El SultÁn Lobo

2. EL ENCUENTRO

El polvo del camino del desierto aún adhería a las paredes del salón de recepción de mármol blanco, traído por el viento que se colaba entre las rendijas de las puertas. Allí, en el centro del espacio amplio y fresco, el Sultán Kael Ibn Malik esperaba en silencio, su lobo interno —Asad, como lo llamaba desde la infancia, por su furia y su nobleza— revoloteaba impaciente en las profundidades de su mente.

Algún día llegará, le había dicho su padre antes de morir. Tu Luna vendrá, y cuando la veas, sabrás que todo lo que hemos sufrido fue para esto. Kael había escuchado las palabras como una leyenda, un sueño distante que calentaba sus noches de soledad. Hasta ese momento.

El primer encuentro

Las puertas de madera maciza se abrieron con un crujido que resonó en todo el salón. Una fila de esclavas avanzó lentamente, empujadas por un guardia con la mirada dura. Todas llevaban túnicas rotas y sucias, el pelo enmarañado por el viaje, los rostros hundidos por el hambre y el cansancio. Kael escaneó cada una con su vista de Alfa, buscando algo que no sabía qué era, hasta que sus ojos ámbar se encontraron con los de la última de la fila.

Ella se detuvo de golpe, como si hubiera chocado contra una pared invisible. Su nombre era Elara, y llevaba meses en la caravana de esclavos —su piel estaba seca por el sol, sus manos raspadas por las cadenas, su cuerpo delgado por la falta de alimento. Pero cuando alzó la cabeza, Kael vio más allá de la suciedad y el sufrimiento: en sus ojos de color ámbar profundo brillaba una luz que hizo temblar el suelo bajo sus pies.

Ella, rugió Asad en su mente, tan fuerte que Kael tuvo que sujetarse al brazo de su trono para no caer. ¡Es ella! Nuestra Luna.

Kael sintió cómo el aire se le quedaba en los pulmones. Un calor ardiente recorría su cuerpo desde los pies hasta la cabeza, haciendo que las marcas grises de su naturaleza licántropa brillaran bajo la tela de su túnica. Su olfato, agudizado hasta el límite, captó su aroma a pesar del polvo y el sudor: mezcla de trigo maduro, hierbas silvestres del norte y algo indefinible, puro y luminoso como la luz de la luna llena. En su mente, Asad alzaba la cabeza y aullaba, una melodía de alegría y protección que resonó en cada fibra de su ser.

—"Detente", dijo Kael en voz baja, pero su orden sonó como un trueno en el silencio del salón.

El guardia se detuvo, sorprendido. Las otras esclavas temblaron, pero Elara permaneció firme, aunque sus piernas temblaban ligeramente bajo el peso de la mirada del sultán.

Para Elara, el mundo se había reducido a esos ojos ámbar que la miraban con una intensidad que la hacía temblar y calentar al mismo tiempo. Había sentido siempre algo diferente en su interior, un eco silencioso que a veces rugía en las noches de luna. Su propia loba interna —Lira, como la había llamado en sus sueños, por su agilidad y su grito melodioso— se despertó en ese instante, estirándose y aullando de reconocimiento en la profundidad de su alma.

Sentió cómo su respiración se volvía entrecortada, cómo un calor desconocido llenaba su pecho, borrando el dolor del hambre y la tristeza del cautiverio. A pesar de estar sucia, con las uñas rotas y el pelo enmarañado, sintió que por primera vez en su vida alguien la veía realmente —no como una esclava, no como un cuerpo para ser comprado y vendido, sino como algo importante, algo que pertenecía a ese hombre imponente que la miraba como si fuera la única cosa en el mundo.

Sus manos temblaron cuando el sultán se levantó y comenzó a acercarse. Los guardias se tensaron, pero él los detuvo con un gesto. Cuando estuvo a pocos pasos de ella, Kael extendió la mano, pero no la tocó —solo dejó que sus dedos rozaran el aire cerca de su rostro, como si estuviera acariciando la luz que la envolvía.

Ella está débil, dijo Asad, su voz cargada de preocupación. Han maltratado a nuestra Luna. Han hecho daño a lo que es nuestro.

Kael cerró los ojos por un instante, conteniendo la furia que Asad despertaba en él. Cuando los abrió de nuevo, su mirada era suave, casi tierna, a pesar de la fuerza que emanaba de su figura.

—"¿Cómo te llamas?", preguntó, su voz más suave de lo que nadie en el palacio había escuchado nunca.

Elara tragó saliva con dificultad, sintiendo cómo Lira la impulsaba a hablar, a mostrarse fuerte ante su Alfa.

—"Elara, mi señor", respondió en voz baja, pero clara.

En ese instante, el sol se ocultó detrás de una nube negra, y una brisa fresca entró por las ventanas del salón. Kael sintió cómo su mano temblaba, cómo su corazón latía al unísono con el de la joven ante él. Asad y Lira rugieron en consonancia en sus mentes, un lazo antiguo y poderoso que se cerraba después de años de espera.

—"Ya no eres esclava, Elara", dijo Kael, su voz resonando con la autoridad de un sultán y la ternura de un Alfa que encuentra a su mate. "Desde este momento, estarás bajo mi protección. En este palacio, serás lo más preciado que tenemos".

Elara sintió cómo las lágrimas llenaban sus ojos, mezclándose con el polvo en sus mejillas. No entendía qué estaba pasando, no sabía por qué este hombre poderoso la miraba así, pero en su interior, Lira aullaba de alegría, y sabía que había llegado a donde pertenecía.

QUE LINDO SE SIENTE CUANDO UNA MIRADA BASTA PARA SABER QUE ENCONTRAMOS EL AMOR VERDADERO




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