PARTE I: LAS VOCES DEL HARÉN
Los susurros comenzaron tres meses después de la llegada de Elara al palacio.
En los jardines perfumados donde las concubinas se reunían al atardecer para bordar o tomar té de jazmín, las palabras fluían como agua por hendiduras en la piedra: "El sultán no ha pasado ni una sola noche en los aposentos de ninguna de nosotras desde que llegó esa joven..." "¿Acaso ya no somos suficientes para él?" "Quizás la brujería de la que habló Samira sigue teniendo poder sobre él..."
Zohra, que había regresado al harén después de su confesión y había sido perdonada por Kael —aunque nunca más ocuparía el lugar de confidente que antes tuvo— escuchaba las palabras con una mezcla de tristeza y preocupación. Había pasado semanas observando a Elara mientras esta se sumergía en los estudios y entrenamientos que el sultán había dispuesto para ella, y aunque reconocía su esfuerzo y su buen corazón, no podía evitar sentir que el equilibrio del harén se había roto para siempre.
Un día, mientras supervisaba la preparación de los remedios en el cuarto de curas junto a Fatima, decidió hablar claro. "Debes decirle algo, Kael", dijo cuando el sultán entró en el espacio para preguntar por el estado de Elara, que había estado estudiando hasta altas horas de la noche.
Kael se detuvo en la puerta, sus ojos ámbar reflejando la luz de las velas perfumadas. "¿De qué hablas, Zohra?"
"De la tensión en el harén", respondió ella, sin mirarlo directamente. "Las concubinas se sienten olvidadas. Durante años, estabas presente en nuestras vidas, no solo como sultán sino como compañero. Ahora... ahora pasas todas tus noches en tus aposentos o con Elara, y nadie entiende por qué".
Fatima apoyó la mano sobre el hombro de Zohra, como una señal de apoyo. "Ella tiene razón, mi señor. La estabilidad del harén depende de que todos se sientan valorados. No es cuestión de favoritismo —es cuestión de mantener el orden que has construido con tanto esfuerzo".
Kael suspiró, pasando una mano por su cabello oscuro que ahora llevaba atado con una cinta de cuero. Sabía que tenían razón, pero cada vez que intentaba pasar tiempo con alguna de las concubinas, sentía cómo Asad se estremecía en su interior, gruñendo de impaciencia hasta que regresaba cerca de Elara. "Entiendo vuestras preocupaciones", dijo finalmente. "Mañana organizaré una cena en el salón principal del harén. Estaré presente, y hablaremos de todo lo que necesita la casa y la manada".
Pero esa noche, cuando la cena se celebró con música de laud y comida exquisita, Kael encontró imposible concentrarse. Sus ojos buscaban constantemente la puerta, esperando ver a Elara entrar —aunque ella no había sido invitada, ya que aún no formaba parte oficialmente del harén como concubina. Las mujeres hablaron de asuntos del palacio, de las cosechas del desierto, de los rituales que se prepararían para la próxima luna llena, pero sus palabras llegaban a sus oídos como si estuvieran bajo el agua.
Cuando la cena terminó y las concubinas comenzaron a retirarse, una por una, esperando que el sultán eligiera a una para pasar la noche, Kael se levantó y dirigió la mirada a todas ellas. "Agradezco vuestra compañía esta noche", dijo con voz clara y respetuosa. "Cada una de vosotras es valiosa para este harén y para el imperio. Pero en estos momentos, mi mente y mi corazón están centrados en otra cosa. Espero que me entendáis".
Las palabras fueron recibidas con silencio y algunas cabezas inclinadas de resignación. Zohra miró al suelo, sabiendo que esta separación sería definitiva si Elara no aprendiera pronto a asumir su rol. Sabía también que el comportamiento del sultán no era un capricho —era la llamada de la naturaleza, el instinto de un Alfa que había encontrado a su mate y no podía apartarse de ella.
PARTE II: LOS MESES DE PREPARACIÓN
El sol brillaba con fuerza sobre el patio de entrenamiento cuando Elara tomaba posición frente a su maestra de artes marciales, una mujer fuerte y ágil llamada Amina que había servido al ejército imperial durante más de diez años.
"Un paso más a la izquierda", ordenó Amina, moviendo su espada de madera con precisión. "Tu defensa es buena, pero tu ataque carece de decisión. Como futura Luna de la manada, debes ser capaz de defenderte a ti misma y a los tuyos".
Elara asintió, concentrándose en los movimientos que había estado practicando durante horas. Su cuerpo, que antes era delgado y débil por la falta de alimento, ahora mostraba músculos definidos y una agilidad que sorprendía a todos los que la veían entrenar. Kael había dispuesto para ella un programa completo de estudios y prácticas que abarcaba desde las artes marciales hasta las leyes del imperio, desde los rituales de la manada hasta el manejo de los asuntos del harén.
Cada mañana comenzaba antes del amanecer con entrenamiento físico: espada, dagas, lucha cuerpo a cuerpo y técnicas de supervivencia en el desierto. Luego venían las clases de historia y política con Zohra, quien a pesar de sus sentimientos seguía siendo la mejor maestra que el palacio podía ofrecer. "El imperio de Zafira fue fundado hace más de trescientos años por un Alfa que unió a las tribus licántropas y humanas bajo un solo mando", explicaba Zohra mientras mostraba mapas antiguos sobre una mesa de madera tallada. "Tu rol como Luna será el de mantener ese equilibrio, ser el puente entre ambos mundos".
Por las tardes, Fatima la enseñaba sobre las propiedades de las hierbas medicinales, los rituales que fortalecían la conexión entre los miembros de la manada y cómo calmar los instintos bestiales cuando la luna llena era demasiado fuerte. "Cada licántropo tiene sus propias necesidades", decía la curandera mientras mostraba a Elara cómo mezclar aceites de almendra con extracto de jazmín para calmar la ansiedad. "Para algunos, el contacto con la tierra es suficiente; para otros, se necesita un ritual específico. Y para el Alfa y su Luna... vuestra conexión es tan fuerte que lo que afecta a uno, afecta al otro".
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Editado: 09.01.2026