El SultÁn Lobo

16. Justicia y unión

PARTE I: LA DECISIÓN DE LOS LÍDERES

Dos semanas habían pasado desde la batalla en el oasis, y aunque Kael aún necesitaba reposo, su recuperación avanzaba más rápido de lo que Fatima había previsto. La cicatriz en su pecho —en forma de rayo dorado ahora, no oscura— se había convertido en un símbolo de la victoria sobre la oscuridad, y los hombres de la manada lo miraban con un respeto aún mayor que antes.

Elara había tomado las riendas del imperio durante su convalecencia, demostrando una sabiduría y un liderazgo que sorprendió a todos los que la habían subestimado. Había reorganizado las guardias del palacio, fortalecido los lazos con las tribus vecinas y comenzado a enseñar a las jóvenes de la manada los antiguos conocimientos que Nala le había transmitido en el oasis.

Pero el asunto de las concubinas conspiradoras aún pendía en el aire. Habían permanecido en los calabozos, atendidas por sirvientas designadas pero aisladas del resto del palacio. Elara había visitado她们 varias veces para hablar con ellas, para entender qué las había llevado a conspirar, y aunque su furia había disminuido, su determinación de hacer justicia no había menguado.

Un día claro y soleado, Kael decidió que era hora de tomar una decisión definitiva. Llamó a Elara a su estudio, donde los dos se sentaron frente a la gran mesa de roble que contenía mapas de todo el imperio.

"Estoy lo suficientemente fuerte como para discutir el destino de las concubinas", dijo Kael, apoyándose en su mano mientras miraba los mapas. "He pensado mucho en lo que pasó, en por qué hicieron lo que hicieron".

Elara asintió, colocando una taza de té de hierbas en su mano. "Yo también", respondió. "Layla me habló la semana pasada. Me contó que siempre había creído que sería mi Luna, que se había preparado para ello toda su vida. Cuando llegué yo, sintió que todo lo que había trabajado se había ido por la borda".

"La ambición ciega puede hacer cosas terribles", dijo Kael con un suspiro. "Pero también debemos considerar que ellas fueron manipuladas por Malakar. No sabían la verdadera extensión de su plan".

"Eso es cierto", acordó Elara. "Pero eso no excusa su traición. Pusieron en peligro no solo a mí, sino a todo el imperio. Tienen que pagar por lo que hicieron, pero también debemos darles una oportunidad de redimirse".

Kael miró el mapa, pasando su dedo por las tierras más alejadas del palacio —donde las granjas de la manada producían los alimentos que sustentaban a toda Zafira. "Las granjas del norte son remotas, pero necesitan mano de obra experta para cuidar los cultivos y los animales", dijo. "Podríamos desterrarlas allí. No sería un castigo cruel, pero sí una forma de que paguen su deuda con la manada mientras tienen la oportunidad de reconstruir sus vidas".

Elara se acercó a él, mirando el lugar que indicaba en el mapa. "Es justo", dijo con satisfacción. "Allí estarán alejadas del palacio y de la tentación del poder, pero podrán contribuir al bienestar de todos. Tendrán que trabajar duro, pero también podrán encontrar paz y propósito".

"Además", añadió Kael, tomándola de la mano, "eso enviará un mensaje claro a todos: la traición no será tolerada, pero la manada siempre está dispuesta a dar una segunda oportunidad a quienes estén dispuestos a redimirse".

El día siguiente, convocaron a las concubinas conspiradoras al salón principal del palacio. Elara se sentó en el trono a lado de Kael, sus vestidos de seda azul y dorado brillando bajo la luz de las ventanas. Las mujeres entraron con cabeza baja, esposadas pero con expresiones de esperanza en sus rostros después de las visitas de Elara.

"Layla, Aisha, Zainab", comenzó Kael, su voz resonando por el salón. "Ustedes conspiraron contra nuestra Luna, trabajaron con fuerzas oscuras y pusieron en peligro a todo el imperio. Por ello, hemos tomado la decisión de desterrarlas de la capital".

Las mujeres cerraron los ojos, esperando el peor. Pero entonces Elara habló, su voz clara y justa:

"Serán enviadas a las granjas del norte, donde trabajarán en los cultivos y cuidarán del ganado de la manada. Allí tendrán la oportunidad de contribuir al bienestar de todos, de aprender el valor del trabajo honesto y de redimirse por sus errores. Si demuestran su lealtad y su dedicación durante cinco años, podrán solicitar regresar a la capital o elegir quedarse en las granjas como miembros respetadas de la manada".

Layla levantó la cabeza, sus ojos llenos de lágrimas de gratitud. "Gracias, mi señor, mi Luna", dijo en voz temblorosa. "No merecemos esta misericordia, pero la aprovecharemos al máximo".

"Esperamos que sí", respondió Kael. "La manada es fuerte porque se mantiene unida. Esperamos que algún día ustedes vuelvan a formar parte de ella como hermanas".

Las concubinas fueron llevadas fuera del palacio para comenzar su viaje al norte al día siguiente. Elara las acompañó hasta la puerta principal, dándoles cada una un paquete con ropas, hierbas curativas y un pergamino con las reglas de las granjas.

"Recuerden", dijo ella con voz suave pero firme, "su destino no está escrito en piedra. Lo que hagan de ahora en adelante depende solo de ellas".

PARTE II: LA NOCHE DE LA UNIÓN

Con el asunto de las concubinas resuelto, un aire de calma se instaló en el palacio. El pueblo de Zafira celebró la decisión de sus líderes, considerándola justa y misericordiosa, y las preparativas para la ceremonia oficial de nombramiento de Elara como Luna comenzaron a tomar forma.

Pero Kael y Elara habían acordado que antes de cualquier ceremonia pública, debían sellar su unión de la manera antigua —con el mordisco que marcaría a Elara como su Luna legítima, reconocida no solo por la manada, sino por la propia naturaleza.

La noche de la luna llena fue elegida para el acto —una noche en que la energía de los licántropos estaba en su punto más alto. Elara se vistió con una túnica de seda blanca bordada con hilos de oro, mientras Kael se preparaba en su habitación adyacente con su túnica de cuero negro que llevaba en las ocasiones más importantes.




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