El SultÁn Lobo

14. El oasis

A medida que avanzaban por el camino iluminado, Kael sintió cómo la conexión con Elara se fortalecía cada vez más, hasta que podía sentir el latido de su corazón como si fuera el suyo propio. El aroma de jazmín y almendras que siempre había amado llegaba hasta sus narices, y sabía que estaba a solo unos pasos de ella.

Cuando finalmente salieron del portal, el paisaje que se extendió ante sus ojos les dejó boquiabiertos. El oasis oculto era más hermoso de lo que habían imaginado —lagos de agua cristalina de colores que variaban desde el azul intenso hasta el verde esmeralda, árboles con frutos dorados que brillaban bajo el sol, flores de formas y colores desconocidos que perfumaban el aire con aromas dulces y exóticos.

Y en la orilla del lago más grande, con la luz del sol brillando sobre su cabello dorado, estaba Elara. Vestida con una túnica hecha de hojas y flores blancas, parecía una diosa de la naturaleza, con un brillo dorado que emanaba de su piel y sus ojos ámbar brillaban con una intensidad que Kael nunca había visto antes.

"Elara", dijo Kael en voz baja, y su voz se perdió en el silencio del oasis. La joven se volvió entonces, y cuando sus ojos se encontraron con los suyos, una sonrisa de alegría y amor iluminó su rostro.

"Kael", respondió ella, extendiendo sus manos hacia él. El sultán corrió hacia ella, abrazándola con fuerza, sintiendo el calor de su cuerpo contra el suyo, la suavidad de su piel bajo sus manos. Lloró de alegría, sin importar que sus hombres lo vieran, sin importar nada más que el hecho de que ella estaba a salvo, que la había encontrado.

"Te encontré", susurró en su pelo, besándola una y otra vez en la cabeza, en las mejillas, en los labios. "Te prometí que te encontraría, y aquí estoy".

"Yo sé", respondió Elara, abrazándolo con igual fuerza, sintiendo cómo el lazo que los unía se fortalecía hasta convertirse en algo tan poderoso que podía sentirse en todo el oasis. "Siempre supe que vendrías por mí. Nunca perdí la fe en ti".

Kael se separó de ella entonces, mirándola con ojos llenos de culpa y remordimiento. "Tengo que pedirte perdón", dijo en voz baja, evitando su mirada. "La noche que desapareciste, Layla me drogó con una infusión, y... y pasé la noche con ella. No fue mi intención, Elara. Nunca hubiera hecho eso si no me hubieran engañado. Te amo solo a ti, y lo que pasó fue un error terrible que nunca volveré a cometer".

Elara colocó sus manos sobre su rostro, levantándolo para que la mirara. "Ya lo sé", dijo con voz suave y comprensiva. "Nala me lo contó. También sé que el dolor y la desesperación pueden hacer cosas que nunca creerías poder hacer. Te perdono, Kael. Nuestro amor es más fuerte que cualquier error, cualquier debilidad. Lo importante es que estás aquí, que nos hemos encontrado de nuevo".

Kael la abrazó de nuevo, agradecido por su compasión y su amor. Sabía que no merecía su perdón tan fácilmente, pero prometió en su corazón que haría todo lo posible para merecerlo, para ser el Alfa y el hombre que ella necesitaba.

Mientras tanto, los jefes del ejército y los hombres miraban la escena con expresiones de alegría y emoción. Habían recorrido largas distancias y enfrentado muchos peligros para encontrar a la joven, y verla a salvo y feliz junto al sultán valió la pena.

Pero la alegría no duró mucho. De repente, el cielo se volvió oscuro, aunque el sol aún brillaba en lo alto. Un viento frío comenzó a soplar por el oasis, llevando consigo un aroma a humo y ceniza. Nala se acercó a ellos con una expresión seria, sus ojos mirando hacia el horizonte.

"Ha llegado", dijo en voz baja. "El enemigo que ha estado manipulando los eventos desde las sombras. Ahora debemos enfrentarlo si queremos proteger el oasis, la manada y el imperio".

De la oscuridad que se estaba formando en el cielo descendió una figura envuelta en telas negras, con ojos de color rojo sangre que brillaban con un brillo malévolo. Era un antiguo enemigo de la manada, un licántropo que había sido expulsado hace siglos por intentar tomar el control del imperio con magia oscura. Había estado manipulando a las concubinas desde las sombras, usando su resentimiento y su deseo de poder para conseguir lo que nunca había podido lograr por sí mismo.

"Kael", dijo la figura con una voz como el crujir de huesos. "Tú y tu manada pensaron que me habían destruido, pero la magia oscura es más fuerte de lo que creen. Ahora he vuelto para tomar lo que me pertenece por derecho —el trono de Zafira y la mano de la Luna más poderosa que ha existido en siglos".

Elara sintió cómo Lira se tensaba en su interior, lista para luchar. Sabía que este sería el momento de demostrar todo lo que había aprendido, de usar la magia de sus ancestros para defender a su Alfa, a su manada y a su hogar. Se colocó junto a Kael, tomándolo de la mano, sintiendo cómo su energía se mezclaba con la de él, creando una barrera de luz dorada alrededor de ellos.

"Este es tu último aviso", dijo Kael con voz firme y decidida, sintiendo cómo la fuerza de Asad fluía por su cuerpo. "Retírate ahora, y tal vez te dejaremos vivir. Si no, tendrás que enfrentarte a mí, a mi Luna y a todo el poder de la manada".

El enemigo rio con una risa áspera y malévola. "Tú y tu manada no son rival para mí", dijo. "La magia oscura que he dominado durante siglos es más fuerte que cualquier fuerza que puedas oponer".

Con esas palabras, lanzó una ola de energía negra hacia ellos, pero Elara levantó sus manos y canalizó la energía del oasis, creando una barrera de luz dorada que desvió el ataque con facilidad. Sabía que este sería el combate definitivo, el que decidiría el futuro de la manada y el imperio. Pero también sabía que no estaba sola —tenía a Kael a su lado, a sus hombres, a la guardiana del oasis y a la magia de sus ancestros.

Mientras la batalla comenzaba, con luces de colores y sonidos poderosos que resonaban por todo el oasis, Elara sabía que ganarían. Sabía que el amor y la unión eran más fuertes que cualquier magia oscura, que la fuerza de la manada unida era invencible. Y cuando finalmente la batalla terminara, ella y Kael regresarían a Zafira, listos para gobernar juntos, para hacer del imperio un lugar mejor para todos, para cumplir con el legado de sus ancestros y construir un futuro brillante para las generaciones venideras.




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