El SultÁn Lobo

8. La sombra de la envidia

Los rumores no corrieron —estallaron como un incendio en la hierba seca del desierto.

"Una bruja", susurró Samira, sus dedos tejidos en un gesto que parecía sagrado pero que era pura falsedad. "He visto cómo sus ojos brillan con luz de bestia en la oscuridad. Ha tejido hechizos en el aire mismo para atrapar al sultán en sus redes".

En horas, las palabras habían contado mil vidas diferentes: que Elara hablaba con serpientes del desierto, que llevaba amuletos de huesos humanos ocultos bajo su ropa, que pronunciaba conjuros en lenguas muertas mientras todos dormían. Las sirvientas se apartaban cuando ella pasaba; los guardias la miraban con sospecha; incluso algunas concubinas que antes la habían aceptado ahora la evitaban como si llevara peste.

La acusación — Un golpe bajo

Zohra la encontró en el cuarto de curas, ayudando a Fatima a moler hierbas con movimientos seguros y delicados. La luz de la ventana bañaba su rostro, y en ese instante, la anciana concubina sintió un puñal de celos atravesar su pecho. Durante veinte años, ella había sido la mano derecha de Kael, ella había sido la única a la que él confiaba sus pesares. Ahora esta niña —esta esclava— ocupaba su lugar en su atención, en su protección.

Mientras observaba, la puerta se abrió de golpe. Samira entró con paso firme, su túnica de guardia negra resplandeciendo bajo las velas, seguida de dos guardias con las manos sobre las espadas.

—"Elara de las tierras del norte", anunció Samira, su voz resonando con una autoridad que no le pertenecía. "Te acuso de práctica de brujería y de haber hechizado al Sultán Kael Ibn Malik para usurpar un lugar que no te corresponde. Por orden mía, serás detenida y confinada en las mazmorras hasta que la justicia decida tu suerte".

Elara dejó caer el mortero de piedra. Sus ojos ámbar, que antes brillaban con ternura, ahora se llenaron de miedo y confusión. "No he hecho nada", dijo, su voz quebrándose. "Solo he tratado de hacer lo correcto".

Fatima se interpuso entre ella y los guardias. "Esto es una locura. No hay prueba alguna—"

"La prueba está en su habitación", interrumpió Samira, sacando de su túnica un paquete oscuro. "He encontrado estos objetos de conjuro —hierbas prohibidas, símbolos de magia oscura, un amuleto tallado con la forma de un lobo para controlar al Alfa mismo".

Zohra permaneció inmóvil, sintiendo cómo la lucha entre la justicia que había defendido toda su vida y el celo que ardía en su interior paralizaba sus miembros. Debería hablar, debería defenderla... pero una voz oscura en su mente susurraba que quizás así las cosas volverían a la forma en que deberían ser.

Los guardias sujetaron a Elara por los brazos, ignorando sus súplicas. Fatima intentó detenerlos, pero fue empujada hacia un rincón. Y Zohra... Zohra se quedó callada, mirando cómo la joven era arrastrada fuera del cuarto, sus gritos desapareciendo en el largo corredor.

Las mazmorras — Donde la oscuridad devora

Las mazmorras estaban bajo el nivel del suelo, en el corazón frío del palacio. El aire era tan húmedo que parecía poder cortarlo con un cuchillo, y el olor de moho, sudor y miedo se impregnaba en cada piedra. La celda era una jaula de piedra, con solo una rendija en la pared que dejaba pasar un rayo de luz tan débil que apenas iluminaba las heces y los restos de comida de prisioneros anteriores.

Elara fue arrojada al suelo helado, y las esposas de hierro se cerraron alrededor de sus muñecas con un crujido que resonó en la oscuridad. El frío la atravesó hasta los huesos, haciendo temblar cada músculo de su cuerpo. Lira gruñía en su mente, una melodía de dolor y rabia que no podía expresar, atrapada como ella entre las paredes de piedra.

Pasaron horas —o días, no lo sabía. Su estómago dolía de hambre, su piel ardía por el roce de las esposas, y sus ojos se habían secado de tanto llorar. Pensó en Kael, en la forma en que lo había mirado cuando la había elegido, en las palabras que le había dicho... ¿acaso él también creería que era una bruja? ¿Acaso todo lo que habían vivido juntos no valía nada frente a unas mentiras?

Mientras se acurrucaba en el rincón más oscuro, oyó pasos pesados acercándose. Esperaba que fueran los guardias a llevarla a su juicio, a su muerte... pero la puerta se abrió con un golpe tan fuerte que hizo temblar las paredes, y la luz de una antorcha iluminó la celda con un brillo cegador.

La furia del Alfa

Kael estaba allí. Su rostro era una máscara de ira contenida, sus ojos ámbar brillaban con una luz que no era de este mundo, y las marcas grises de su naturaleza licántropa se extendían por su cuello y sus manos como llamas de fuego gris. A sus espaldas, los guardias que habían mantenido la puerta yacían en el suelo, inconscientes pero con vida —un aviso de la fuerza que había desatado.

"Kael..." susurró Elara, su voz apenas un susurro.

Él no dijo nada. Se acercó a ella con paso lento y seguro, y con una sola mano rompió las esposas de hierro como si fueran papel. Cuando sus dedos tocaron su piel, una oleada de calor la envolvió, disipando el frío y el miedo como el sol disipa la niebla matutina. Sintió cómo su energía volvía, cómo Lira aullaba de alegría en su mente, reconociendo la presencia de Asad.

"¿Quién se atrevió a hacer esto?" preguntó Kael, pero su voz no era dirigida a ella —era un trueno que resonó por todas las mazmorras.

Samira apareció en la entrada, seguida de Zohra y varios comandantes del ejército. La joven guardiana trató de mantener la compostura, pero sus manos temblaban y sus ojos se desviaban de la mirada del sultán.

"Mi señor, es por tu propia seguridad", dijo, levantando el paquete de "pruebas" como un escudo. "Ella es una bruja, ha tejido hechizos para controlarte—"

"¡MENTIRA!"

El grito de Kael fue como el rugido de un lobo enfurecido. La antorcha en la pared se agitó con la fuerza de su voz, y Samira dio un paso atrás, aterrada.




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