El SultÁn Lobo

11. Los días de luna llena

DÍA PRIMERO: EL ENCUENTRO DE ALMAS

No recuerdo cómo llegó su boca a la mía, solo sé que en ese instante todo lo demás dejó de existir. El calor que había sentido en mi cuerpo desde la mañana se intensificó hasta convertirse en una llama que consumía cada célula de mi ser, y Lira aulló en mi mente con una alegría tan pura que me hizo temblar entre sus brazos.

Kael me sostenía con fuerza, como si temiera que me fuera a desvanecer, pero al mismo tiempo con una suavidad que me hizo sentir segura, protegida. Sus manos recorrían mi espalda con ternura, y cada toque enviaba escalofríos de placer por mi cuerpo. Cuando sus labios se separaron de los míos por un instante, miré a sus ojos —esos ojos ámbar que habían cambiado mi vida desde el primer día que los vi— y vi en ellos todo el amor, la pasión y la reverencia que sentía por mí.

"¿Estás segura?" preguntó, su voz ronca por la emoción. "Podemos detenernos en cualquier momento, Elara. Nunca haré nada que no quieras".

Yo moví la cabeza negando, acercándome nuevamente a él hasta sentir su aliento sobre mi piel. "No quiero detenerme", susurré, y mis palabras salieron rotas por la intensidad de lo que sentía. "Quiero estar contigo, Kael. De verdad".

Sus brazos me envolvieron completamente entonces, levantándome con facilidad como si pesara nada y llevándome hasta la cama, donde las mantas de seda azul y dorado parecían brillar bajo la luz de la luna que se colaba por la ventana. Me acostó con cuidado, luego se inclinó sobre mí, sus ojos nunca dejando de mirarme, como si quisiera grabar cada detalle de mi rostro en su memoria.

Empezó a besarme de nuevo, pero esta vez sus besos bajaron por mi cuello, por mi clavícula, dejando un rastro de fuego en su paso. Mis manos se hundieron en su cabello oscuro, sintiendo la textura gruesa entre mis dedos, y me sorprendió la fuerza con la que deseaba estar cerca de él, tan cerca como fuera posible. Cuando sus manos empezaron a desatar los lazos de mi túnica, no sentí vergüenza ni miedo —solo una profunda sensación de pertenencia, de que finalmente estaba donde debía estar.

A medida que nuestras ropas desaparecían una por una, me di cuenta de que esta no era solo una unión física. Sentía cómo nuestra energía se mezclaba, cómo el lazo que nos unía se fortalecía con cada toque, cada beso, cada suspiro. Lira y Asad se movían en nuestras mentes, no como dos seres separados sino como una sola entidad, aullando en consonancia con nuestra pasión.

Cuando finalmente nos unimos, el mundo se detuvo por un instante. Sentí una conexión tan profunda que lloré sin saber por qué —lloré de alegría, de tristeza por todo el tiempo que habíamos estado separados, de gratitud por haber encontrado el camino el uno al otro. Kael me sostenía con ternura, sus susurros de amor y promesas llenando la habitación mientras la luna brillaba con toda su fuerza fuera de la ventana.

Después, cuando el primer éxtasis pasó y quedamos acurrucados el uno contra el otro, él me abrazó con fuerza, colocando mi cabeza sobre su pecho para que pudiera escuchar el latido de su corazón —un latido que ahora parecía sincronizado con el mío.

"Te amo, Elara", dijo en voz baja, acariciando mi cabello dorado que ahora llevaba el aroma de sus besos y del perfume de jazmín que usaba. "No sé cómo explicarlo, pero desde que te vi supe que eras la mitad que me faltaba. Eres mi Luna, mi compañera, mi todo".

Yo cerré los ojos, sintiendo cómo las lágrimas rodaban por mis mejillas y se perdían en su piel caliente. "Yo también te amo", respondí, aunque las palabras parecían demasiado pequeñas para expresar lo que sentía en mi interior. "No sé si podré ser la Luna que necesitas, pero prometo intentarlo con todo mi corazón".

"No tienes que ser más de lo que eres", dijo, besando la coronilla de mi cabeza. "Eres perfecta tal como eres. El resto vendrá con el tiempo".

Esa noche no dormimos mucho. Pasamos horas abrazados, hablando de todo y de nada, explorándonos el uno al otro con la curiosidad de quienes han encontrado un tesoro que nunca imaginaron existir. Kael me contó sobre su infancia, sobre cómo había aprendido a controlar a Asad, sobre los miedos que tenía como Alfa y como sultán. Yo le conté sobre mi vida en la granja, sobre mi madre que me enseñó a amar la tierra y a cuidar de los demás, sobre los sueños que había tenido de un mundo más grande que el que conocía.

Cuando el sol comenzó a aparecer en el horizonte, pintando el cielo de tonos rosa y naranja, él se levantó con cuidado para no despertarme y fue a preparar café y comida. Mientras esperaba, me quedé acostada en la cama, acariciando las sábanas que ahora llevaban nuestro aroma mezclado, y me pregunté cómo era posible que alguien que había sido esclava hacía apenas unos meses estuviera viviendo algo así —algo tan hermoso y tan profundo que parecía sacado de un cuento de hadas.

Cuando regresó con una bandeja que contenía café caliente, pan recién horneado, dátiles y queso, me ayudó a sentarme y me alimentó con sus propias manos, como si fuera una reina. Y en ese momento, sentí que quizás sí podría ser la Luna que él necesitaba —siempre y cuando pudiera hacerlo a su manera, con su corazón abierto y su mente dispuesta a aprender.

DÍA SEGUNDO: EL FUEGO QUE NUNCA SE APAGA

Me desperté por la tarde, con el sol caliente que entraba por la ventana y el aroma de Kael que aún permanecía en las mantas. Él estaba sentado en el borde de la cama, mirando hacia el desierto que se extendía a lo lejos, y su silueta contra la luz del sol era tan imponente y hermosa que me quedé observándolo durante unos minutos antes de moverme.

"¿Te desperté?" preguntó sin girarse, como si hubiera sentido mi mirada sobre él.

"No", respondí, sentándome y acercándome hasta poder colocar mis brazos alrededor de su torso y apoyar mi cabeza en su espalda. "Simplemente estaba disfrutando de verte".

Él se volvió entonces, tomándome entre sus brazos y besándome con una pasión que me recordó por qué habíamos pasado toda la mañana en la cama, perdidos en el uno al otro. El calor del celo aún ardía en mi cuerpo, más fuerte ahora que habíamos conocido el placer de nuestra unión, y Lira aullaba en mi mente con una insistencia que era imposible de ignorar.




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