Mi historia no empieza así… más bien, empieza con un sueño.
Como lo soñé fue así: desperté en un bosque, pero yo sabía algo… estoy soñando.
Aun así, podía sentirlo todo. La tierra húmeda bajo mis manos, el olor del bosque, el sol filtrándose entre los árboles y esa humedad en el aire.
Caminé y caminé. No había río, solo sonidos de animales y el viento moviendo las hojas… hasta que lo vi.
Estaba durmiendo, bajo un árbol, al otro lado del claro.
Para mí, fue el ser más hermoso que había visto jamás.
Un dragón…
El sol chocaba con sus escamas y brillaba como oro derretido.
Lo observé por mucho tiempo… y me enamoré.
No sentí miedo.
Estaba escondida detrás de un tronco. No sé cuánto tiempo lo miré. Recorrí su cuerpo con la mirada, desde su cabeza hasta su larga cola. A veces hacía pequeños movimientos mientras dormía.
En un momento… me descubrió.
No estaba tan lejos, pero tampoco tan cerca.
Sus ojos… eran azules.
Tan azules como el cielo, tan puros como el agua. Tenían un brillo especial: amables, tiernos… sabios.
Entonces lo escuché.
—Acércate.
No fue una voz en mis oídos. Fue como un eco dentro de mi cabeza.
No lo dudé.
Di un paso… luego otro.
Stela, no te caigas… qué vergüenza si lo haces, te está viendo.
Caminé torpemente hasta llegar a él.
De cerca, era grande… pero no lo suficiente como para dar miedo.
Movió la cabeza, de un lado a otro, como evaluándome.
—¿Y tú de dónde saliste?
De nuevo esa voz.
Miré a mi alrededor, pensando que alguien más hablaba.
Entonces movió una de sus patas… y escuché una risa ligera. Muy bonita.
—No importa —dijo.
Acercó su cabeza a la mía.
Más de cerca, sus ojos eran aún más hermosos.
Me miró… y sentí como si pudiera ver todo: mis secretos, mi corazón.
Luego se alejó. Miró el bosque… después el cielo.
Se acomodó… y sin decir nada más, volvió a dormir.
Yo no supe qué hacer.
¿Dónde estoy?
Sé que estoy soñando…
pero, ¿cómo despierto?