El Super albañil

Cap 2 Las Juntas

# Capítulo 2: Las Juntas
Pablo despertó cuando la lámpara violeta parpadeó dos veces.
No sabía cuánto había dormido. El banco de piedra le había dejado la espalda dura, pero el cuerpo se sentía distinto. Menos pesado. Los músculos le respondían mejor, como si el sueño hubiera asentado algo de lo que ganó en la ruleta al entrar.
Se sentó, estiró los brazos. La cuchara y el fletacho estaban apoyados contra la pared. El escombro sólido que había conseguido seguía registrado en el sistema.
Se levantó, fue a beber agua. El chorro fresco le despejó la cabeza.
Apareció la interfaz.
**DESCANSO COMPLETADO.**
**— ¿AVANZAR AL PISO 2? —**
Pablo apoyó las manos en el borde de la pileta de piedra y se miró el reflejo en el agua. Tenía la misma cara de siempre. Pero los ojos no. Los ojos tenían algo distinto, más atento, más despierto.
—*Vamos* —dijo.
---
El círculo de luz lo depositó en la entrada de una galería ancha, de techo bajo, iluminada por vetas violetas que corrían por las paredes como venas.
**PISO 2: LAS JUNTAS.**
**ENEMIGOS: VARIADOS. TRAMPAS ACTIVAS.**
**— LLEGA AL OTRO LADO —**
—*Trampas* —dijo Pablo en voz baja—. *Bueno. Ojo al piso.*
Avanzó despacio, los primeros pasos midiendo el terreno. La galería era recta, de unos veinte metros, con aberturas a los costados que daban a otras salas. El piso era de losas irregulares, y entre losa y losa había juntas de tierra suelta.
Pablo miró una de las juntas. Se agachó, pasó el dedo por el borde. La tierra cedió.
—*Son trampas de presión* —murmuró—. *Si pisás mal, algo pasa.*
Probó: apoyó la punta de la bota en el centro de una losa marcada. La losa se hundió medio centímetro. Del techo, justo arriba, una serie de púas de piedra cayeron y se clavaron en el piso donde él no estaba.
—*Ahí* —dijo—. *No pises el medio de las losas marcadas. Pisá las juntas o los bordes.*
Empezó a avanzar con pasos cortos, pisando siempre los bordes de las losas, las juntas de tierra. La galería pasó sin más incidentes.
Al fondo, una sala circular. En el centro, una masa informe de unos dos metros de alto. Barro y arcilla apilados en forma de torso, con dos brazos gruesos y sin cabeza. No tenía ojos. Tenía una boca en el centro del pecho, un tajo horizontal lleno de dientes redondos.
La Masa de Arcilla se movió. Pesada, lenta, pero cada paso hacía temblar el piso.
Pablo evaluó las opciones. No podía tanquearla de frente: el doble de su tamaño, brazos como vigas. Tenía que moverla.
—*Vení, gorda* —dijo.
La Masa cargó. El brazo derecho vino en un arco amplio, lento pero demoledor. Pablo esperó al último momento, giró sobre el pie izquierdo, y la dejó pasar. El brazo se estrelló contra la pared: saltaron pedazos de piedra.
Pablo aprovechó el desbalance. Se metió en el costado de la criatura, cuchara en alto, y hundió el filo en el brazo derecho, justo donde el barro era más blando. La hoja entró unos centímetros. La Masa giró, el otro brazo barrió el aire. Pablo saltó atrás, pero no del todo —el golpe lo alcanzó de refilón en el costado y lo mandó contra la pared.
El aire se le cortó. Sintió el impacto en las costillas, el ardor.
—*Hijo de...* —bufó, poniéndose de pie.
La Masa se reacomodaba, el barro del brazo herido se movía solo, sellando el corte. Pero más lento que antes.
—*Se regenera* —dijo Pablo—. *Pero no tan rápido.*
Cambió de estrategia. No iba a ganar por desgaste. Tenía que pegar fuerte y rápido.
Agarró el escombro sólido del sistema —el fragmento gris del piso 1— y lo cargó en la cuchara. Con el movimiento de siempre, el de alisar mezcla, extendió el material sobre el filo. La capa se adhirió. El metal se volvió más pesado, más denso. Pablo sintió el peso extra en la muñeca.
—*Vamos de vuelta*.
La Masa cargó otra vez. Brazo derecho. Pablo no esquivó del todo: se dejó llevar por el golpe, lo usó para ganar impulso, y cuando pasó rozando el torso de la criatura, clavó la cuchara con todo el cuerpo atrás.
La capa de escombro funcionó. El filo entró más hondo, partió la capa de barro endurecido, y llegó hasta el centro de la criatura. La Masa emitió un ruido hondo, como un quejido de tierra, y se desarmó en un montón de arcilla y barro.
**+40 ORTOS. ARCILLA VIVA (x1).**
La arcilla quedó palpitando en el piso, un puño de material húmedo que se movía solo. Pablo lo agarró. Se sentía vivo en la mano, como plastilina caliente.
—*Esto sirve* —dijo—. *Tiene que servir.*
Siguió avanzando.
---
Las salas del piso 2 alternaban entre peleas y trampas. En una sala había tres gusanos de túnel que salieron del piso al mismo tiempo, rodeándolo. Pablo no los esperó: agarró la arcilla viva, la extendió sobre el fletacho en una capa fina —deducción propia, sin receta, solo instinto—, y la placa se volvió más flexible al tacto. Cuando el primer gusano atacó, Pablo levantó el fletacho. El impacto se sintió menos; la arcilla absorbió parte de la fuerza.
—*Funciona* —dijo, y se sintió más seguro.
Los gusanos eran rápidos pero predecibles: cargaban, mordían, se retiraban. Pablo se puso de espaldas a la pared, los esperó de a uno, los cortó con la cuchara mientras el fletacho absorbía los impactos que no podía esquivar. Tres gusanos: tres minutos. El último lo remató con un golpe vertical que lo partió en dos.
**+25 ORTOS.**
En la sala siguiente, dos humanoides grises junto a una Losa Viviente —una placa de piedra del tamaño de una puerta que se levantó del piso y lo atacó plana, como un puñetazo de pared. Pablo no podía cortarla. La cuchara rebotaba en la superficie. Los humanoides aprovecharon para flanquearlo.
Pablo retrocedió, evaluó. A la Losa no podía dañarla, pero sí podía moverla. Usó el fletacho como ariete: la placa cargó, él agachó el hombro, la recibió de lleno en el escudo. La arcilla viva absorbió el impacto, y él empujó contra la Losa, la hizo perder el equilibrio. Cayó de costado. Pablo saltó encima, cuchara en alto, y descargó tres golpes seguidos en la junta donde la Losa se unía al piso. Se partió.
Los humanoides cayeron rápido después.
**+50 ORTOS. ESCOMBRO SÓLIDO (x2).**
Pablo respiró hondo. La arcilla del fletacho se estaba secando; la raspó y la renovó con un poco más del material que le quedaba.
—*Tengo que aprender a mantener las capas* —dijo—. *Se gastan.*
Siguió. Sala tras sala. Las peleas se iban haciendo más largas. Los enemigos eran más, o más coordinados, o las trampas se mezclaban con los combates: una sala donde el piso se hundía si no saltabas a tiempo, otra donde paredes con pinches se cerraban mientras los gusanos atacaban.
Pablo perdió la cuenta de las horas. Sudor, tierra, sangre seca que el sistema curaba pero dejaba el rastro. La ropa hecha trizas. Los brazos marcados de cicatrices nuevas.
Pero no paró.
---
Al caer un grupo de cuatro humanoides grises y un murciélago grande —el que más le costó, porque el murciélago se movía en el techo y los humanoides lo esperaban abajo—, Pablo se derrumbó contra la pared.
**PISO 2 COMPLETADO.**
**ENEMIGOS DERROTADOS: 24.**
**TRAMPAS SUPERADAS: 6.**
**ORTOS TOTALES: 187.**
**DESCANSO MÍNIMO: 6 HORAS.**
**TIEMPO TRANSCURRIDO EN EL SISTEMA: 23 HORAS.**
**TIEMPO TRANSCURRIDO EN EL MUNDO EXTERIOR: 38 MINUTOS.**
—*¿Treinta y ocho?* —dijo Pablo—. *Pasó casi un día entero acá y en casa pasó media hora...*
La luz lo tragó.
---
Llegó a la zona segura. Más grande que la anterior: una sala con dos bancos, una repisa con comida abundante, agua corriente, y un poste de piedra en el centro —la Ruleta de Entrenamiento, ahora disponible para uso pago.
Pablo casi no la miró. El hambre le nublaba la vista. Comió cuatro galletas, dos tiras de carne, bebió agua hasta llenarse. Después se sentó en el banco y se quedó un rato en silencio.
—*Veintitrés horas* —dijo—. *Veintitrés horas adentro. Una hora acá son... semanas allá.*
Juntó ortos, verificó. Podía comprar entrenamiento o guardar. Decidió gastar. Pagó 30 ortos por una hora de entrenamiento con el fletacho. La ruleta giró.
Sintió la información entrar: movimientos de bloqueo, giros, cómo redistribuir el peso en una defensa. No era magia: eran horas de práctica condensadas en segundos, pero el cuerpo las registraba.
Después se dejó caer en el banco.
Y antes de dormirse, apretó el puño vacío.
—*Mañana cumplo lo del dibujo, Vale. Te juro que cumplo.*
---
En el living de Laura, el mediodía ya había pasado.
Laura había llamado tres veces. No contestaba. Mandó un mensaje. Nada. Llamó a la obra; Don Héctor le dijo que Pablo había salido temprano —"se fue al baño y no volvió, pensé que se había ido a tu casa".
Laura se quedó parada en la cocina, el teléfono en la mano.
—*Mamá, ¿el tío viene hoy?* —preguntó Vale desde el comedor, con el cuaderno abierto.
Laura respiró hondo.
—*Más tarde, Vale. Ahora está trabajando.*
Vale asintió y volvió al dibujo. Una figura con casco amarillo, arriba de una montaña de ladrillos.
En la casa de Mirta, una cuadra más allá, la radio seguía encendida y la comida esperando.
---
**FIN DEL CAPÍTULO 2**



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Editado: 10.07.2026

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