El SultÁn Lobo

13. Las sombras del deseo y la desesperación

PARTE I: LA LLAMADA A LAS ARMAS

Cinco días habían pasado desde que Elara desapareció, y el palacio de Zafira parecía envuelto en un velo de tristeza y tensión. El sol brillaba con la misma fuerza sobre las arenas doradas, pero nada era como antes —los jardines que alguna vez habían sido llenos de risas y música ahora estaban silenciosos; los corredores que habían visto el amor crecer entre Kael y Elara ahora resonaban solo con el eco de pasos apresurados y susurros preocupados.

Kael se encontraba en la sala de estrategias del palacio, donde las paredes estaban cubiertas de mapas del imperio y tierras desconocidas más allá de sus fronteras. Frente a él, reunidos en semicírculo, estaban los jefes de su ejército —hombres fuertes y experimentados que habían servido al imperio durante décadas, cuyos rostros mostraban ahora una mezcla de preocupación y determinación.

"Se han agotado todas las búsquedas en los oasis cercanos", informó el comandante Mazen, un hombre corpulento con cicatrices que contaban historias de batallas pasadas. "Hemos revisado cada cueva, cada valle, cada rincón donde podría haberse escondido la hechicera o donde pudieran haber llevado a la joven".

"Y en las tierras de las tribus vecinas?" preguntó Kael, su voz ronca por la falta de sueño y la angustia que lo consumía desde el día de la desaparición. Sus ojos ámbar, que alguna vez habían brillado con vida y pasión, ahora estaban oscurecidos por la desesperación.

"Las tribus del este y del norte han jurado no saber nada de su paradero", respondió el comandante Karim, más joven que Mazen pero igual de leal. "Dicen que no han visto a ninguna mujer extraña en sus tierras, y que no permitirían que se usara magia oscura en sus dominios".

Kael golpeó la mesa con su puño, haciendo saltar los mapas y las fichas que marcaban las rutas de búsqueda. "Entonces ¿dónde está? ¿Acaso la tierra se la ha tragado? La magia que la llevó no puede ser tan poderosa que no deje ningún rastro".

"Nadie dijo que fuera imposible de rastrear, mi señor", dijo el comandante Zayd, el más anciano de los jefes, con una voz calmada que intentaba tranquilizar al sultán. "Solo que es antigua, más allá de lo que nuestros sabios conocen. Necesitaremos tiempo, recursos y quizás la ayuda de quienes manejan ese tipo de magia para encontrarla".

"¡No tenemos tiempo!" gritó Kael, sintiendo cómo la ira de Asad se desbordaba en su interior. El lobo rugía en su mente, lleno de rabia por no poder proteger a su mate, de desesperación por no poder encontrarla. "Cada día que pasa es un día más en que podría estar en peligro, sufriendo, sola. No puedo esperar a que encontremos a algún hechicero dispuesto a ayudarnos. Debemos seguir buscando, en todos lados, sin descanso".

Los jefes intercambiaron miradas de preocupación. Sabían que el sultán estaba actuando por desesperación, que su juicio estaba nublado por el dolor de haber perdido a Elara. Pero también sabían que no podían hacer nada más que obedecer sus órdenes.

"Entonces así será", dijo Mazen, asintiendo con la cabeza. "Dividiremos el ejército en grupos más pequeños, enviaremos exploradores hasta las tierras más remotas, hasta los límites conocidos del desierto y más allá. No dejaremos piedra sin mover hasta encontrarla".

Kael agradeció con un gesto, luego se levantó de la mesa y se dirigió hacia la ventana, mirando el desierto que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Sabía que los hombres estaban agotados, que las búsquedas habían sido en vano hasta ahora, pero no podía detenerse. Elara estaba en algún lugar, esperándolo, necesitándolo, y él no la dejaría sola.

Mientras los jefes se retiraban para organizar las nuevas búsquedas, Kael permaneció en la sala de estrategias, mirando los mapas, intentando encontrar algún rastro, alguna pista que hubieran olvidado. Pasó horas así, hasta que la oscuridad comenzó a cubrir el cielo y una sirvienta entró con una bandeja que contenía comida y una jarra de infusión.

"Mi señor", dijo la joven sirvienta con voz temblorosa, evitando su mirada. "La señora Layla me envió a traerle esto. Dijo que necesita comer y beber algo para mantener sus fuerzas, que no puede seguir así".

Kael miró la infusión con desdén. Había perdido el apetito desde que Elara desapareció, y solo bebía agua para mantener con vida su cuerpo. Pero la sirvienta lo miraba con tanto miedo que finalmente decidió tomar un sorbo, solo para que se fuera y lo dejara en paz.

El líquido era dulce y aromático, con un sabor a jazmín y hierbas desconocidas. Al principio no sintió nada, pero a medida que pasaban los minutos, comenzó a sentir cómo el dolor y la angustia que lo consumían disminuían, cómo una sensación de calma y vaguedad invadía su mente. Asad, que había estado rugiendo en su interior durante días, ahora se calmó, hundiéndose en lo más profundo de su conciencia.

"No... esto no es normal", dijo Kael, intentando levantarse, pero sus piernas temblaban y su cabeza daba vueltas. La sirvienta ya no estaba en la habitación. En su lugar, apareció Layla, vestida con una túnica de seda roja que dejaba al descubierto sus hombros y su cuello, con flores de jazmín en su cabello oscuro.

"Shhh", dijo con voz suave, acercándose a él y ayudándolo a sentarse de nuevo en la silla. "Solo es una infusión calmante, mi señor. Necesitabas descansar, dejar de torturarte así. Elara ya no está, y nada que hagas la traerá de vuelta. Debes seguir adelante, pensar en ti mismo, en el imperio, en nosotras".

Kael intentó resistirse, pero la infusión había debilitado su voluntad, nublado su juicio. Veía a Layla, pero en su mente aparecía la imagen de Elara —su sonrisa, sus ojos ámbar, la forma en que se acurrucaba contra él en las noches frías. La confusión invadió su mente, y no pudo distinguir entre la realidad y la ilusión que la infusión le estaba creando.

Layla lo ayudó a levantarse y lo llevó hacia sus aposentos, que estaban decorados con velas perfumadas y flores frescas. El aroma era familiar y al mismo tiempo extraño, y Kael sintió cómo el deseo, alimentado por la infusión y la confusión en su mente, comenzaba a tomar el control.




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