La luz de la luna llena bañaba la habitación en tonos plateados y azules profundos, haciendo que los mosaicos del suelo brillaran como estrellas. Kael se sentó en el borde de la cama, frente a Elara, y tomó su mano entre las suyas —sus dedos grandes y calientes envolviendo la suya, marcada aún por las heridas de las esposas.
"Hay algo que debes saber", comenzó, su voz cargada de una seriedad que la hizo temblar ligeramente. "El vínculo que sentimos el uno por el otro no es casualidad. No es solo atracción, ni afecto... es un lazo ancestral, escrito en nuestra sangre desde antes de que existiéramos".
Elara bajó la mirada a sus manos entrelazadas, sintiendo cómo un calor extraño recorría sus venas cada vez que él la tocaba. "Ya sé que soy diferente", dijo en voz baja. "Desde que llegué aquí, he sentido cosas... una presencia en mi interior que nunca había conocido. Hace apenas unos días, mientras estaba en el desierto durante la prueba, la vi por primera vez".
Kael levantó la vista, sus ojos ámbar brillando con intensidad. "¿La viste?"
"Sí", respondió, cerrando los ojos por un instante como si quisiera atrapar la imagen. "Es una loba de pelaje dorado como mi cabello, con ojos del mismo color ámbar que los tuyos. Se llama Lira. Siento su fuerza, su miedo, su alegría... pero nunca he podido salir con ella, nunca me he transformado".
Kael sonrió suavemente, acariciando su mejilla con el dorso de su mano. "Eso es porque el lazo con tu mate es lo que despierta completamente nuestra naturaleza. Yo también tengo el mío —Asad. Un lobo grande, de pelaje negro como la obsidiana, con pezuñas fuertes como la roca y ojos que llevan la sabiduría de los Alfa anteriores".
Se puso de pie, ayudándola a levantarse con cuidado. "Asad es fuerte, impaciente, protector como ningún otro —como yo soy cuando se trata de ti. Y Lira... ella es ágil, intuitiva, con un corazón tan generoso como el tuyo. Ellos son parte de nosotros, Elara. Son la bestia que habita en nuestro alma, la que nos conecta con la tierra y con la luna".
Llevándola hasta la ventana, señaló hacia el desierto que se extendía a lo lejos, iluminado por la luna llena hasta parecer un mar de plata. "Quiero que la conozcas mejor. Quiero que corramos juntos, como están destinados a hacerlo nuestros lobos. ¿Te atreves?"
Elara vaciló, agarrándose a la repisa de la ventana. La idea de transformarse, de dejar que Lira tome el control, la aterrorizaba... pero al mismo tiempo, sentía una llamada irresistible, un deseo profundo de correr libre por el desierto bajo la luna.
—"Sí", dijo finalmente, aunque su voz temblaba. "Quiero ir contigo".
La transformación
Kael la condujo por corredores oscuros y pasadizos secretos que llevaban directamente al exterior del palacio, hasta un claro oculto entre las palmeras, donde la arena estaba blanda y cálida bajo sus pies. La luna brillaba ahora con toda su fuerza, y el aire estaba cargado de electricidad.
"Respira hondo", le dijo Kael, quitándose su túnica y dejándola en el suelo. "No temas. Yo estaré contigo todo el tiempo. Deja que Lira salga —ella sabe el camino".
Elara cerró los ojos y respiró profundamente, sintiendo cómo el calor en sus venas se intensificaba, cómo su piel comenzaba a cosquillear. Un hormigueo recorría su cuerpo desde los pies hasta la cabeza, y aunque el proceso era extraño, no era doloroso. Sintió cómo sus manos se alargaban, convirtiéndose en garras fuertes y flexibles, cómo su cuerpo se estiraba y se cubría de un pelaje suave y dorado. En su mente, Lira aullaba de alegría, libre por fin.
Cuando abrió los ojos —ahora grandes, redondos y ámbar— vio a su lado a Asad: un lobo enorme, con pelaje negro como la noche más oscura, pecho ancho y musculoso, y ojos que la miraban con la misma ternura que Kael. Su pelaje brillaba bajo la luna, y sus colmillos blancos como la nieve destacaban contra su oscuridad.
Mientras tanto, Lira se movía con gracia y agilidad, explorando su nueva forma: sus patas eran fuertes, su olfato captaba miles de aromas que antes no había percibido, y el viento en su pelaje era una sensación de libertad que nunca había imaginado. Era más pequeña que Asad, más delgada, pero su elegancia y su agilidad eran evidentes en cada movimiento.
La carrera bajo la luna
Asad alzó la cabeza y aulló —un sonido profundo y melodioso que resonó por todo el desierto. Lira respondió con un aullido más agudo y claro, y juntos comenzaron a correr hacia las dunas.
El desierto bajo la luna era un mundo completamente diferente: las arenas doradas se volvían plata, las sombras se movían como serpientes, y el viento llevaba el aroma de agua, de plantas silvestres, de otros animales que se escondían en la oscuridad. Asad corría a su lado, a veces adelante para mostrarle el camino, a veces al lado para asegurarse de que estuviera a salvo. Lira se sintió más viva que nunca, sus patas hundéndose en la arena con cada paso, su corazón latiendo al unísono con el de Asad.
Corrieron durante horas, cruzando dunas que parecían montañas de luz, saltando sobre arroyos secos y parándose en lo alto de una colina para mirar el imperio que se extendía a sus pies. Allí, bajo la luna, Lira sintió el lazo que la unía a Asad: una conexión tan fuerte que podía sentir sus emociones, sus pensamientos, su deseo de protegerla y cuidarla.
Cuando finalmente regresaron al claro de las palmeras, la transformación inversa fue tan suave como la primera. Elara se encontró de nuevo en su forma humana, cansada pero llena de una energía que nunca había sentido antes. Kael la abrazó con fuerza, y ella sintió cómo su corazón latía al unísono con el suyo.
—"Ahora entiendes", dijo Kael, acariciando su cabello dorado que aún llevaba el aroma del desierto. "Somos mates, Elara. Destinados a estar juntos por la naturaleza misma. Como Alfa y Luna de la manada, nuestro vínculo fortalece a todos los suyos, nos permite protegerlos mejor, guiarlos hacia un futuro mejor".
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Editado: 09.01.2026