El Sueño del Dragón Dorado

Capitulo 3

El vuelo seguía, y lo único que podía ver era un océano que se perdía hasta donde alcanzaba mi vista.

No había señales de tierra.

El océano tenía sonido. Sus aguas tranquilas se mecían y se escuchaba ese chapoteo constante.

Descendió un poco, y nuestro reflejo apareció sobre la superficie.

Parecía ser yo… y a la vez no.

Me quedé mirándolo un rato, tratando de encontrar la diferencia, pero no supe dónde estaba.

Pasó el tiempo. La noche llegó, y parecía que volábamos entre dos cielos nocturnos.

La oscuridad era impresionante. Las estrellas brillaban más… diferente.

—¿Dónde estoy? Este cielo no lo he visto… ¿o sí? —pensé—. ¿Estoy despierta?

Por estar distraída, no noté que habíamos llegado a tierra.

El viento cambió. Sentí cómo golpeaba mi cuerpo, como cuando vas en un coche con la ventana abierta y el aire entra con toda la velocidad.

Me abracé para generar calor.

Poco a poco distinguí árboles y montañas cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad.

El dragón descendió en un lugar montañoso. Había cuevas… muy oscuras.

Sentí miedo.

Quería preguntarle qué hacíamos ahí, pero me contuve mientras me indicaba que bajara.

Mis pies, fríos y rígidos, hicieron que casi cayera de frente… pero su brazo me sostuvo.

No habló. No me miró. Su atención seguía en la oscuridad.

Agradecí eso… no vio cómo me sonrojé.

Me enderecé y, al darme la vuelta, toqué mis mejillas.

Stela, cálmate… solo fue amable. Eres muy torpe.

—Dormiremos aquí.

Escuché su voz en mi cabeza.

Lo miré. Ya estaba entrando en la cueva.

No era húmeda ni sucia… pero sí muy fría.

Se acomodó igual que la primera vez que lo vi, en esa pose despreocupada para dormir.

Yo seguía abrazándome a mí misma, dudando si acercarme.

Hubo silencio.

Yo, de pie a unos pasos.
Él, recostado.

Me miró. Yo lo miré.

—Hace frío —le dije.

—Lo sé —respondió.

—¿Puedo dormir… a tu lado?

No esperé respuesta.

Simplemente me acerqué y me acomodé junto a él.

No lo miré. Cerré los ojos.

Para mí, su silencio fue un “sí”.

La noche avanzaba. El viento chocaba contra las rocas.

Con los ojos cerrados, pensé en lo real que se sentía todo.

Toqué el suelo con las manos. Era frío, duro. El polvo de las rocas se pegó a mi piel.

Mi espalda estaba contra él. Podía sentir su respiración, ese subir y bajar constante.

Tengo miedo, pensé.

En algún momento me quedé dormida.

Me despertó el frío del amanecer.

No estaba a mi lado.

Lo busqué con la mirada, aún medio dormida… y lo vi en la entrada.

Se sentó cerca de mí, cubriéndome del frío.

A un lado había manzanas… o algo parecido. Tiradas en el suelo.

Eran verdes, amarillas… algunas medio rojas.

—Come. Esto parece gustarle a los humanos.

Entonces recordé… no había comido desde que llegué.
Y aun así, no sentía hambre.

Pero él había ido por eso.

Por mí.

—Gracias —le dije.

Tomé una, la limpié un poco y le di una mordida.

—¡Puaj!

Estaba muy agria.

Hice una mueca, pero me la tragué.

Él me observaba.

—Solo está un poco ácida… pero está buena —dije, dando otra mordida.

Sentí una risa leve en mi mente.

Pero él estaba mirando el amanecer.

Cuando terminé, me levanté con el cuerpo adolorido.

—Vámonos.

Lo dijo de nuevo.

Ok… ya estoy aquí. A donde vaya, lo seguiré. No me importa… con tal de estar a su lado.

Salí de la cueva.

El paisaje se extendía entre montañas. Ahora entendía el frío. Copos de nieve viajaban con el viento, perdiéndose en el aire.

Él me estaba mirando otra vez.

—Vamos, entonces —le dije.

Apartó la mirada rápido.

¿Hice algo que lo molestó?



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Editado: 01.05.2026

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