El Super albañil

Cap 4 El Montículo

# Capítulo 4: El Montículo
Pablo no bajó la cuchara.
—*¿Tu piso?* —dijo—. *No sabía que los pisos tenían dueño.*
Renzo soltó una risa seca, sin moverse de la columna.
—*No tienen. Pero hace tres meses que entro a El Hueco, tres meses que nunca paso del tercer piso, y tres meses que esta sala es donde siempre me devuelve.* —Señaló con el mentón el fondo de la sala—. *Adelante de esas columnas está el nido del Montículo. Lo maté tres veces. Y tres veces resucitó al día siguiente.*
Pablo evaluó al tipo. Flaco, pero no débil. La campera rota dejaba ver brazos marcados de cicatrices viejas y nuevas. En la mano derecha, el objeto metálico: una barra de unos cuarenta centímetros, con un extremo más ancho y afilado, como una espátula de metal pesado. Una llana, pensó Pablo. Pero de combate.
—*¿Y por qué no pasás de una vez?* —preguntó Pablo.
Renzo lo miró un segundo.
—*Porque después del Montículo viene el piso 4. Y sin un compañero, no paso.*
Pablo se quedó callado.
—*Tres veces* —repitió Renzo—. *La primera me agarró desprevenido, me reventó las costillas y me escupió de vuelta al piso 1. La segunda llegué hasta el piso 4, pero no duré ni dos horas. La tercera me preparé bien, compré entrenamiento, armadura ligera, todo. Y el Montículo me rompió igual. Pero aprendí algo.*
—*¿Qué?*
Renzo se puso de pie. Era más alto que Pablo, pero más liviano. Se movía con una soltura que no era casual: era de alguien que había peleado mucho.
—*Que solo no se puede. El Montículo te agarra de frente, te fija con el peso, y te muele. Pero si viene de dos lados a la vez, no sabe a cuál prestarle atención.*
Pablo entendió.
—*Querés que peleemos juntos.*
—*No quiero nada. Te estoy dando la información.* —Renzo se encogió de hombros—. *Si querés pasar, vas a tener que pasar por esa sala. Y el Montículo está ahí. Podés intentar solo y morir, o podés intentar conmigo y capaz los dos salimos enteros.*
Pablo sopesó la propuesta. No conocía al tipo. No sabía si iba a cubrirlo o a usarlo de carnada. Pero llevaba casi dos días en El Hueco y ya había aprendido que el sistema no regalaba nada.
—*Está bien* —dijo—. *Peleamos juntos.*
Renzo asintió, sin sonreír.
—*Una cosa. Si me ves caer, no me ayudes. Seguí. Si caigo yo, que caigo solo. Pero si vos caés, no te espero.*
—*Justo* —dijo Pablo.
---
Renzo le explicó el terreno. La sala del Montículo era un rectángulo de cuarenta metros de largo por veinte de ancho, con columnas de hormigón separadas cada seis metros. El Montículo aparecía en el centro, pero se movía. No era rápido, pero cuando cargaba, cubría la distancia en segundos.
—*No le tires a la cabeza* —dijo Renzo—. *No tiene. Es todo cuerpo. Una masa de escombros y hormigón de unos tres metros de alto. Los brazos son como columnas. Te agarra, te aprieta, y no te suelta. La única forma de hacerle daño es encontrarle las fisuras. Yo no tengo ojo para eso, mi arma es la velocidad.*
—*Yo sí* —dijo Pablo—. *Puedo ver las juntas.*
Renzo lo miró, evaluándolo.
—*Bueno. Primera vez que escucho a alguien decir eso. Entonces vos marcás los puntos y yo golpeo ahí. ¿Te sirve?*
Pablo asintió.
Cargó la cuchara con escombro sólido hasta el tope, aplicando dos capas. La arcilla viva la reservó para el fletacho. Cuando terminó, la cuchara pesaba el doble que antes, el filo brillaba gris y el mango vibraba con el peso. El fletacho, cubierto de arcilla, estaba listo para absorber.
—*Vamos* —dijo.
---
Entraron a la sala.
El Montículo estaba en el centro. No se movía. Descansaba como una montaña de escombros apilados, sin forma definida, sin ojos, sin boca. Solo una mole de tres metros de alto que ocupaba el espacio como una pared viva.
Pero cuando sintió el movimiento, se desplegó.
Los escombros se reacomodaron en un cuerpo: un torso macizo, dos brazos terminados en puños del tamaño de cubos de hormigón, y una base ancha que se arrastraba por el piso. Del techo colgaban raíces de piedra que se movían al ritmo de la criatura, como tendones que la conectaban con la sala.
—*Ahora* —dijo Renzo, y salió disparado.
Pablo entendió por qué Renzo seguía vivo. Se movía como agua, los pasos rápidos y precisos, cambiando de dirección antes de que el Montículo pudiera reaccionar. Pasó por el costado izquierdo, la barra metálica levantada, y descargó un golpe en la base de la criatura. Saltaron fragmentos de escombro.
El Montículo giró hacia él, lento pero implacable. El brazo derecho barrió el espacio donde Renzo había estado. Pero Renzo ya no estaba ahí.
—*¡Tu turno, albañil!* —gritó desde el otro lado.
Pablo cargó. El Montículo estaba distraído, reorientándose. Pablo se metió por la derecha, cuchara en alto. Buscó las fisuras con la mirada, ese ojo del oficio que su viejo le había enseñado en las obras. Y las encontró: tres grietas finas en el costado del torso, donde los escombros no encajaban del todo.
Clavó la cuchara en la primera.
La capa de escombro entró como un punzón, abriendo la grieta un par de centímetros. El Montículo emitió un ruido hondo, como el crujido de un edificio cediendo, y giró hacia él. El brazo izquierdo vino en un arco. Pablo levantó el fletacho. El golpe lo mandó tres metros atrás, los pies arrastrándose contra el hormigón, pero la arcilla absorbió lo peor. Aguantó.
—*Duro el hijo de pu...* —dijo, reacomodándose.
Renzo ya estaba atacando de nuevo. Pasó como una sombra, descargó dos golpes rápidos en la misma zona que Pablo había marcado, y saltó atrás. La grieta se abrió más. Fragmentos de escombro caían al piso.
Pablo volvió a cargar. Esta vez, en lugar de la cuchara, usó el fletacho con todo el cuerpo, embistiendo contra la fisura abierta. La placa de metal cubierta de arcilla impactó contra los escombros sueltos y los desprendió. Un pedazo del tamaño de una cabeza rodó por el piso.
El Montículo rugió. Y cambió de estrategia.
Dejó de intentar agarrarlos. En lugar de eso, levantó ambos brazos y los clavó en el piso. Una onda expansiva de escombros y polvo barrió la sala. Pablo sintió el piso vibrar, perdió el equilibrio, cayó de rodillas. Renzo trastabilló contra una columna.
Y el Montículo cargó.
No hacia Renzo. Hacia Pablo.
—*¡Corré!* —gritó Renzo.
Pablo no corrió. Se quedó donde estaba, el fletacho al frente, las piernas afirmadas. Vio venir la mole, calculó el ángulo. Cuando el Montículo estuvo a dos metros, Pablo saltó a la izquierda y rodó. El Montículo pasó de largo, estrellándose contra la columna que Pablo tenía detrás. La columna se partió al medio.
—*¡Estás loco!* —gritó Renzo, pero se estaba riendo.
—*¡Marcá las fisuras y pega!* —respondió Pablo, señalando el costado derecho del Montículo, donde el impacto contra la columna había abierto una junta nueva, profunda, justo donde la criatura se sostenía.
Renzo no necesitó que se lo repitieran. Salió disparado, la barra metálica en alto, y descargó tres golpes consecutivos en la junta abierta. La barra entraba cada vez más hondo. Fragmentos de hormigón volaban. La criatura empezó a inclinarse, perdiendo estabilidad.
Pablo se incorporó, cargó la cuchara con lo último de escombro que le quedaba, y fue directo a la junta. No buscó un golpe de corte. Buscó perforar. Clavó la cuchara con todo el peso del cuerpo, giró la muñeca como si estuviera abriendo un agujero en una pared, y sintió la punta atravesar algo. El interior.
El Montículo se desmoronó.
No fue una explosión. Fue un colapso lento, como un edificio que cede de a partes. Los escombros se desprendieron, cayeron, rodaron. La masa perdió forma, se fue desarmando en un montón inerte de piedras y polvo.
**MONSTRUOS DERROTADOS: MONTAÑA DE ESCOMBROS (MINI-JEFE).**
**+250 ORTOS.**
**NÚCLEO DE ESCOMBRO (x1).**
**OBJETO: AMULETO DE JUNTA SECA.**
El sistema mostró un amuleto pequeño, de piedra gris, con una línea blanca al medio. Pablo lo agarró antes de que desapareciera.
**AMULETO DE JUNTA SECA: +5% DE RESISTENCIA A IMPACTOS CONTUNDENTES. PASA A TRAVÉS DE LAS MUERTES.**
—*Pasa a través de las muertes* —leyó Pablo—. *Esto es raro.*
Renzo se acercó, caminando entre los escombros, la barra metálica apoyada en el hombro.
—*¿Viste la recompensa?*
—*Un amuleto.*
—*Los jefes siempre sueltan algo. A veces objetos. A veces materiales. A veces cosas inutiles.* —Renzo escupió al costado—. *Tres meses acá. Nunca había visto caer un objeto de estos.*
Pablo se colgó el amuleto al cuello. Sintió un peso liviano, casi imperceptible, que se acomodaba contra el pecho.
—*¿Y ahora?* —preguntó.
—*Ahora descansamos.* —Renzo señaló el fondo de la sala, donde un círculo violeta brillaba en el piso—. *Después del Montículo viene la zona segura del piso 3. Podés quedarte ahí o bajar al 4. Yo bajo mañana.*
—*¿No bajamos juntos?*
Renzo lo miró. La cicatriz del pómulo se le arrugó con una sonrisa torcida.
—*Bajamos juntos. Pero necesito dormir. ¿Vos no?*
Pablo no contestó. Pero sintió el cansancio de golpe, como un peso que había estado contenido durante la pelea y ahora se liberaba.
Caminaron hasta el círculo. La luz los llevó a una zona segura más grande que las anteriores. Dos bancos, una repisa con comida abundante, agua, y un poste de entrenamiento.
Renzo se tiró en un banco sin decir nada, puso la barra metálica al lado, y cerró los ojos.
Pablo se sentó en el otro. Comió despacio, bebió agua, y se quedó mirando el amuleto que colgaba de su cuello.
—*Resistencia a impactos* —dijo—. *Linda es la que no se cae.*
Renzo, con los ojos cerrados, sonrió.
—*Linda.*
---
En la casa de Laura, la tarde se había ido.
Laura había llamado a todos los conocidos de Pablo. A Don Héctor, a los peones de la obra, a los vecinos de su monoambiente, al almacenero de la esquina. Nadie lo había visto desde la mañana.
A las ocho de la noche, se sentó en el living con el teléfono en la mano. Vale ya estaba en la cama. Diego se había ido dos horas antes a la casa de Mirta, a decirle que Pablo no aparecía.
Laura miró la hora.
—*Ocho horas* —dijo en voz baja—. *Ocho horas, Pablo. ¿Dónde rayos estás?*
---
**FIN DEL CAPÍTULO 4**



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Editado: 10.07.2026

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