# Capítulo 3: El Hormigón
El descanso había sido largo. Siete horas dormidas en el banco de piedra, el cuerpo recuperado, los músculos menos tensos. Pablo se despertó con la lámpara violeta parpadeando, comió dos galletas y una tira de carne, bebió agua, y revisó sus pertenencias.
**PABLO ROLDÁN**
**RANGO: ROCA (PISOS 0-10)**
**ORTOS: 157**
**MATERIALES: ESCOMBRO SÓLIDO (x2), ARCILLA VIVA (x1)**
**HERRAMIENTAS: CUCHARA (SIN CAPA), FLETACHO (SIN CAPA)**
**HABILIDADES: —**
Había gastado 30 ortos en el entrenamiento de fletacho. Le quedaban 157. No sabía si era mucho o poco. Pero ya había aprendido que en El Hueco todo servía, y lo que no servía, se guardaba.
Se puso de pie, agarró la cuchara y el fletacho, y enfrentó el círculo de luz.
**— ¿AVANZAR AL PISO 3? —**
—*Sí.*
La luz lo envolvió.
---
Llegó al Piso 3 y el aire cambió.
El túnel de entrada era más ancho que los anteriores, las paredes de un gris más oscuro, con vetas blancas que corrían como raíces. El techo se perdía arriba en la penumbra. Y el piso no era tierra pisada, sino losas de hormigón, grandes, pesadas, perfectamente ensambladas.
No era una cueva. Era una construcción.
Pablo se agachó y pasó la mano sobre el piso. Hormigón liso, bien fraguado. Nada que ver con las piedras irregulares del piso 2. Alguien había hecho esto. O algo.
**PISO 3: EL HORMIGÓN.**
**GALERÍAS: EXTENSAS. ENEMIGOS: FORTALECIDOS.**
**— LLEGA AL OTRO LADO, ENCUENTRA LA SALIDA —**
—*Fortalecidos* —repitió Pablo—. *Bueno, empecemos con el pie derecho.*
Se puso de pie y se aplicó una capa de escombro sólido en la cuchara. No mucho. Solo un refuerzo fino, para que el filo tuviera más peso. Después extendió un poco de arcilla viva sobre el fletacho. No sabía si iba a durar, pero prefería tener algo a tener nada.
Avanzó.
---
Las primeras salas eran largas, rectangulares, iluminadas por las vetas blancas de las paredes. Pablo caminó con la cuchara lista, el fletacho en alto, los pasos midiendo el terreno.
Los enemigos no tardaron en aparecer.
De una pared lateral, una figura emergió como si hubiera estado dormida en la roca. No era gris como los humanoides de los pisos anteriores. Era más grande, más maciza. Piel color cemento, cuarteada como una pared vieja, brazos que terminaban en puños de piedra maciza. Y dientes del mismo material —pequeños, filosos, incrustados en una boca que apenas se abría.
Criatura de Hormigón. Un metro ochenta, espalda ancha, mirada vacía.
Pablo no esperó a que cargara. Dio el primer golpe: un corte diagonal de izquierda a derecha, apuntando al cuello. La cuchara rebotó. La capa de escombro raspó la superficie, pero no entró. Solo saltaron astillas de la piel de la criatura.
—*¿Estás jodido?* —dijo Pablo, saltando atrás.
La criatura respondió con un golpe de puño. Pablo levantó el fletacho a tiempo. El impacto sonó como un martillazo contra una chapa. El brazo le vibró hasta el hombro, pero la arcilla viva absorbió buena parte. No sintió rotura, solo presión.
—*Está bien* —dijo, reacomodándose—. *El fletacho aguanta.*
La criatura cargó de nuevo. Pablo esta vez no bloqueó: esquivó, giró, y descargó la cuchara en la nuca, donde el cuello se unía a los hombros. La capa de escombro se astilló, pero el filo entró dos centímetros. La criatura emitió un ruido seco, como piedra contra piedra, y giró para atacar otra vez.
Pablo repitió la danza. Esquivar, cortar en la junta, retroceder. Cada golpe abría una grieta más. La criatura se movía más lento cada vez, el hormigón de su cuerpo se desmoronaba en los bordes de las heridas. Al séptimo golpe, la cuchara atravesó el cuello de lado a lado. La cabeza de piedra rodó y el cuerpo se desarmó en un montón de escombros.
**+30 ORTOS.**
—*Treinta* —dijo Pablo, recuperando el aire—. *Bien pagado.*
Pero la cuchara había perdido la capa de escombro. Se gastó en la pelea. Pablo suspiró y guardó el segundo escombro para más tarde.
Avanzó.
---
Las siguientes dos horas fueron de galerías largas y peleas cortas. Las Criaturas de Hormigón no aparecían siempre, pero cuando aparecían, era de a una, bloqueando el paso. Pablo aprendió rápido: no servía de nada golpearlas en el pecho o los brazos. Había que buscar las juntas. El cuello, las axilas, la parte blanda detrás de las rodillas donde el hormigón era más fino. Ahí entraba la cuchara.
Entre pelea y pelea, Pablo se encontró con otras criaturas que no eran de hormigón. En una sala techada, un cardumen de murciélagos de piedra colgaba del techo como frutos negros. Eran más de quince, y cuando Pablo pisó el centro de la sala, se despertaron todos al mismo tiempo.
Fue la pelea más rápida del piso. Pablo se puso de espaldas a la pared, fletacho arriba cubriéndole la cabeza, y esperó. Los murciélagos venían en oleadas, chocaban contra la placa, se aturdían, y él los cortaba de a uno con la cuchara. No eran resistentes. Caían como moscas. En menos de un minuto, el piso estaba lleno de polvo gris.
**+40 ORTOS.**
En otra sala, un gusano de túnel del tamaño de su pierna lo esperaba enterrado en el piso de hormigón. Salió de golpe, lo agarró del tobillo y lo arrastró un par de metros antes de que Pablo pudiera clavar la cuchara en su cabeza. El gusano se soltó, Pablo rodó, se puso de pie, y lo remató con un golpe en el cráneo.
**+12 ORTOS.**
Siguió. Cada sala, cada túnel. A veces peleaba, a veces solo caminaba. Las galerías se extendían como un laberinto de pasillos idénticos, y Pablo empezó a preguntarse si estaba dando vueltas en círculo.
Hasta que encontró algo distinto.
Era una pared. Pero no como las otras. Esta no tenía vetas blancas. Era lisa, de hormigón perfecto, y en el centro tenía una marca: un círculo con una línea quebrada adentro.
Pablo la miró un buen rato.
—*No es natural* —dijo—. *Esto es una puerta.*
No había manija, no había ranura. Solo la marca.
Pablo no sabía qué hacer. La tocó. Nada. Apoyó la palma. Nada. Golpeó con el puño. Nada.
Probó con la cuchara. Le dio un golpe seco en el centro del círculo. La marca se iluminó violeta un instante, y después la pared se abrió hacia adentro como una compuerta de ascensor.
Pablo se quedó mirando.
Del otro lado, una sala pequeña. Del tamaño de un baño público. Sin muebles, sin trampas, sin enemigos. Solo un cofre de piedra en el centro, del tamaño de una caja de herramientas.
Pablo entró despacio, la cuchara lista por si algo saltaba. Nada. Llegó hasta el cofre.
No tenía candado. Solo una tapa de piedra. La levantó.
**ORTOS: 500.**
Dentro, apilados en montoncitos prolijos, había ortos. Brillaban igual que los del sistema, pero físicos, reales, tocables. Pablo los miró, tocó uno. Era una moneda violeta con un símbolo grabado.
Contó rápido. Ciento cincuenta. Quinientos era lo que había dicho el sistema.
Los guardó todos.
**ORTOS ACTUALES: 657.**
—*Quinientos* —dijo, en voz baja—. *Esto es un montón de plata.*
Salió de la sala oculta, la puerta de hormigón se cerró sola detrás de él, y la marca en la pared se volvió invisible otra vez.
Siguió caminando con más liviandad en los hombros. Seiscientos cincuenta y siete ortos. Podía comprar entrenamiento, materiales, armaduras. Podía... no sabía qué más, pero podía.
Las galerías se fueron haciendo más angostas. Las paredes empezaron a cambiar: ya no eran solo hormigón liso, sino que tenían grabados. Dibujos rayados en la piedra. Figuras humanas con herramientas. Una cuchara. Un fletacho. Una plomada.
Pablo se detuvo frente a uno.
Era la figura de un hombre —o algo parecido a un hombre— de pie, con una cuchara en una mano y un fletacho en la otra. Arriba de su cabeza, capas de material apiladas, una sobre otra, formando una estructura que se elevaba hasta el borde del grabado.
—*Otro* —dijo Pablo—. *Otro como yo pasó por acá.*
Siguió caminando. Más grabados. Una figura con una regla. Otra con un nivel. Escenas de peleas contra criaturas que Pablo no reconoció. Un mural largo, de unos diez metros, que contaba una historia sin palabras: un constructor que entraba solo, peleaba, avanzaba, y al final desaparecía.
El último grabado mostraba la figura sola, frente a una montaña de sombra, la cuchara levantada.
Después, el mural se cortaba.
Pablo se quedó mirando el último dibujo un largo rato.
—*¿Llegaste hasta el fondo?* —preguntó en voz alta—. *¿O te quedaste en el camino?*
Nadie le respondió.
---
Siguió adelante. Las galerías se abrieron de nuevo, y el murmullo que venía del fondo le dijo que no estaba solo.
Se preparó.
---
Al final de la galería más larga que había cruzado hasta ahora, el pasillo desembocaba en una sala monumental. Del tamaño de un galpón entero, con el techo abovedado a unos quince metros de altura, sostenido por columnas gruesas de hormigón armado.
En el centro de la sala, apoyado contra una columna como si estuviera descansando, había un hombre. Flaco, campera marrón rota, una cicatriz que le cruzaba el pómulo derecho. Y en la mano, un objeto metálico alargado que Pablo no reconoció.
El hombre lo vio antes de que Pablo pudiera ocultarse.
—*Uh, otro* —dijo, sin levantarse—. *Creí que había sido el único boludo que llegó hasta acá.*
Pablo se quedó donde estaba, la cuchara lista.
—*¿Vos quién sos?*
El hombre sonrió, cansado, sin ganas.
—*Renzo. Y vos, albañil, estás en mi piso.*
---
**FIN DEL CAPÍTULO 3**
Editado: 10.07.2026