio para hacerlo sin testigos. Yo respeté ese movimiento con una disciplina que me sorprendió. No pregunté. No ofrecí. No insistí.

Hasta que un viernes no apareció.

Esperé una hora. Luego dos. La casa estaba cerrada, silenciosa. No había nota. No había advertencia. Sentí ese tirón en el estómago que no tiene nombre, pero sí memoria. Caminé por las habitaciones como si pudiera encontrarlo escondido en un rincón improbable. Absurdo. Inútil.

Salí.

Londres de noche tiene una violencia amable. Te ofrece luces mientras te traga. Lo encontré en un bar pequeño, cerca de Camden. No estaba borracho. Eso fue lo que más me alarmó. Bebía despacio, mirando un punto fijo que no existía.

Me acerqué sin decir su nombre.

—Pensé que no vendrías —dijo, sin girarse.

—Yo también.

—Entonces estamos a mano.

Me senté a su lado. El ruido del lugar era soportable, como si alguien hubiera bajado el volumen justo lo suficiente.

—No dejaste nota —dije.

—No sabía qué escribir.

—Podrías haber dicho no vuelvo hoy.

—Eso habría sido una promesa —respondió—. Y no confío en ellas.

Lo miré entonces. Había algo distinto en su rostro. No era tristeza. Era vértigo.

—¿Qué pasó? —pregunté.

—Nada —dijo—. Y eso es lo peor.

No insistí. Pedí un agua. Me observó con una mezcla de fastidio y algo más suave que no supe nombrar.

—No tenías que venir.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

Pensé en todas las respuestas que no podía darle.

—Porque a veces —dije— el silencio también necesita testigos.

Sonrió apenas. Fue breve. Real.

—Eres peligrosa cuando hablas así.

—No hablo para convencerte.

—Hablas para quedarte.

No lo negué.

Salimos juntos. Caminamos sin rumbo fijo, dejando que la noche nos llevara. En un puente, se detuvo. Apoyó las manos en la baranda, miró el agua oscura correr debajo.

—Elliot decía que el problema no era caer —murmuró—. Era empezar a creer que podías volar.

—¿Y tú qué crees?

—Que volar es una forma elegante de romperse.

Me acerqué lo justo para que supiera que estaba ahí.

—No todo lo que duele es una caída.

—Eso no lo sabes.

—Lo sé —respondí—. Porque sigo aquí.

Me miró con una intensidad que me dejó sin aire. Por un segundo pensé que iba a decir algo que no podría deshacer. Pero se giró antes.

—No me sigas esta noche —pidió—. No más allá de aquí.

Asentí.

—Mañana vendré.

—No prometas.

—No prometo —dije—. Aviso.

Se fue sin mirar atrás. Me quedé sola en el puente, con el sonido del agua marcando un ritmo que no reconocía. Sentí miedo. No por él. Por mí. Por lo fácil que se estaba volviendo confundir acompañar con implicarse.

Al llegar a casa, abrí mi cuaderno y escribí una sola frase: El vértigo no siempre anuncia la caída; a veces anuncia que algo sigue vivo.

No d

ormí bien esa noche.

Pero por primera vez en mucho tiempo, tampoco quise huir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.