El SultÁn Lobo

15. La luz contra la oscuridad

PARTE I: EL COMIENZO DE LA BATALLA

El aire del oasis se cargó de electricidad cuando la figura oscura —que Nala reveló ser Malakar, el Alfa traidor expulsado hace tres siglos— extendió sus manos hacia el cielo. Las nubes negras que habían cubierto el sol comenzaron a girar en un torbellino, arrojando rayos de luz azul oscura que golpearon el suelo con fuerza, creando cráteres en la tierra fértil del lugar.

"¡Formen defensa!" gritó Kael, empujando a Elara detrás de él mientras sus hombres se colocaban en formación semicircular alrededor de la pareja y la guardiana Nala. Los guerreros levantaron sus escudos de acero forjado, y una barrera de metal y músculo se alzó frente al enemigo.

Malakar rio de nuevo, un sonido que resonaba como rocas chocando en el vacío. "¿Eso es todo lo que tienen? ¡Defensas de hombres contra el poder de los dioses olvidados!"

Con un movimiento brusco de su mano derecha, envió una ola de sombras que se deslizaron por el suelo como serpientes negras. Los guerreros intentaron repelerlas con sus espadas, pero las sombras pasaron a través del metal como si fuera aire, envolviendo las piernas de los hombres y haciendo que cayeran de rodillas.

Elara sintió cómo la magia del oasis respondía a su voluntad cuando extendió sus manos hacia los guerreros. Un resplandor dorado brotó de sus dedos, envolviendo a cada hombre y disipando las sombras como el sol disipa la niebla matutina. Los guerreros se levantaron, fortalecidos por su energía, y sus ojos brillaron con determinación renovada.

"¡No puedes vencer a la unión de una manada completa!" gritó Elara, sintiendo cómo Lira se alzaba en su interior, compartiendo su fuerza y su furia. Su cabello dorado comenzó a brillar con un resplandor propio, y sus ojos ámbar se convirtieron en dos hogueras de fuego dorado.

Malakar dirigió su atención hacia ella entonces, sus ojos rojos sangre brillando con una mezcla de codicia y odio. "Tú eres la clave, pequeña Luna. Con tu poder y mi magia, seremos invencibles. Únete a mí, y juntos gobernaremos el mundo entero".

"Jamás me uniré a alguien como tú", respondió Elara, canalizando la energía del lago azul que yacía a sus espaldas. Agua cristalina se elevó del lago, formando una columna que giró alrededor de ella antes de convertirse en docenas de flechas de agua que volaron hacia Malakar con velocidad fulgurante.

El enemigo levantó una barrera de sombras que detuvo las flechas, pero el impacto hizo que retrocediera varios pasos. Kael no perdió la oportunidad —se lanzó hacia adelante en su forma de lobo gigante, su pelaje negro como la noche y sus ojos ámbar brillando con la furia de Asad. Mordió el brazo de Malakar con sus colmillos afilados como diamantes, haciendo que este gritara de dolor.

Pero Malakar no era débil. Con un movimiento brusco, sacó su brazo de la mordedura y golpeó a Kael con la palma de su mano, enviándolo volando hasta estrellarse contra un árbol de frutos dorados. El árbol se partió en dos, pero el sultán se levantó de inmediato, sacudiéndose el polvo y la sangre de su hocico, listo para atacar de nuevo.

Los guerreros avanzaron entonces, atacando a Malakar desde todos los lados con espadas, lanzas y hachas. El enemigo defendió con ferocidad, enviando olas de sombras y rayos de luz azul oscura que derribaron a varios hombres. Pero cada vez que uno caía, Elara extendía su mano y una luz dorada sanaba sus heridas, devolviéndolos a la batalla con fuerza renovada.

Nala se unió a la lucha también, usando la magia antigua del oasis para crear raíces de árboles que se extendían desde el suelo para atrapar a Malakar. El enemigo rompió las raíces con facilidad, pero cada segundo que perdía luchando contra ellas era un segundo más para que Kael y los guerreros prepararan su próximo ataque.

Durante horas la batalla continuó, con ninguna de las partes logrando obtener ventaja definitiva. El sol se movió a través del cielo, pero las nubes negras lo mantuvieron oculto, creando un crepúsculo eterno que hacía más difícil luchar. La tierra del oasis estaba marcada por cráteres, quemaduras y rastros de magia oscura, pero la vegetación comenzaba a sanarse a medida que Elara canalizaba su energía hacia el suelo.

"Tenemos que unir nuestras fuerzas", dijo Kael a Elara cuando ambos se retiraron brevemente para recuperar el aliento. "Mi fuerza física y tu magia pueden ser más poderosas juntas que separadas".

Elara asintió, tomándolo de la mano. Sintió cómo su energía fluía hacia él, fortaleciendo su cuerpo y su mente, mientras la fuerza de Asad fluía hacia ella, dándole la determinación y la ferocidad que necesitaba para enfrentar al enemigo. Juntos, formaron una esfera de luz dorada que creció hasta envolverlos por completo, y cuando la esfera se disipó, estaban de pie uno al lado del otro, sus cuerpos cubiertos por una armadura de luz que brillaba con intensidad ciega.

PARTE II: EL CLÍMAX DE LA BATALLA

Malakar retrocedió un paso al verlos, sorprendido por la fuerza que emanaba de la pareja. "No puede ser", murmuró, sus ojos rojos llenos de incredulidad. "Ningún Alfa y ninguna Luna han logrado unir sus poderes de esa manera desde los tiempos antiguos".

"Los tiempos antiguos han regresado", dijo Kael con voz profunda que resonaba como el rugido de un toro. Su espada de acero forjado apareció en su mano, envuelta en llamas doradas que no quemaban ni consumían el metal.

Elara extendió sus manos hacia el cielo, y las nubes negras comenzaron a disiparse, dejando paso al sol que brillaba con toda su fuerza. La luz solar se concentró en sus manos, formando una lanza de luz que brillaba con un resplandor tan intenso que los guerreros tuvieron que cubrirse los ojos.

"¡Atrás, todos!" gritó Nala, y los hombres se retiraron hasta la orilla del lago, formando un círculo alrededor del campo de batalla. Sabían que el momento definitivo de la batalla estaba a punto de llegar, y que no podían interferir sin poner en peligro a sus líderes.




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