La luna ya había ascendido alto en el cielo cuando Zohra —la concubina más antigua, a la que todos llamaban "La Zorra" por su astucia y elegancia— se dirigió sigilosamente hacia los aposentos privados del sultán. Había esperado pacientemente hasta que las guardias cambiaran de turno, confiando en que su posición y su larga trayectoria al lado de Kael abrirían cualquier puerta para ella.
Vestida con una túnica de seda negra bordada con hilos de plata que resplandecían bajo la luz lunar, llevaba en sus manos una bandeja con copas de vino aromático y dulces hechos con dátiles y miel —los favoritos de Kael desde que era joven. Había pasado horas preparándolos, pensando en cómo usar su sabiduría y su cercanía con el sultán para entender qué lugar ocuparía esa nueva esclava en el harén.
La negativa
Al llegar a la puerta de los aposentos del Alfa, se encontró con dos guardias que no la conocían —hombres jóvenes, con la mirada firme y las manos sobre las pompas de sus espadas.
—"Disculpen", dijo Zohra con su voz más dulce, inclinándose ligeramente. "Soy Zohra, la consejera del sultán. He venido a llevarle algo para calmar su mente después de un día tan agitado".
El guardia jefe negó con la cabeza, su expresión inalterable. "Lo siento, señora. El sultán ha dado órdenes estrictas: nadie puede entrar sin su permiso expreso. Incluso a usted".
Zohra sintió cómo el fuego de la indignación se encendía en su pecho, pero se contuvo con la misma maestría que había aprendido durante años en el harén. "Debe de haber un error. Yo siempre he podido acceder a sus aposentos cuando lo necesitaba. Soy su consejera, su confidente".
—"No hay error, señora", respondió el guardia, sin mover un músculo. "El orden es claro: nadie. Ni siquiera las concubinas más antiguas. Además, hemos sido advertidos de que debe evitarse cualquier disturbio cerca de la habitación del este, donde se encuentra la joven Elara".
Mencionar el nombre de la esclava hizo que Zohra cerrara los puños bajo la tela de su túnica. Durante años, ella había sido la única a la que Kael confiaba sus preocupaciones, la única que podía calmar la furia de Asad cuando se descontrolaba. Ahora, un desconocido, una niña sucia y mal alimentada, ocupaba su lugar.
Decidida a no retroceder, se acercó más a la puerta y llamó con los nudillos, con firmeza pero sin hacer demasiado ruido. "Kael, soy yo, Zohra. Necesito hablar contigo. Es importante".
Dentro de la habitación, Kael había estado sentado en la oscuridad, hablando con Asad mientras observaba la luna creciente. Al escuchar la voz de Zohra, sintió cómo el lobo gruñía en su mente, molesto por la interrupción.
Ella viene por información, dijo Asad. Quiere saber qué es esa joven para nosotros.
—"Ya lo sé", respondió Kael en voz baja, antes de dirigirse hacia la puerta. "Zohra, agradezco tu preocupación, pero ahora no es el momento. Llévate la bandeja, por favor".
—"Kael, por favor", insistió Zohra desde fuera. "Debo hablarte de la joven. No es seguro traer a una esclava sin preparación al corazón del palacio. No sabemos de dónde viene, quiénes son sus allegados, si no es una amenaza para ti o para la manada".
Kael colocó su mano sobre la puerta, conteniendo la irritación que Asad le transmitía. "Su pasado ya no importa. A partir de ahora, está bajo mi protección. Y te recuerdo mi advertencia de hoy: cualquier intento de dañarla o hacerle daño tendrá consecuencias graves".
—"Pero yo solo quiero protegerte", dijo Zohra, su voz rompiéndose ligeramente. "He estado a tu lado durante años, he ayudado a mantener unida a la manada, he gestionado el harén cuando tú no podías. ¿Acaso ahora ya no valgo nada?"
Kael cerró los ojos por un instante, sintiendo un cosquilleo de culpa en su pecho. Zohra había sido leal, eso no lo negaba. Pero Asad estaba en alerta, y el bienestar de su Luna era lo primero.
—"Eres muy valiosa para mí y para el imperio, Zohra", dijo con calma. "Pero las cosas han cambiado. Mañana hablaremos en el harén, en presencia de todos. Ahora, por favor, déjame en paz".
La silenciosa respuesta de Zohra fue el sonido de la bandeja siendo colocada en el suelo junto a la puerta, seguida del eco de sus pasos alejándose en el corredor. Kael permaneció allí un rato más, escuchando hasta que ya no la oía más.
En el harén — La sombra de la rechaza
Zohra no regresó a su habitación. En cambio, se dirigió al salón común del harén, donde varias concubinas permanecían despiertas, esperando noticias. Samira, Aisha, Fatima y Layla se levantaron cuando la vieron entrar, notando la tensión en sus hombros y la dureza en su mirada.
—"¿Qué pasó?", preguntó Samira, acercándose a ella con la agilidad de la guardiana que era. "¿No pudiste hablar con él?"
Zohra se sentó en uno de los sofás de cuero, pasando una mano por su cabello canoso con gesto de fatiga. "Me negaron la entrada. Los guardias tienen órdenes estrictas: nadie puede acercarse a sus aposentos ni a la habitación de esa... muchacha".
Aisha frunció el ceño, su mente ya elaborando planes. "Esto es inaudito. Nunca antes ha cerrado su puerta a ti, Zohra".
—"Ha cambiado", respondió Zohra, mirando hacia la puerta que daba a los corredores principales. "Y no es solo por ella. Siento que algo más se mueve en él, algo que no puedo entender. Asad está más presente que nunca, y su única preocupación es protegerla".
Fatima se acercó, llevando una taza de té de hierbas calmantes. "Quizás deberíamos darle tiempo. El Alfa a veces necesita espacio cuando encuentra a su pareja. Es una leyenda antigua, pero nunca habíamos visto cómo funcionaba".
—"Leyendas no llenan los vacíos que deja el olvido", dijo Zohra, aceptando la taza pero sin beber. "He dedicado mi vida a este harén, a la manada, a él. No permitiré que una esclava sin entrenamiento ni conocimientos destruya todo lo que hemos construido".
Samira cruzó los brazos, sus ojos verdes brillando con determinación. "Entonces debemos hacer algo. No podemos dejar que ella tome el control sin demostrar si es capaz de llevar el peso que eso implica".
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Editado: 09.01.2026