Al día siguiente llegué más tarde de lo habitual. No fue una estrategia. Fue una necesidad. Había algo en el aire que pedía distancia, como si acercarme demasiado pronto pudiera romper un equilibrio precario que apenas empezábamos a reconocer.
Julian estaba en el estudio. La puerta abierta. Ese detalle, mínimo, fue suficiente para alertarme. Nunca dejaba la puerta abierta.
No toqué. Me apoyé en el marco y esperé a que me notara. Estaba sentado frente a la ventana, la guitarra apoyada contra el pecho, las manos quietas sobre las cuerdas. No tocaba. Respiraba. Como si ambas cosas fueran parte del mismo ensayo.
—Pensé que no vendrías —dijo sin girarse.
—Pensé que no querías que viniera temprano.
—No dije eso.
Tenía razón. Nunca decía las cosas importantes de forma directa.
Entré despacio. El estudio olía a polvo viejo y a madera. Había papeles nuevos sobre el escritorio. No los miré. Aprendí que mirar demasiado pronto podía convertirse en una forma de traición.
—No dormí —añadió.
—Yo tampoco.
Sonrió apenas, como si ese detalle nos colocara en un mismo plano incómodo.
—No me sigas esta mañana —dijo—. Quédate.
Me senté en el suelo, apoyando la espalda contra la pared. Desde ahí podía verlo sin invadirlo. Tocó una cuerda. Luego otra. No había melodía. Solo una exploración torpe, cautelosa. Cada sonido parecía costarle algo que no estaba dispuesto a admitir.
—No recuerdo cómo se empieza —murmuró.
—Nunca se empieza igual —respondí—. Eso no es algo que se recuerde.
Me miró de reojo.
—Hablas como si supieras.
—Traduzco —dije—. Siempre empiezo en medio de algo que ya existe.
Asintió lentamente. Tocó dos notas seguidas. Se detuvo. Cerró los ojos.
—Elliot habría odiado esto.
—¿Por qué?
—Porque no es épico —respondió—. No hay rabia. No hay urgencia.
—Tal vez ahora no toca eso.
Abrió los ojos.
—¿Y qué toca?
Pensé en el puente. En el agua oscura. En la forma en que se había ido sin mirar atrás.
—Quedarse —dije.
No respondió. Pero tampoco se levantó. Siguió ahí, probando sonidos que no buscaban ser escuchados por nadie más. Me di cuenta de que estaba presenciando algo íntimo, no por su belleza, sino por su fragilidad. Y entendí que, si hablaba de más, lo rompería.
Cuando terminó, dejó la guitarra a un lado con cuidado. Demasiado cuidado.
—No le digas a nadie —dijo.
—No hay nadie —respondí.
Me miró como si esa frase fuera más grande de lo que parecía.
—Eso también me asusta.
—No tienes que confiar en mí —dije—. Solo no te escondas de todo.
Se pasó una mano por el cabello, cansado.
—No sé dónde termina una cosa y empieza la otra.
—Nadie lo sabe —respondí—. Por eso duele.
Hubo un silencio nuevo entre nosotros. No denso. No tenso. Vulnerable. Como si ambos estuviéramos sosteniendo algo que no tenía forma todavía.
—No soy quien crees —dijo de pronto.
Sentí el impulso inmediato de mentir. De tranquilizarlo. No lo hice.
—No creo nada —respondí—. Te estoy conociendo.
Eso pareció desarmarlo más que cualquier promesa. Se levantó y caminó hasta la ventana. Afuera, Londres seguía siendo Londres: buses, pasos, una vida que no se detenía por nadie.
—Cuando se murió —dijo sin nombrarlo—, pensé que si dejaba de tocar, el ruido también se iría.
—¿Y se fue?
Negó con la cabeza.
—Se quedó. Cambió de lugar.
Me levanté y me acerqué un poco más. No lo toqué. No todavía.
—A veces el ruido no se va —dije—. Solo aprende a hablar más bajo.
Giró el rostro hacia mí. Estaba demasiado cerca ahora. Sentí ese vértigo otra vez, distinto, más íntimo.
—No te acerques —pidió, pero no se movió.
Me detuve.
—No lo hago.
—Eso también es acercarse.
Sonreí, sin humor.
—Entonces dime cuándo parar.
No respondió. Sus ojos bajaron a mis manos, quietas a los costados. Vi algo cruzarle el rostro. Miedo. Deseo. Culpa. Todo mezclado, sin jerarquía.
Se apartó primero.
—Esto no es buena idea.
—No —admití—. Pero todavía no es nada.
Eso pareció calmarlo un poco. Caminó hacia la puerta, la abrió más. Como si necesitara aire.
—No quiero que esto se convierta en otra cosa que perder.
—Entonces no lo conviertas —respondí—. Déjalo ser lo que es ahora.
Me miró largo rato.
—¿Y qué es ahora?
Pensé en las cuerdas afinadas. En el café. En el puente.
—Un punto intermedio —dije—. Donde todavía no hemos huido.
Asintió despacio.
—Eso también puede romperse.
—Todo puede —respondí—. Pero no todo se rompe igual.
Cuando me fui, sentí el cansancio de quien ha estado sosteniendo algo frágil con las manos desnudas. Pero también sentí algo nuevo,
inquietante, imposible de ignorar.
No era esperanza.
Era la forma exacta en que el dolor empezaba a cambiar de sitio.