En el corazón del palacio de Zafira, donde los arcos de mármol tallado se perdían en cúpulas que parecían copiar la forma de las nubes nocturnas, vivía el Sultán Kael Ibn Malik. A sus treinta y dos años, su figura imponente —alta, con hombros anchos y manos que habían sostenido tanto cetros como garras— inspiraba respeto y temor por igual. Su cabello oscuro como la obsidiana caía en ondas hasta los hombros, y sus ojos, de un amarillo ámbar que parecía capturar la luz de la luna incluso de día, revelaban la dualidad que habitaba en su alma.
Bajo la túnica de seda negra bordada con hilos de oro y lapislázuli, su piel mostraba marcas sutiles: rayas grises que aparecían en sus brazos y cuello cuando la luna comenzaba a crecer, recordatorio de que él era el Alfa de la única manada licántropa del continente. Como gobernante, gobernaba con justicia firme; como lobo, lideraba con instinto y lealtad absoluta a sus suyos. Su harén no era solo un lugar de placer y compañía, sino el núcleo de su manada, donde cada miembro cumplía un rol esencial para el orden del imperio y la supervivencia de su especie.
Miembros del harén y sus roles
Zohra bint Abbas — La Consejera
A sus cuarenta años, era la concubina más antigua y la única que había estado al lado de Kael desde antes de que se convirtiera en sultán. De origen noble, con cabello canoso recogido en complejos peinados y ojos de color ébano, ella conocía cada ley, tradición y secreto del imperio. Su rol era el de mano derecha del sultán: gestionaba los asuntos internos del palacio, supervisaba las finanzas del harén y aconsejaba a Kael en temas de política y alianzas. Aunque no era licántropa, había ganado el respeto de la manada por su sabiduría y dedicación. Portaba siempre un anillo de plata con una piedra de ámbar, símbolo de su posición como voz del harén ante el trono.
Samira al Zahra — La Guardiana de la Manada
Joven de veinticinco años, hija de un guerrero licántropo fallecido, era la única miembro del harén además del sultán que podía transformarse completamente en lobo. Su cabello rojizo como el fuego y sus ojos verde esmeralda la hacían destacar entre las demás. Su rol era proteger al harén y al sultán de cualquier amenaza, tanto externa como interna. Entrenaba a los nuevos miembros en artes marciales y en cómo reconocer los signos de peligro en el desierto. Llevaba siempre consigo unas dagas de acero forjadas con huesos de lobo ancestral, que nunca dejaba fuera de su alcance.
Aisha Qureshi — La Embajadora
De origen mercantil, con veintitrés años y cabello oscuro trenzado con cuentas de madera aromática, su rol era mantener las relaciones con otros reinos y tribus del desierto. Había sido entrenada en lenguas, protocolos y negociaciones, y era la encargada de recibir a embajadoras extranjeras y gestionar los intercambios comerciales que beneficiaban al imperio. Su ambición era conocida, pero hasta ese momento, su dedicación a Zafira había sido inquebrantable. Llevaba siempre un collar de coral rojo, regalo de tribus costeras que mantenían lazos con el palacio.
Fatima el Amir — La Curandera
A sus treinta y cinco años, era la encargada de la salud del sultán, el harén y los miembros de la manada que vivían en el palacio. De familia de curanderos licántropos, conocía las propiedades de cada hierba del desierto y los rituales necesarios para calmar los instintos bestiales durante las noches de luna llena. Su cabello castaño claro estaba siempre cubierto por un velo de lino blanco, y sus manos, manchadas de tintes de plantas medicinales, tenían el don de sanar tanto cuerpos como almas. Guardaba en su cuarto un cofre de madera de sándalo con los remedios más preciados y los textos antiguos de su linaje.
Layla al Farsi — La Custodiana de las Tradiciones
Joven de veinte años, proveniente de una familia de sacerdotisas que cuidaban los rituales de la manada, su rol era recordar y ejecutar cada ceremonia lunar, cada rito de iniciación y cada ofrenda a las deidades que protegían a los licántropos. Su cabello rubio claro caía libremente sobre su espalda, y siempre vestía túnicas de colores pastel que cambiaban según la fase de la luna. Sabía de memoria cientos de canciones y leyendas que transmitían la historia de su gente, y era la encargada de preparar el espacio sagrado donde la manada se reunía en noches de plenilunio.
Ese día, el harén se preparaba para recibir a un nuevo grupo de esclavas traídas de tierras del norte, donde las guerras habían dejado a muchas jóvenes sin hogar. Cada miembro del harén cumplía su rol con precisión: Zohra revisaba los documentos de llegada, Samira supervisaba la seguridad de los corredores, Aisha coordinaba los alojamientos, Fatima preparaba remedios para calmar a las nuevas llegadas y Layla encendía inciensos que purificaban el aire según la tradición.
El sultán Kael esperaba en el salón de recepción, sus ojos ámbar observando el paso de las sirvientas mientras su mente se centraba en el ritual de bienvenida. Pero en su interior, un instinto antiguo agitaba su sangre —un presentimiento de que ese día llegaría alguien que cambiaría para siempre el orden que habían construido con tanto esfuerzo.
Muy pronto, las puertas se abrieron, y la fila de esclavas comenzó a avanzar. Entre ellas, una joven de cabello como el trigo dorado y ojos del mismo color ámbar que el suyo paró en seco cuando sus miradas se cruzaron. En ese instante, el sol se ocultó detrás de una nube, y Kael sintió cómo su corazón latía al ritmo de la luna que aún no aparecía en el cielo: había encontrado a su mate, la Luna que completaría su alma y su manada.
Como están mis amores?
Espero que nuevamente se emocionen con mis escritos. Solo soy una aficionada a la escritura, que le gusta crear historias. Pensando en toda la gente que pueda imaginar mientras lee: un bosque, un desierto, un mundo mágico. O pieda rememorar un viejo amor. O tal vez estén a la espera de algo nuevo y bonito en sus vidas. Por eso desde acá les dejo mis mejores deseos
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Editado: 09.01.2026