El SultÁn Lobo

7. La fuerza de la luna

El sol comenzaba a descender sobre las dunas doradas cuando Elara salió del palacio, acompañada de Samira hasta los límites de la ciudad. Vestida con una túnica de lino resistente y sandalias de cuero, llevaba una jarra de cuero vacía y una pequeña bolsa con pan duro y dátiles. Samira la miró con expresión neutra, aunque en sus ojos verdes brillaba la curiosidad de la guardiana que era.

—"El camino al oasis se pierde fácilmente", advirtió Samira, señalando hacia el horizonte donde el desierto se fundía con el cielo rojizo. "El viento cambia las dunas cada noche. Solo aquellos que saben escuchar al desierto pueden encontrarlo".

—"Entenderé", respondió Elara, sentiendo cómo Lira se despertaba completamente en su interior. Su olfato se agudizaba, captando aromas que antes no había percibido: tierra húmeda a lo lejos, plantas silvestres, el fresco aroma del agua oculta.

Primera prueba: El valor del desierto

Al adentrarse en el desierto, el calor del día aún persistía en la arena, calentando sus pies a través de las sandalias. El sol se hundió rápidamente, y el cielo se pintó de tonos rojos, morados y azules profundos. El viento comenzó a soplar, llevando consigo el susurro de las dunas y pequeños remolinos de polvo.

Escucha, dijo Lira en su mente. El desierto habla si sabes escuchar.

Elara cerró los ojos por un instante, permitiendo que sus sentidos se expandieran. Dejó de seguir los caminos marcados y comenzó a caminar hacia la izquierda, donde el aire llevaba un aroma más fresco, más húmedo. Samira la siguió a distancia, oculta entre las dunas, lista para intervenir si fuera necesario —aunque en su interior esperaba que la joven pudiera hacerlo sola.

La noche cayó rápidamente, y la luna comenzó a ascender en el cielo, iluminando el desierto con su luz plateada. Elara sintió cómo su paso se hacía más ligero, cómo sus piernas dejaban de sentir el cansancio. Siguió el rastro del aroma de agua, cruzando dunas que parecían moverse bajo sus pies, evitando los charcos de barro salado y los campos de cactus espinosos.

Después de horas de caminar, vio una mancha verde en medio del mar de arena —el oasis secreto de Al-Mina. Un pequeño lago de agua cristalina, rodeado de palmeras y plantas verdes, con flores de loto azul que flotaban en su superficie, brillando como piedras preciosas bajo la luna.

Se arrodilló junto al agua, llenando su jarra con cuidado, y luego recogió una de las flores, cuidando de no dañar sus pétalos delicados. Mientras lo hacía, escuchó un sonido a sus espaldas —un gruñido bajo y profundo. Se giró rápidamente, encontrándose frente a un lince desierto, sus ojos amarillos brillando con intensidad en la oscuridad.

No sintió miedo. En su mente, Lira gruñía de reconocimiento, no de amenaza. Elara se quedó quieta, manteniendo la mirada del animal, hasta que este asintió con la cabeza y desapareció entre las palmeras.

Regresó al palacio justo cuando el sol comenzaba a aparecer en el horizonte, con la jarra llena y la flor intacta. Samira la esperaba en los límites de la ciudad, y aunque no dijo nada, en su mirada había un brillo de respeto.

Segunda prueba: La sabiduría de las tradiciones

Al día siguiente, Elara se presentó en el salón de rituales del harén, donde Fatima la esperaba junto a Zohra y Layla. El salón estaba decorado con velas perfumadas y tapices que representaban la historia de la manada, y en el centro había un altar con símbolos sagrados: una piedra de ámbar, un trozo de madera de sándalo y una pluma de fénix.

Fatima se adelantó, sosteniendo un pergamino con las preguntas escritas en letra dorada.

—"Primera pregunta", dijo la curandera con voz clara. "¿Cuál es el primer deber del sultán como Alfa de la manada?"

Elara pensó por un instante, recordando las sensaciones que había tenido al ver a Kael, las palabras que había escuchado en sus sueños. "Proteger a su pueblo y a su manada, por encima de todo. El Alfa debe equilibrar su poder como gobernante con su responsabilidad como líder de los licántropos, asegurándose de que ninguno de sus suyos sufra desprotegido".

Fatima asintió con la cabeza —era la respuesta correcta.

—"Segunda pregunta", continuó. "¿Qué ritual se realiza en la noche de la luna llena para fortalecer el vínculo entre los miembros de la manada?"

"Se reúnen en el lugar sagrado del desierto, donde el suelo está marcado con las huellas de los Alfa anteriores", respondió Elara, sintiendo cómo Lira le mostraba imágenes en su mente. "Cada uno ofrece una pequeña ofrenda —una piedra, una flor, un trozo de comida— y juntos aúllan hacia la luna, compartiendo su energía y su lealtad mutua".

Layla sonrió ligeramente —esa era la respuesta que ella esperaba.

—"Tercera pregunta", dijo Zohra esta vez, mirándola directamente a los ojos. "¿Qué debe hacer una mujer del harén si descubre que existe una amenaza para el sultán, pero revelarla podría poner en peligro a otros miembros de la manada?"

Elara cerró los ojos por un instante, pensando en la difícil elección que implicaba. "Debe buscar la manera de advertir al sultán sin causar pánico. Si la amenaza es grave, debe hablar con él en privado, presentando todas las pruebas disponibles y confíando en su juicio para tomar la decisión correcta. La lealtad debe ser tanto al sultán como a la manada en su conjunto".

Zohra permaneció en silencio por un momento, luego asintió. Había esperado una respuesta más simple, más egoísta, pero la joven había demostrado entender la complejidad de las responsabilidades que implicaba pertenecer a esa casa.

Tercera prueba: La dedicación al pueblo

Al tercer día, Aisha la condujo al barrio de los pobres de Zafira, donde las casas eran de barro y adobe, y el olor de la miseria se mezclaba con el de las hierbas medicinales que los curanderos usaban para sanar a los enfermos. Elara llevaba una carreta llena de pan caliente, frutas, mantas y remedios preparados por Fatima.




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