El Super albañil

Cap 1 El Descenso

## Capítulo 1: El Descenso
El viernes a la noche, Pablo siempre comía en lo de Laura.
Llegó después del laburo, sin cambiarse, con la ropa llena de cemento seco y las manos todavía ásperas de la mezcla. No llamó. Tenía la llave. Entró, dejó las zapatillas en la entrada, y sintió el olor a comida hecha que venía de la cocina.
—*Tío* —dijo una voz chiquita desde el living.
Vale apareció corriendo con el cuaderno de dibujo abierto en la mano. Ocho años, el pelo revuelto, una mancha de marcador azul en la mejilla. Se le tiró encima antes de que pudiera sentarse.
—*Mirá lo que hice hoy* —dijo, poniéndole el dibujo en la cara—. *Es una casa con un montón de pisos y vos estás en el techo.*
Pablo agarró el cuaderno y lo miró bien. La casa era un rectángulo naranja con ventanas desparejas y un techo violeta. Arriba del techo, una figura con un casco amarillo y una sonrisa enorme.
—*Está buenísimo* —dijo, y le dio un beso en la cabeza—. *¿Por qué el techo es violeta?*
—*Porque es el color de los techos mágicos* —respondió Vale, como si fuera obvio.
Laura apareció en la puerta de la cocina, secándose las manos en el delantal. Treinta y tres años, el pelo recogido, la misma sonrisa cansada de siempre.
—*Dejá tranquilo al tío, Vale. No terminás de bañarte.*
—*Ya me bañé* —mintió Vale.
—*Mentira. Andá.*
Vale agarró el cuaderno, hizo un puchero, y se fue arrastrando los pies. Laura se quedó mirando a Pablo.
—*¿Comés acá?* —preguntó.
—*Si sobra.*
Se sentaron a la mesa los tres —Laura, Pablo y Diego, el hermano menor, que llegó del taller oliendo a grasa y se sirvió antes de sentarse. Comieron milanesas con puré y ensalada de tomate. Vale apareció después, ya bañada, con el pijama puesto y el cuaderno otra vez en la mano.
—*Tío, cuando termino la tarea vos me ayudás con los dibujos, ¿sí?*
—*Sí, Vale.*
—*¿Me enseñás a dibujar una cuchara como la tuya?*
—*Las cucharas no se dibujan, se usan.*
—*¿Y si yo quiero dibujarla igual?*
Pablo la miró. La nena lo miraba con los ojos grandes, esperando.
—*Está bien* —dijo—. *Te enseño.*
Vale sonrió y volvió corriendo a su cuarto. Diego masticó en silencio un rato, después habló sin levantar la vista del plato:
—*¿Vas a venir mañana a lo de Mamá?*
Pablo dudó.
—*No sé. Capaz el domingo.*
—*Dice que hace dos semanas que no vas.*
—*Estoy con laburo.*
Diego no dijo nada más. Terminó de comer, dejó el plato en la pileta, y se fue al living a mirar la tele.
Laura se sentó al lado de Pablo con un café.
—*No le des bola* —dijo—. *Está preocupado nomás. Todos lo estamos.*
—*No pasa nada* —dijo Pablo—. *Estoy bien.*
Laura lo miró un segundo, como si quisiera decir algo más, pero no lo dijo. Tomó un sorbo de café y cambió de tema.
A las diez Pablo se fue. Vale ya estaba dormida. Le dejó un beso en la frente y un "mañana te ayudo con los dibujos" que no sabía si iba a cumplir.
Caminó de vuelta a su monoambiente, seis cuadras, con las manos en los bolsillos. El barrio estaba tranquilo. Un perro dormía en la vereda. La luna estaba llena, blanca, arriba de los techos.
Pablo pensó en lo de Diego. Tenía razón. Hacía dos semanas que no iba a lo de su vieja. No era bronca. Era cansancio. Laburo, la obra nueva, los días que se alargaban y cuando terminaba lo único que quería era dormir. Pero sabía que Mirta lo esperaba. Que le guardaba el tupper con comida. Que se preocupaba si no aparecía.
—*El domingo voy* —dijo en voz alta, y lo dijo en serio.
Llegó a su casa. Monoambiente chico con cocina al fondo y una ventana que daba al pulmón de manzana. Se sacó la ropa, se bañó, y se tiró en la cama.
A la mañana siguiente, sábado, volvió a la obra.
---
El sol de las ocho ya pegaba fuerte en el galpón de chapa. Pablo llevaba dos horas de mezcla y ya iba por la mitad del paredón del fondo. El depósito nuevo necesitaba una división de diez metros, ladrillo cerámico, junta tomada, llaga de centímetro justo.
Trabajaba solo los sábados. Don Héctor le pagaba extra y no había peones mirando el celular. Pablo prefería así.
A las nueve y media, después de terminar la tercera hilada, se enderezó para estirar la espalda y sintió un calor raro en las manos. No el calor del sol, ni el de la mezcla. Otro calor, más hondo, como si la sangre se le hubiera puesto espesa y caliente adentro de los huesos.
Paró. Miró sus manos. Palmas abiertas, dedos gruesos, uñas cortas con cemento incrustado en los bordes. Nada raro.
El calor no se iba.
Apoyó la cuchara en el borde del balde para secarse las manos en el pantalón, y cuando la soltó, la cuchara no cayó.
Se quedó flotando.
Pablo la miró. Un segundo. Dos. La cuchara suspendida a la altura de su pecho, girando lentamente. El metal gastado empezó a brillar. Un brillo violeta, tenue, como una soldadura que se enfría.
—*¿Qué...?* —empezó a decir.
Y el fletacho apareció en su otra mano.
La placa de metal plana se materializó de la nada, el mango encajado en su palma como si siempre hubiera estado ahí. Y detrás, el aire se abrió como una grieta.
Un portal. Violeta oscuro, del tamaño de un hombre, con bordes que titilaban como llamas. Del otro lado no se veía nada. Solo oscuridad. Y un olor a tierra mojada, a piedra partida, a encierro.
Pablo quiso soltar las herramientas. No pudo. Quiso gritar. No le salió la voz. Quiso correr. Los pies no le respondieron.
El portal lo succionó.
Un instante después, el sol, el olor del cemento, el ruido de la obra, todo desapareció.
Pablo cayó de rodillas sobre tierra pisada.
Parpadeó. Una luz violeta, tenue, venía de unas grietas en el techo de piedra. Estaba en un túnel angosto, paredes de roca áspera, techo bajo. Las manos le temblaban. La cuchara seguía ahí. El fletacho también.
—*No...* —dijo, en voz baja—. *No, no, no.*
Oyó pasos. Una figura apareció del fondo del túnel: un tipo flaco, campera rota, ojos hundidos. Lo miró un segundo y soltó una risa sin gracia.
—*Primera vez* —dijo—. *Se te nota en la cara.*
—*¿Dónde diablos estoy?* —preguntó Pablo, poniéndose de pie.
—*El Hueco. Mazmorra de iniciación.* —El tipo señaló el túnel—. *Cinco pisos. Si llegás al fondo, salís. Si no, te quedás para siempre.*
Pablo sintió el corazón en la garganta. Pensó en la obra. En el paredón a medio terminar. En Laura, que lo esperaba para almorzar. En Vale, que había dicho "mañana te ayudo con los dibujos".
—*No puedo quedarme acá* —dijo—. *Tengo que volver.*
—*Todo el mundo tiene que volver* —dijo el tipo—. *Ya vas a ver. Suerte.*
Y se fue, caminando rápido, hasta desaparecer en la penumbra.
Pablo se quedó solo. Agarró la cuchara con fuerza. El mango se sentía natural en su palma, como si siempre hubiera estado ahí. Probó un movimiento de corte. El aire silbó.
—*Bueno* —se dijo—. *Vamos.*
---
El túnel lo llevó a una sala circular. En el centro, flotando, un círculo de luz violeta. Una ruleta.
Pablo extendió la mano. El círculo giró solo. Una luz le pegó en el pecho. Sintió un tirón caliente en los músculos, las piernas, la espalda. Algo se registró adentro de él, como un peso nuevo en el cuerpo.
Y después, una voz. De adentro de su cabeza.
**— PISO 1: EL DESCENSO. ENEMIGOS BÁSICOS. SIN JEFE. LLEGA AL OTRO LADO.**
Del otro lado de la sala, una figura emergió de la oscuridad. Piel gris ceniza, brazos largos, sin ojos, una boca llena de dientes finos. Emitió un silbido y cargó.
Pablo no pensó. Afirmó el pie izquierdo y descargó la cuchara de arriba abajo, como si estuviera partiendo un ladrillo.
El filo se hundió en la cabeza de la criatura con un crujido seco. La figura cayó, se desarmó en polvo gris, y desapareció.
**+8 ORTOS.**
Pablo miró la cuchara. Le temblaban las manos.
—*Ocho* —dijo—. *Bueno.*
Y avanzó.
---
El piso era un laberinto. Salas, túneles, cruces. Las criaturas no eran todas iguales. Había humanoides grises, pero también murciélagos grandes que colgaban del techo y se tiraban en picada, y gusanos gruesos que salían de grietas en las paredes y mordían rápido.
Pablo aprendió sobre la marcha. Los murciélagos los esperaba y los cortaba al pasar. Los gusanos los pisaba con la bota y los remataba de un golpe. Los humanoides grises coordinaban: a veces venían de a dos o tres, flanqueaban, no se dejaban agarrar fácil.
En una sala lo agarraron dos al mismo tiempo. Uno le clavó los dientes en el antebrazo. Pablo gritó —de bronca, más que de dolor—, lo estampó contra la pared, y reventó al otro de un cuchillazo en el cuello. Cuando terminó, el brazo le sangraba. La herida se cerró sola a los pocos minutos.
—*Se cura solo* —dijo, mirándose el brazo—. *El sistema cura solo.*
Siguió avanzando.
En la quinta sala, después de limpiar un grupo de humanoides, notó algo. La cuchara había cargado polvo gris del piso, el que quedaba de las criaturas al deshacerse, y el material se había pegado al metal. No se caía. Se sostenía.
Pablo lo tocó. Era como cemento fino, seco. Se podía extender.
Agarró más polvo del piso, lo cargó en la cuchara y lo extendió sobre el filo con un movimiento de pala, como alisando mezcla. El material se adhirió. El metal se volvió un poco más grueso. Más pesado.
Probó un corte. El filo sonó más firme.
—*Ah* —dijo, y sintió algo parecido a una sonrisa—. *Así que por esto tengo la cuchara.*
En la sala siguiente, dos humanoides y un murciélago. Pablo cargó la cuchara con polvo del piso antes de entrar. El murciélago cayó primero, el filo reforzado lo partió al medio. Los humanoides cargaron juntos. El primero cayó en dos golpes. El segundo aguantó tres.
**+30 ORTOS. ESCOMBRO SÓLIDO (x1).**
Uno de los humanoides había dejado un fragmento gris antes de deshacerse. Pablo lo guardó.
Cuando llegó al final del piso, un círculo de luz violeta lo esperaba en el suelo.
**PISO 1 COMPLETADO.**
**ENEMIGOS DERROTADOS: 18.**
**ORTOS GANADOS: 72.**
**DESCANSO MÍNIMO: 4 HORAS.**
**TIEMPO TRANSCURRIDO EN EL SISTEMA: 7 HORAS.**
**TIEMPO TRANSCURRIDO EN EL MUNDO EXTERIOR: 10 MINUTOS .**
Pablo se quedó mirando las líneas.
—*¿Diez minutos?* —dijo—. *Estuve siete horas acá y en mi casa pasaron diez minutos...*
La luz lo tragó.
---
Apareció en una sala chica. Una lámpara violeta. Un banco de madera. Una repisa con galletas duras y carne seca. Un chorro de agua fresca en la pared.
El hambre le pegó primero, como un puñetazo. Después el cansancio, que le pesó los hombros, los brazos, los párpados.
Se dejó caer en el banco. Soltó las herramientas. Comió sin ganas, bebió agua, y después se recostó.
No podía dormir. Tenía la cabeza llena de ruido.
Pensó en Laura. En que ella lo esperaba para almorzar y él no iba a aparecer. En Vale, que había dicho "mañana te ayudo con los dibujos" y él le había dicho que sí. En Diego, que se iba a preocupar. En Mirta, que hacía dos semanas que no iba a verla.
—*No voy a quedarme acá* —dijo en voz alta, en la sala vacía—. *Vuelvo mañana. Pasado mañana. Pero vuelvo.*
Se giró en el banco, puso el fletacho sobre el pecho, y cerró los ojos.
Durmió sin soñar.
---
**FIN DEL CAPÍTULO 1**



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Editado: 10.07.2026

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