El susurro

El susurro antes del silencio

El otoño llegó a Kioto con la puntualidad de las cosas que no piden permiso. Las hojas de los arces del jardín interior de la okiya viraron al naranja y al carmesí en el transcurso de una semana, y el aire adquirió esa temperatura específica del final de octubre en la cuenca del Kamo: frío por las mañanas, casi dulce al mediodía, de nuevo frío al anochecer, como si el día entero fuera un argumento que no llega a ninguna conclusión.

Yoritomo lo notaba todo con una precisión que la inquietaba. Había comenzado a percibir los detalles del mundo con esa intensidad que tienen las cosas cuando uno sabe, sin habérselo dicho todavía, que está a punto de tomar una decisión que lo cambiará todo. La forma en que la luz de la tarde entraba oblicua por las pantallas de papel de su habitación. El peso exacto del koto bajo sus dedos durante los ensayos. El sonido que hacían sus okobo sobre la piedra del patio, ese repique que durante meses había sentido como un anuncio y que ahora sentía de manera diferente, más parecido a un reloj.

El erikae estaba fijado para la primera semana de noviembre.

Takeda había enviado su confirmación a través de Miyako: el patrocinio estaría en vigor desde el día del rito de paso. Era un arreglo limpio, bien administrado, del tipo que en el universo de la okiya se consideraba una solución afortunada. Yoritomo lo sabía. Miyako se lo había dicho sin adornos y sin crueldad, y Yoritomo lo había recibido igual: como información, como el mapa de un territorio que tendría que habitar quisiera o no.

Lo que no le había dicho a Miyako era que todavía seguía viendo a Daichi.

Ya no eran encuentros. Eran despedidas que ninguno de los dos nombraba como tales.

Se veían en el tramo del Kamo, siempre en el umbral del atardecer, cuando la luz hacía que el río pareciera otra cosa: más oscuro, más ancho, con esa cualidad de los ríos al caer la tarde de parecer que llevan algo más que agua. Hablaban poco. O hablaban de cosas que no eran las cosas: él le contaba del entrenamiento, del honbasho que se aproximaba en Edo, de un compañero más joven al que estaba enseñando el shikiri. Ella le hablaba del ensayo de danza, de un poema de Matsuo Basho que Takahime le había pedido que memorizara, de la primera vez que había servido sake sin que le temblara la muñeca.

Era conversación de personas que saben que el tiempo se acaba y eligen, de mutuo acuerdo sin haberlo acordado, no nombrarlo.

Pero una tarde de finales de octubre, Daichi llegó con algo diferente en el cuerpo. Yoritomo lo notó antes de que él hablara: esa tensión específica en los hombros que había aprendido a distinguir de su quietud habitual, como si alguien hubiera añadido peso al espacio entre sus omóplatos.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

Daichi miró el río durante un momento.

—Alguien habló con mi oyakata —dijo al fin.

El oyakata era el maestro y dueño del heya, el establo de sumo donde Daichi entrenaba: la figura de autoridad máxima en la vida de un rikishi, con poder no solo sobre su carrera sino sobre su sustento, su alojamiento, su nombre en el gremio. Un rikishi que perdía la confianza de su oyakata no perdía solo un trabajo. Perdía el único sistema de pertenencia que tenía.

—¿Qué le dijeron? —preguntó Yoritomo. Aunque ya sabía la respuesta. Ya sabía exactamente qué le habían dicho, y quién, y con qué propósito.

—Que me habían visto con una maiko de la okiya de Miyako. Que la frecuencia era inapropiada. Que había razones para pensar que podría representar una distracción para el honbasho.

Distracción. La palabra más peligrosa en el vocabulario de un rikishi a tres semanas de un torneo oficial.

—¿Qué dijo tu oyakata?

—Que no quería problemas con ninguna okiya de Gion. Que el sumo necesitaba gente que pusiera el sumo primero. —Una pausa breve.— Me lo dijo con educación. Eso fue lo peor.

Yoritomo procesó esto con aquella parte separada de sí misma que funcionaba con independencia de lo que sentía. Alguien de la okiya — no Miyako directamente, eso habría sido demasiado explícito, pero alguien en su red — había tirado ese hilo. No como amenaza. Como advertencia. Como el movimiento preciso de quien conoce el tablero y sabe que no necesita usar la fuerza cuando tiene la estructura de su lado.

—Esto seguirá —dijo, y no era una pregunta.

—Sí —confirmó Daichi. Y en ese monosílabo estaba contenida la misma honestidad que en el río, semanas atrás, cuando le había dicho que el mundo no abría puertas solo porque dos personas se quisieran.

Se quedaron en silencio. El Kamo seguía pasando. En la orilla opuesta, un grupo de niños lanzaba piedras al agua y reía de una manera que desde donde estaban ellos sonaba lejana, como algo que ocurría en otro tiempo o en otra vida.

—Daichi —dijo ella.

—No —dijo él. Y no había dureza en esa palabra. Solo la resignación de alguien que ha pensado mucho antes de llegar a una conclusión y no quiere que la conclusión se deshaga por el peso de un nombre pronunciado con esa voz.

—Escúchame —insistió ella.

Él la miró. Ella sostuvo esa mirada.

—Si siguen tirando de ese hilo —dijo Yoritomo—, no te van a expulsar del sumo. No son tan torpes. Solo harán que tu oyakata te vea diferente. Que los demás rikishi del heya te vean diferente. Que cuando llegue el honbasho ya no entres al dohyo siendo el mismo. Y tú lo sabes.




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