El SultÁn Lobo

12. Los límites del amor

PARTE I: LOS SUSURROS DE LA TRAICIÓN

Casi dos semanas habían pasado desde que terminaron los días del celo, y aunque Kael y yo seguíamos encontrándonos todas las noches en mi habitación, el ambiente en el harén había comenzado a cambiar de nuevo. Las concubinas que antes habían aceptado mi presencia con resignación ahora miraban hacia mí con ojos llenos de resentimiento y odio, y sentía cómo sus susurros me seguían por cada corredor del palacio.

"¿Acaso creerá que puede mantener al sultán para sí sola?" escuché decir a Layla a Aisha mientras pasaba por el jardín de jazmines. "Nunca en la historia del harén ha habido una mujer que se aparte a sí misma de las demás de esa manera".

"El sultán debe cumplir con sus deberes", respondió Aisha, sus ojos fríos cuando me vio pasar. "No solo con ella, sino con todas nosotras. Somos concubinas del sultán, y tenemos derechos".

Me detuve un instante, queriendo responder, pero luego pensé mejor y continué caminando hacia el cuarto de curas donde Fatima me esperaba para continuar con mis estudios de rituales y protocolos de la Luna. Había pedido a Kael que no me presentara oficialmente a la manada hasta que conociera absolutamente todo lo necesario para desempeñar el rol con honor y dignidad —no quería ser una Luna que dependiera completamente de él para tomar decisiones, que no supiera cómo liderar ni cómo defender a su gente.

"Ya los oí", dijo Fatima cuando entré en el cuarto, sin necesidad de que yo le dijera nada. Ella siempre parecía saber lo que estaba pasando en mi mente. "Las concubinas están empezando a conspirar entre ellas. Dicen que estás arrebatando al sultán de ellas, que no tienes derecho a mantenerlo para ti sola".

Yo me senté en la silla frente a la mesa donde estaban dispuestas las hierbas y los pergaminos con los rituales antiguos, suspirando con cansancio. "¿Tienen razón?" pregunté en voz baja, mirando las palabras escritas en letra dorada que describían los deberes de la Luna —y también los deberes del Alfa con el resto de la manada.

Fatima se acercó a mí, colocando una mano sobre mi hombro con ternura. "No es una cuestión de razón o injusticia, Elara. Es una cuestión de tradición. Durante siglos, los Alfa han mantenido relaciones con varias concubinas, no solo con su Luna. Se cree que esto fortalece la manada, que asegura que haya más descendientes fuertes y saludables".

"Pero Kael y yo somos mates", respondí, sentiendo cómo Lira se estremecía en mi interior con una mezcla de miedo y rabia. "Nuestro lazo es diferente, es más profundo. ¿Cómo puedo compartirlo con otras mujeres? ¿Cómo puedo aceptar que él esté con otras cuando nuestro alma está unida?"

"Esa es la pregunta que solo tú y él pueden responder", dijo Fatima, volviéndose a la mesa para preparar una infusión de hierbas calmantes. "La tradición es fuerte, Elara. Muy fuerte. Pero el amor que ustedes sienten el uno por el otro también lo es. Tendrán que encontrar un equilibrio entre lo que la tradición exige y lo que sus corazones desean".

Mientras estudiaba los rituales —cómo bendecir a los nuevos miembros de la manada, cómo sanar las heridas tanto físicas como emocionales, cómo liderar los encuentros lunares— no podía evitar pensar en las palabras de las concubinas, en lo que Fatima había dicho. Sabía que la tradición era importante, que era lo que mantenía unida a la manada durante generaciones. Pero también sabía que no podía compartir a Kael con nadie más, que la idea de que él estuviera con otra mujer le rompía el corazón.

Al final de la clase, Zohra vino a buscarme para continuar con mis estudios de protocolo. Ella había sido más amable conmigo desde que me había dado el collar de plata, pero aún sentía una distancia entre nosotras, una barrera que no sabía cómo romper.

"Hoy estudiaremos el protocolo para los encuentros con otras tribus", dijo mientras extendía los mapas sobre la mesa de su cuarto. "Como Luna, serás la encargada de recibir a las embajadoras y a las Lunas de otras manadas, de mantener las relaciones diplomáticas y de asegurarte de que haya paz y armonía entre nosotros".

Yo asintí, intentando concentrarme en las palabras que ella me decía, pero mis pensamientos seguían volviendo a Kael y a las concubinas. Finalmente, no pude aguantar más y le pregunté: "¿Tú también crees que debo permitir que Kael esté con otras mujeres?"

Zohra se detuvo en seco, mirándome con una expresión complicada. "Yo... yo estuve a su lado durante muchos años, Elara", dijo en voz baja, evitando mi mirada. "Crecí con él, lo conocí como nadie más. Siempre esperé que algún día me eligiera como su Luna. Pero cuando llegaste, supe que nunca sería así. No puedo decirte qué hacer, pero puedo decirte que la soledad de una concubina que no es amada es una de las cosas más dolorosas que existen".

"Pero yo no quiero que nadie más sufra", respondí, sintiendo cómo las lágrimas empezaban a formar en mis ojos. "Quiero que las concubinas sean felices, que se sientan valoradas. Pero no puedo compartir a Kael. No puedo hacerlo".

"Entonces tendrás que encontrar otra manera de hacerles saber que son importantes para el harén y para el imperio", dijo Zohra, volviéndose a los mapas. "Porque si no, la conspiración que están armando entre ellas podría llegar a ser peligrosa. No solo para ti, sino para Kael y para toda la manada".

PARTE II: LA DISCUSIÓN

Encontré a Kael en su estudio, revisando los informes militares que habían llegado desde la frontera norte. Estaba tan concentrado que no me oyó entrar, y me quedé un instante en la puerta, observándolo —su frente fruncida en preocupación, sus dedos largos recorriendo las líneas de las páginas, su cabello oscuro cayendo sobre su frente de una manera que siempre me pareció encantadora.

"¿Qué pasa?" preguntó sin girarse, como si hubiera sentido mi presencia de todas maneras. "Has estado muy callada esta tarde".

Yo cerré la puerta con suavidad y me acerqué hasta la mesa donde estaba sentado, apoyándome en ella con las manos. "He estado hablando con Fatima y con Zohra", dije en voz baja. "También he oído lo que dicen las concubinas".




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