Él despertó y no dijo nada.
Yo ya sabía lo que tenía que hacer: subir a su espalda.
Pero la imagen de la mujer en la torre seguía en mi mente.
¿Esa fue la única razón para venir aquí? pensé.
La mañana seguía fría. El viento me dolía en el rostro.
No hablé… y el dragón tampoco.
El viaje fue rápido y silencioso.
La mañana terminó y llegó la tarde, junto con un cambio de paisaje.
Seguíamos entre montañas, pero el clima era distinto.
El sol estaba por ocultarse otra vez.
Y entonces lo vi.
Un lago enorme.
Parecía un espejo redondo en medio de los bosques y las montañas.
Descendimos ahí. Supuse que pasaríamos la noche en ese lugar.
Al bajar, caminé hacia la orilla.
Me miré en el agua… y vi la luna reflejada.
Aún me veía triste.
No sé por qué.
No debería estarlo… estoy con él.
En algún momento se colocó detrás de mí.
—Mira del otro lado del lago.
Escuché su voz.
Obedecí… pero solo veía el bosque oscuro.
Espera…
¿Eso es luz?
Una especie de niebla comenzó a salir entre los árboles.
Tenía tonos naranjas y violetas.
Se movía como magia, formando un remolino de luz que se extendió por el lago y el bosque.
Y entonces los vi.
Un pez.
Luego otro.
Salieron nadando… entre los árboles.
Había pequeños y grandes. Todos con un brillo fantasmal.
Pero no fue todo.
Más criaturas comenzaron a aparecer.
Una marcha de seres acuáticos avanzaba hacia nosotros, cruzando el lago.
Tortugas. Pulpos. Medusas. Delfines… y ballenas enormes que “nadaban” en el aire.
Cuando caían, las luces naranjas y violetas parecían formar olas.
Y también tiburones.
Grandes.
Muy grandes.
Caminé para verlos más de cerca.
Mis pies entraron al agua.
Estaba a punto de extender la mano… de tocar esa luz… de tocar a los peces…
Pero una de sus alas me jaló de regreso hacia él.
—No te acerques mucho.
Vi que un tiburón se había acercado justo donde yo estaba.
Se quedó dando vueltas… como vigilando.
El dragón lo observaba con atención.
Se ve tan genial… ¿me puedo desmayar de la emoción? No… tengo que ver esto.
Seguí mirando.
El tiburón se alejó.
Yo seguía viendo todo… fascinada.
Entonces noté su mirada sobre mí.
Como si yo fuera la criatura extraña.
¿Tengo algo en la cara?
La marcha continuó.
Uno a uno, todos los seres entraron al bosque detrás de nosotros.
Se perdieron entre los árboles.
La luz desapareció.
Y la noche volvió a quedarse con todo.
El silencio… y los sonidos nocturnos.
Me acerqué más a él.
—¿Qué era eso?
No se movió.
—Son fantasmas… que olvidaron que aquí ya no hay un océano.
Me miró de nuevo.
—¿Estás mejor?
No entendí la pregunta.
—Sí… siempre lo estoy aquí contigo. ¿Y tú?
No respondió.
Se dio la vuelta y caminó hacia el bosque.
Supongo que aquí pasaremos la noche.