El susurro

El susurro del koto

Había aprendido a no llorar con el cuerpo. Esa fue la primera lección en la okiya, antes incluso que los pasos del maiko odori o los acordes del shamisen. El llanto, le había dicho Okasan Miyako en aquella primera semana —cuando Yoritomo aún olía al campo de su provincia—, era un privilegio de la gente ordinaria. Las mujeres del arte no lloraban; sentían hacia dentro, como el agua que se filtra por la piedra.

Ocho años después, Yoritomo seguía sin saber si eso era sabiduría o una forma refinada de crueldad.

La brisa del final de la primavera rozaba los pétalos de los cerezos cuando salió descalza al patio. Era un secreto que solo se permitía por las noches: el contacto de la piedra fría del jardín contra sus pies, la única sensación que nadie había codificado ni convertido en arte. Todo lo demás —su postura, su voz, el ángulo de sus muñecas al sostener el abanico— pertenecía a la tradición. Pero este frío breve y honesto era suyo.

Se detuvo frente al estanque. En el agua oscura, la luna de Kioto se partía en fragmentos temblorosos. Observó su reflejo: un rostro delicado que aún no reconocía del todo, y esos ojos grandes y negros que su madre, en la única carta enviada en casi una década, describía como idénticos a los de su abuela. Una mujer que también, presumía, había aprendido a llorar hacia dentro.

Esta noche debutaría. Debería sentir gratitud hacia Miyako por haberla recogido, o hacia Takahime, su oneesan, que le había enseñado los cien protocolos que ahora regían su existencia. Pero en la quietud del jardín, solo sentía frío en los pies. Y debajo de ese frío, algo sin nombre que prefería no examinar.

—Yoritomo.

La voz de Okasan Miyako ocupaba las habitaciones antes de que ella misma entrara. Serena y distante, sostenía una caja de laca negra con incrustaciones de nácar. Yoritomo la había visto mil veces en el fondo del armario principal, sin saber jamás qué contenía.

—Es hora. Ven.

La siguió por los corredores de madera pulida. En pleno período Edo, la okiya funcionaba también como una casa de contabilidad, de reputaciones y deudas cuidadosamente administradas. Cada kimono que vestiría, cada pasador en su cabello y cada lección recibida estaban anotados en un libro de cuentas que algún día tendría que saldar. No era esclavitud, pero tampoco libertad. Era un contrato con el arte, y en Gion el arte no perdonaba deudas por sentimentalismos.

La sala principal olía a polvo de arroz y a la resina de pino que ardía en el brasero. Takahime ya la esperaba, sentada con esa inmovilidad de geisha consagrada que Yoritomo llevaba años intentando imitar. Su oneesan le dedicó una sonrisa leve y comenzó el proceso.

El maquillaje empezó con el bintsuke-abura, extendiendo el aceite base sobre el rostro, el cuello y la nuca, dejando expuesta solo una pequeña V de piel. La tradición dictaba que esa muestra de desnudez era el punto más erótico del cuerpo femenino; Yoritomo lo sabía por los libros, pero cuando sintió el pincel frío cargado de oshiroi blanco cubriendo su piel, el pecho se le contrajo de una manera nueva.

Luego vino el rojo y el negro alrededor de los ojos. Finalmente, los labios pintados solo en la mitad inferior, como una frase que no ha terminado de pronunciarse.

Al mirarse al espejo, la mujer que le devolvió la mirada le resultó ajena. Era una versión de sí misma hecha para ser vista, no para ver. Pensó en la caligrafía torpe de su madre y en la niña que lloraba con la cabeza metida bajo la almohada de algodón basto. ¿La habría reconocido? Al dudar, levantó la barbilla. Eso también lo había aprendido: cuando no sepas qué sentir, levanta la barbilla.

La celebración fue pequeña y precisa. Las cuerdas del koto llenaron la sala con una vibración que Yoritomo sintió directamente en el esternón, como si ella misma estuviera templada con la misma tensión que el instrumento. Su papel consistía en existir: irradiar juventud y silenciosa promesa. No hablar, no opinar, no reír fuerte. Ser la imagen perfecta de lo que el rigor puede moldear en una niña de provincia.

Lo hizo bien. Lo supo porque Miyako, al final de la velada, le puso una mano en el hombro por un instante. Fue el gesto más cercano a la ternura que jamás le había visto.

Cerca de la medianoche, Takahime la sacó a caminar por las calles de Gion, donde los faroles de papel convertían la oscuridad en algo habitable. Los altos zuecos de madera de Yoritomo repicaban sobre la piedra con un sonido rotundo. Como si cada paso gritara su presencia cuando ella solo deseaba ser invisible.

—Nunca camines sola —advirtió Takahime sin girarse—. Menos ahora. —¿Por qué? —Porque hay hombres que no distinguen entre una mujer consagrada al arte y una mujer disponible. Y algunos tienen suficiente poder en Kioto como para que nadie los corrija.

Yoritomo procesó las palabras en silencio. El dato, que en los manuales parecía abstracto, adquiría una textura pesada bajo la brisa nocturna y envuelta en seda carmesí.

—Entiendo —respondió, porque "entiendo" era siempre la respuesta correcta.

Un golpe sordo, carne contra carne, interrumpió el silencio del barrio. Al fondo de una callejuela, bajo un techo ceremonial provisional, dos hombres de dimensiones extraordinarias se enfrentaban sobre un círculo de tierra apisonada. Era una demostración privada, organizada por algún comerciante rico para sus invitados.

Uno de los rikishi, el más joven, tendría apenas veintidós años. El cabello recogido en el chonmage enfatizaba la simetría brutal de su rostro, y su piel brillaba de sudor bajo las antorchas.

Yoritomo observó el ritual: el pisoteo del suelo para expulsar a los demonios, las palmas abiertas al cielo y el lanzamiento de sal que se dispersó en el aire como nieve al revés. Había algo ahí que resonaba con su propia noche; ambos habían sido preparados, ambos ejecutaban gestos milenarios y ambos existían en la frontera entre lo sagrado y el espectáculo.




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