El SultÁn Lobo

6. Las pruebas de la traición

El sol aún no había aparecido en el horizonte cuando Elara despertó, con la sensación de haber sido vigilada toda la noche. Lira estaba despierta en su interior, alerta y atenta, como si supiera que ese día sería diferente. Se levantó con cuidado, envuelta en la manta de seda, y se acercó a la ventana: el jardín se extendía a sus pies, bañado por la luz gris del amanecer, y vio a dos guardias apostados a la entrada de su habitación.

Muy pronto, una sirvienta llegó con ropa nueva —una túnica de lino azul claro, sencilla pero bien hecha— y un desayuno de pan caliente, huevos y zumo de naranja. "La sultana Zohra ha ordenado una reunión en el salón principal del harén", dijo la joven con voz baja. "El sultán estará presente. Le piden que se presente lo antes posible".

Elara sintió cómo Lira se tensaba en su mente, pero asintió con calma. Sabía que ese momento llegaría —que las mujeres del harén no aceptarían su presencia tan fácilmente.

La reunión en el salón del harén

El salón principal era un espacio amplio, con techos altos decorados con pinturas de flores y animales del desierto, y ventanales que daban a un patio interior con una fuente de agua que cantaba suavemente. Las concubinas estaban ya reunidas allí, sentadas en círculo alrededor de un gran tapiz de lana que representaba la manada corriendo bajo la luna llena.

En el centro, en un trono menor de madera tallada, estaba Zohra. Al fondo, en un lugar de honor, se encontraba el asiento del sultán, aún vacío. Cuando Elara entró, todas las miradas se volvieron hacia ella —algunas con curiosidad, otras con dureza, ninguna con amabilidad.

—"Aquí está la joven", dijo Zohra, levantándose lentamente. "Elara, ¿verdad? Bienvenida al harén de Zafira. Aunque ya sabes que el sultán te ha dado un trato especial, aquí existen reglas y tradiciones que deben respetarse por igual por todos".

Elara se detuvo en el borde del círculo, sentándose en el único asiento vacío —el más alejado del centro. "Entiendo, señora. Estoy dispuesta a aprender y a cumplir con las reglas".

—"Es bueno que lo digas", respondió Zohra, dirigiéndose a las demás concubinas. "Como la más antigua, he visto llegar a muchas mujeres a este harén. Algunas se han convertido en valiosas miembros de nuestra comunidad, otras no han podido adaptarse. El sultán puede otorgar favores, pero no puede hacer caso omiso de las tradiciones que mantienen unida a nuestra casa".

En ese momento, la puerta se abrió y Kael entró en el salón. Todos se levantaron de inmediato, incluidos Elara, aunque su cuerpo temblaba ligeramente al verlo de nuevo. Él se sentó en su asiento, sus ojos ámbar escaneando el círculo hasta encontrarse con los de Elara —un breve instante de conexión que calentó su pecho antes de volver a enfocarse en Zohra.

—"He oído tus palabras, Zohra", dijo Kael con voz firme. "¿Qué propones?"

La concubina mayor se adelantó un paso, manteniendo la calma a pesar de la tensión en el aire. "Propongo que la joven Elara someta a las tres pruebas tradicionales para pertenecer al harén del sultán y ser considerada como candidata a formar parte de nuestra comunidad. Así demostrará que tiene el valor, la sabiduría y la dedicación necesarias para estar aquí".

Kael frunció el ceño, sintiendo cómo Asad rugía en su mente en desacuerdo. Pero sabía que Zohra tenía razón en algo —si Elara quería ser aceptada, debía ganar el respeto de las demás.

—"¿Y si ella no quiere someterse a las pruebas?", preguntó.

Elara se levantó entonces, sorprendiendo a todos. Sus ojos estaban firmes, y aunque su voz era baja, se escuchó clara en el silencio del salón. "Quiero hacerlo, mi señor. Quiero demostrar que soy digna de estar aquí".

Kael la miró, viendo más allá de su timidez la fortaleza que Lira le daba. Asintió con la cabeza. "Entonces así será. ¿Cuáles son las pruebas?"

Las tres pruebas

Zohra extendió sus manos, explicando cada una con claridad:

"La primera prueba: El valor del desierto —Deberá salir al desierto al atardecer, sin acompañantes, y encontrar el oasis secreto de Al-Mina, que solo los que conocen el corazón del desierto pueden localizar. Deberá traer agua de su fuente y una flor de loto azul que solo crece allí. Si no regresa antes del amanecer, será considerada que no tiene el valor necesario".

"La segunda prueba: La sabiduría de las tradiciones —Le plantearemos tres preguntas sobre las leyes del imperio, los rituales de la manada y el cuidado del harén. Deberá responder con claridad y respeto, demostrando que entiende lo que significa formar parte de esta casa".

"La tercera prueba: La dedicación al pueblo —Deberá pasar un día en el barrio de los pobres de Zafira, ayudando a los curanderos y distribuyendo alimentos. Deberá hacerlo sin mostrar orgullo ni esperar recompensa, demostrando que su corazón está puesto en servir a los demás".

Samira se adelantó entonces. "Yo supervisaré la primera prueba. Conozco el desierto como nadie, y aseguraré que esté a salvo pero que la prueba sea justa".

Fatima asintió. "Yo encargaré de la segunda. Conocí los rituales de la mano de mi madre, y evaluaré sus respuestas con imparcialidad".

Aisha añadió: "Yo supervisaré la tercera. He trabajado con las comunidades pobres durante años, y sé cómo distinguir la verdadera dedicación de la falsa".

Kael miró a cada una de ellas, viendo que sus intenciones eran mixtas —algunas querían probar a Elara, otras querían verla fallar. Pero confiaba en que Lira guiaría a su Luna.

—"La prueba comenzará mañana al atardecer", dijo el sultán. "Elara, tienes toda la noche para prepararte. Si en cualquier momento decides retirarte, solo tienes que decirlo".

Pero Elara ya sabía que no retrocedería. Mientras las concubinas se dispersaban, Kael se acercó a ella, tomándola del brazo con suavidad.

—"No tienes que hacer esto", le dijo en voz baja, para que solo ella lo oyera. "Te protegeré sin necesidad de pruebas".




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