El SultÁn Lobo

3. ELARA

Cierro los ojos y el camino vuelve a mí, cada piedra, cada soplo de viento grabado en mi memoria como si lo hubiera vivido ayer. Ahora estoy en una habitación de mármol frío pero limpia, con mantas de seda que nunca antes había tocado, y aún así mi mente se aferra a cada paso que me llevó hasta aquí.

Primer día — La partida

Recuerdo el polvo que se levantaba cuando los hombres vinieron por nosotros. Estaba en el cobertizo de la granja donde trabajaba desde que mi padre murió, pellizcando algodón entre mis dedos callosos. El sol abrasaba mi espalda, y el hambre me dolía en el estómago como un puñal. Cuando vi las capas de cuero y el brillo de las espadas, supe que nada volvería a ser igual.

—"Las dejan sin hogar por la guerra", dijo uno de ellos, jalando mi brazo con fuerza. Mis manos, raspadas por las herramientas del campo, no pudieron agarrarse a nada. Vi cómo llevaban a otras muchachas de la aldea —muchas de ellas conocidas, algunas tan jóvenes como yo. Alguien lloraba a mi lado, pero yo no pude emitir ningún sonido. Solo sentí cómo Lira se encogía en lo más profundo de mí, un gruñido de miedo que no salía de mi garganta.

El viaje comenzó en una carreta de madera desgastada, con barrotes de hierro frío que nos impedían escapar. Comimos pan duro y agua caliente, y cuando llovió, el agua se colaba por todas partes, mojándonos hasta los huesos. Durante las noches, me agazapaba en un rincón, y aunque el frío me dolía, sentía cómo Lira se estiraba, oliendo el viento que llegaba del desierto, aullando en silencio hacia la luna que apenas veía entre las nubes.

La travesía del desierto

Pasaron siete días antes de que viéramos el primer duna. El paisaje cambiaba de campos secos a arena interminable, dorada como el trigo maduro de mi tierra, pero sin vida. El sol se volvió más fuerte aún, quemando nuestra piel hasta que se pelaba, y el viento llevaba el polvo hasta nuestros ojos, nuestros oídos, nuestra boca.

No recuerdo cuándo dejaron de darnos agua con regularidad. Mi lengua se volvió seca como la piedra, y mis piernas temblaban cada vez que bajábamos de la carreta para caminar cuando los bueyes se cansaban. Una de las muchachas, más joven que yo, se desmayó en el camino. Los hombres la dejaron allí, bajo el sol abrasador, y continuamos marchando. En ese momento, sentí cómo la ira de Lira se despertaba en mí —un rugido profundo que me hizo apretar los puños hasta que mis uñas se clavaron en la carne.

Las noches en el desierto eran peores que el día. El frío nos llegaba hasta los huesos, y no teníamos más cobijo que unos mantos viejos y rotos. Pero era en esas horas cuando Lira se hacía más fuerte. Sentía cómo mi olfato se agudizaba, cómo podía distinguir el aroma del agua a kilómetros de distancia, cómo escuchaba los pasos de los animales en la oscuridad. Una noche, cuando los guardias dormían profundamente, me levanté y caminé hasta el borde de nuestro campamento, mirando hacia el sur donde las estrellas parecían tocar la tierra. Allá está nuestro destino, dijo Lira en mi mente, y aunque no entendía qué quería decir, sentí una calma que no había sentido desde que me llevaron de mi hogar.

La llegada a la ciudad

Cuando aparecieron las murallas de Zafira, pensé que me estaba volviendo loca. Eran tan altas como las montañas de mis sueños, hechas de piedra blanca que brillaba bajo el sol como si estuviera hecha de nieve. Los arcos de las puertas eran tan grandes que parecían hechos para gigantes, y cuando las cruzamos, el olor del mercado me golpeó con fuerza: especias, pan caliente, cuero nuevo, incienso.

Caminamos por calles estrechas donde las casas se apoyaban unas sobre otras, con balcones llenos de flores de colores que contrastaban con la sequedad del desierto. La gente nos miraba con indiferencia o curiosidad, pero nadie se detuvo para ayudarnos. Fuimos llevados por callejones cada vez más estrechos hasta llegar a un gran muro de piedra, y entonces vi los palacios —torres blancas que se perdían en el cielo, cúpulas que parecían copiar la forma de las conchas marinas, fuentes de agua fresca que cantaban con un sonido que me hizo cerrar los ojos de placer.

Fue entonces cuando supe que estábamos en la casa del sultán. Los guardias que nos recibieron allí llevaban armaduras brillantes, y su mirada era dura y vigilante. Fuimos conducidos por corredores de mármol que fruncían mi piel, pasando por salones llenos de tapices y muebles de madera tallada que parecían demasiado hermosos para ser reales. En cada esquina había plantas exóticas que yo nunca había visto, con flores de colores vibrantes que perfumaban el aire.

El salón de recepción

Finalmente llegamos a una puerta enorme, tallada con figuras de animales que no reconocía pero que Lira reconoció de inmediato —lobos, con sus cabezas alzadas hacia la luna. Cuando las puertas se abrieron, el frescor del salón me envolvió, y mis ojos tardaron en ajustarse a la luz suave que venía de las ventanas altas.

Vi a los miembros del harén primero —mujeres hermosas, vestidas con telas finas que brillaban como el agua, con joyas que parecían capturar la luz del sol. Luego vi el trono, y sobre él, a él.

En ese instante, todo lo demás desapareció. El camino, el dolor, el hambre, el miedo —todo se esfumó, dejando solo la mirada de esos ojos ámbar que me miraban como si yo fuera la única cosa en el mundo. Sentí cómo Lira se despertaba completamente, aullando de alegría y reconocimiento, y cómo un calor que no venía del sol llenaba mi pecho, borrando todos los recuerdos de sufrimiento... aunque nunca los olvidaría.

Abro los ojos y estoy de nuevo en mi habitación. Las mantas de seda están alrededor de mis hombros, y puedo oler el incienso que queman en el harén. El camino que me llevó hasta aquí fue duro, lleno de dolor y miedo, pero ahora sé que cada paso fue necesario. Porque me llevó a él.




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