(Continuación desde el momento en que Zohra revela el plan de las concubinas)
..."Consiste en ser enterrada viviente durante una noche de luna llena en una tumba sagrada del desierto, con solo agua y hierbas para sobrevivir. Se cree que si la Luna es digna, la naturaleza la protegerá y la dejará salir ilesa al amanecer. Si no... entonces no volverá a ver la luz del día".
Kael se tensó al escuchar estas palabras, y la ira de Asad rugió en su interior con tal fuerza que las llamas de las antorchas cercanas temblaron. "¿Cómo se atreven?" dijo, su voz como el crujir de rocas en el desierto. "Ese ritual fue prohibido por mi abuelo después de que una joven perdiera la vida en él. Nadie tiene derecho a proponerlo".
"Ellas cuentan con más que solo tradición", Zohra añadió, su voz cayendo a un susurro cargado de miedo. "He oído hablar de que contactaron a una hechicera del oasis meridional —una mujer que se dice que maneja magias olvidadas, prohibidas en Zafira desde tiempos inmemoriales. Layla le ofreció tierras y riquezas a cambio de asegurar que la prueba tenga un fin fatal".
El aire se volvió frío en la habitación, aunque el sol aún ardía fuera. Elara sintió cómo Lira se encogía en su mente, un presentimiento oscuro envolviendo ambas almas.
PARTE III: LA PRUEBA QUE SE VOLVIÓ TRAMPA
El día de la luna llena llegó envuelto en un silencio extraño. El viento del desierto no susurraba como de costumbre; en cambio, llevaba consigo un aroma metálico y dulce que hacía estremecer a los licántropos sensibles. La manada se reunió en el lugar sagrado, donde la tumba antigua yacía bajo metros de arena que los guerreros habían removido con cuidado, revelando la losa de piedra tallada con símbolos que nadie entendía completamente.
Las concubinas estaban allí, vestidas con túnicas de color crema bordadas con hilos negros, sus rostros ocultos bajo velos finos. Layla marchaba al frente, su postura erguida y segura, como si ya conociera el desenlace. A su lado, una figura envuelta en telas oscuras permanecía inmóvil —la hechicera, cuyos ojos brillaban con un brillo amarillo pálido debajo de su capucha.
Kael llevó a Elara hasta la orilla de la tumba. Sus manos temblaban ligeramente a pesar de su esfuerzo por mantener la compostura. "No debes hacer esto", le susurró una vez más, presionando una pequeña piedra de ámbar en su palma. "Podemos salir de aquí, juntos. Dejar todo atrás".
Elara colocó su mano sobre la suya, sintiendo el latido de su corazón sincronizado con el de él. "No puedo huir", respondió con voz firme. "Si lo hago, la duda siempre perseguirá a la manada. Tengo que demostrar mi valía".
Los guerreros ayudaron a Elara a descender por los escalones tallados en la roca hasta la cavidad subterránea —un espacio estrecho, apenas lo suficientemente grande para una persona, con paredes de piedra fría que parecían absorber la luz. Colocaron junto a ella la jarra de agua y el paquete de hierbas que Fatima había preparado, luego comenzaron a cerrar la losa de piedra desde arriba.
"Recuerda", gritó Kael antes de que la oscuridad la envolviera por completo, "estoy aquí. Siempre estaré aquí".
El ruido de la losa al cerrarse resonó como un golpe de martillo en el pecho de Elara. La oscuridad fue absoluta al principio, hasta que sus ojos se acostumbraron y pudo distinguir el débil resplandor de la luna que filtraba por un pequeño agujero en la parte superior de la tumba.
Durante horas, ella permaneció en silencio, concentrándose en sus rituales, sintiendo la conexión con Lira y con Kael, quien aullaba suavemente en la distancia —un lazo de sonido que la mantenía unida al mundo exterior. Pero a medida que avanzaba la noche, algo comenzó a cambiar.
El aire en la tumba se volvió denso y pesado, como si estuviera lleno de humo invisible. El aroma dulce y metálico que había sentido antes se intensificó hasta ser abrumador. De la oscuridad, surgieron susurros en una lengua antigua, palabras que hacían vibrar las paredes de piedra bajo sus manos.
Lira gruñió con miedo en su interior, tratando de tomar el control de su cuerpo para defenderse, pero una fuerza invisible los mantenía atrapados, inmóviles. Elara intentó gritar el nombre de Kael, pero su voz no salía de su garganta.
En la superficie, la hechicera comenzó a mover sus manos en danzas complejas, susurrando encantamientos que hacían girar el polvo del desierto en remolinos luminosos. Las concubinas cantaron en coro, sus voces mezclándose con los susurros de la magia, alimentando el hechizo con su resentimiento y su deseo de poder.
Kael sintió cómo el lazo que lo unía a Elara comenzaba a debilitarse, como si algo estuviera cortándolo poco a poco. "¡Algo está mal!" gritó, avanzando hacia la tumba, pero los guerreros —encantados por la magia de la hechicera— se interpusieron en su camino.
"Es parte de la prueba", dijo Layla con una sonrisa fría. "La naturaleza decide quién es digna".
Justo en ese momento, el pequeño agujero de la tumba dejó de emitir luz. El aullido de Kael se convirtió en un rugido de desesperación cuando sintió que la conexión se rompió completamente. Los guerreros retrocedieron al ver cómo sus ojos se oscurecían, cómo las marcas de Asad se extendían por su rostro y manos con una velocidad inusual.
"¡Quítate de mi camino!" rugió, y nadie se atrevió a oponerse. Cuando los guerreros removieron la losa de piedra con prisa desesperada, la tumba estaba vacía.
No había rastro de Elara —ni su cuerpo, ni la jarra de agua, ni las hierbas. Solo quedaba en la piedra un círculo de símbolos brillantes que parecían quemados en la superficie, y el aroma dulce y metálico que ahora impregnaba todo el lugar.
PARTE IV: EL VACÍO QUE DEJÓ SU DESAPARICIÓN
La hechicera se volvió y desapareció en la noche antes de que Kael pudiera alcanzarla. Las concubinas se dispersaron, algunas con expresiones de miedo, otras con satisfacción oculta. Solo Zohra permaneció en su lugar, mirando la tumba vacía con lágrimas cayendo por sus mejillas.
#1569 en Novela romántica
#304 en Fantasía
#187 en Personajes sobrenaturales
romance mate amor, lobos alfa de alfas seres sobrenaturales, marcada por el destino
Editado: 09.01.2026