Después de pasar la noche en el lago, y volver a comer esa fruta agria… ya no me parecía tan maravilloso el viaje.
Seguimos avanzando.
El paisaje cambió otra vez.
Llegamos a la cima de una montaña más rocosa… más desolada que cualquiera que hubiera visto.
El viento era tan fuerte que por momentos sentía que podía empujarme hacia abajo.
Bajé con cuidado.
Miré el lugar.
No había nada.
Caminé un poco y lo seguí. Era difícil avanzar entre las rocas.
Hasta que él se detuvo.
Me puse a su lado y presté atención.
El viento volvió a soplar con fuerza. Mi cabello y mi ropa se agitaron…
Y entonces apareció.
Otra visión.
Esta vez… era un hombre.
Un caballero.
Estaba herido.
Caminaba con dificultad, tosiendo, apoyándose en su espada.
Sentí que nos miraba… o al menos eso creí.
Pero su atención estaba en el dragón.
Un olor llegó a mí.
Hierro.
Sangre.
Vi cómo gotas caían de su cuerpo sobre las rocas.
Su mirada se volvió firme.
Le habló al dragón con respeto.
—Yo… soy solo un caballero lejos de su hogar…
Tosió. La sangre manchó sus labios.
Cayó de rodillas… pero siguió hablando.
—Me está esperando… por favor… oh gran ser… te lo suplico… llévame con ella.
Cayó hacia adelante.
Y no vi más.
El viento pasó… y la visión desapareció.
En su lugar… había algo.
Una armadura vieja. Oxidada.
Una espada clavada en el suelo.
No había restos… ni huesos.
Tal vez el tiempo se los llevó.
No lo dudé.
Me acerqué. Metí las manos entre las rocas y jalé la armadura con esfuerzo.
Logré sacar parte del pecho… y la espada.
La abracé.
Miré al dragón.
—¿A dónde vamos?
Él me miró por un momento.
Su mirada iba de mí… a la armadura.
—Sube.
Cargué la armadura.
Me costó trabajo subir. Me sujeté bien, con cuidado de no dejarla caer.
—¿Por qué?
Escuché su voz en mi mente.
—¿A qué te refieres? —respondí.
Él siguió volando. No volteó.
—¿Por qué es importante sostenerlo con cuidado?
No entendí la pregunta.
Lo pensé un momento.
—Porque… me dio lástima.
Mencionó a alguien… dijo “ella”.
Tal vez es su esposa… o su novia.
Eso es importante.
Su persona especial lo está esperando.
—¿Qué es “persona especial”?
No esperaba esa pregunta.
—Bueno… aún no lo sé bien… pero es… alguien favorito.
—¿Qué es “favorito”?
Me quedé pensando.
¿Cómo explico esto?
—Puede ser alguien cuya compañía te gusta…
alguien que… amas… solo por existir.
Hubo silencio.
—¿Tienes una persona favorita?
No dudé en mi pensamiento.
Sí. Aquí, ahora… eres tú.
Pero no lo dije.
—No… aún no.
El dragón no preguntó más.
El viaje continuó.
Era el mismo cielo… las mismas montañas…
Pero algo se sentía distinto.
No sé qué.
Lo sentía en el estómago.
Un vacío…
Como ganas de llorar.
¿O será que esa fruta agria ya me hizo daño?