El susurro

La flor que permanece

El día del erikae amaneció con niebla.

No era el tipo de niebla que se disipa con el sol de la mañana sino la niebla densa de noviembre en la cuenca del Kamo, la que se instala en los callejones de Gion como si tuviera derecho propio a estar allí y no tuviera prisa por marcharse. Yoritomo la vio desde su ventana antes de levantarse, y pensó que era el paisaje correcto para este día: un mundo sin bordes definidos, donde todo tenía la cualidad de lo que está a punto de convertirse en otra cosa.

Se levantó. Comenzó los preparativos.

El proceso de vestirse para el erikae era en sí mismo un ritual de horas, asistido por Takahime con esa precisión silenciosa que caracterizaba todo lo que hacía su oneesan. Primero el nagajuban de seda blanca, con el cuello asomando diferente al de todos los días anteriores: blanco puro, sin el rojo de la maiko. Yoritomo observó ese detalle en el espejo y sintió algo que no supo nombrar con exactitud. No era tristeza. No era alivio. Era la sensación específica de cruzar un umbral sabiendo que no tiene vuelta.

Luego el kimono. Sin los largos brazos del furisode de su debut, con el obi más sobrio, con los motivos bordados más contenidos. Era un kimono de mujer que ha dejado de ser aprendiz. Que ya no promete — cumple.

Takahime trabajaba en silencio. Yoritomo la dejó trabajar.

En algún momento, cuando el obi ya estaba atado y solo faltaban los últimos pasadores en el cabello, Takahime dijo sin dejar de trabajar:

—Lo hiciste bien.

Yoritomo no preguntó a qué se refería. Sabía a qué se refería. Y también sabía que ese era el único reconocimiento que recibiría de alguien que lo entendiera de verdad, y que era suficiente.

El rito del erikae fue exactamente lo que debía ser: preciso, hermoso, cargado del peso específico de las ceremonias que han ocurrido cientos de veces antes y ocurrirán cientos de veces después. Miyako presidió con la postura de siempre. Las geishas mayores de la okiya asistieron en sus mejores kimonos. Hubo música de koto — ese instrumento que Yoritomo había escuchado la primera noche de su debut como un susurro desde alguna ventana lejana, y que ahora reconocía como la voz de fondo constante de su vida entera.

Cuando el rito terminó, Yoritomo era geisha plena.

No sintió la transformación como algo súbito. La sintió como el reconocimiento de algo que ya había ocurrido antes, en algún momento entre la primera lección de enka en el teatro vacío y la noche en que dobló el pañuelo manchado sobre el tocador. El título era solo el nombre que el mundo le daba a lo que ella ya era.

Takeda asistió al ozashiki de presentación esa misma noche.

Era exactamente como Miyako lo había descrito: un hombre de cincuenta y tres años con la postura de quien lleva décadas acostumbrado a que las habitaciones se organicen en torno a su presencia. No era cruel. No era torpe. Era, en todos los sentidos relevantes, exactamente el tipo de hombre que el sistema había diseñado para ocupar ese lugar en la vida de una geisha: con suficiente poder para proteger y suficiente inteligencia para no confundir protección con posesión.

Yoritomo lo atendió con la precisión de diez años de entrenamiento. Sirvió el sake con la muñeca exacta. Respondió sus preguntas con el tono correcto. Lo hizo reír en el momento apropiado y guardó silencio en los momentos en que el silencio era el mejor servicio. Era buena en esto. Lo había sido desde antes de que lo supiera.

Cuando Takeda se marchó, Miyako se acercó y dijo simplemente:

—Bien.

Yoritomo recogió las tazas de sake con los movimientos aprendidos. No pensó en Daichi. O sí lo pensó, pero de la manera en que se piensan las cosas que se han colocado en el lugar correcto del cuerpo: sin que duelan menos, pero sin que tampoco impidan moverse.

Lo supo tres semanas después, por el anciano que vendía tofú en el mercado de Nishiki y que conocía a medio Kioto.

Daichi había salido del heya. No expulsado con deshonra — eso habría requerido un proceso formal, ruido, consecuencias visibles. Simplemente había comunicado a su oyakata que se retiraba. Que ya no competiría. Que regresaba al norte.

—¿A Hokkaido? —preguntó Yoritomo. Oyó su propia voz: tranquila, informativa, la voz que usaba cuando necesitaba no sentir mientras procesaba algo.

—Eso dijeron los del heya. A la aldea de su familia, creo.

Yoritomo compró el tofu. Continuó con sus recados. El cielo sobre Kioto era ese azul frío y limpio que tenían los días de noviembre cuando la niebla de la mañana se había disipado del todo, y la ciudad aparecía con esa claridad que hace que todo parezca más definido de lo habitual, con bordes más precisos, como una pintura a la que alguien ha añadido un contorno fino.

Pensó en Hokkaido. En el frío del norte que él había descrito con esa neutralidad de quien lo lleva en el cuerpo desde la infancia. En los hermanos que no nombraba con frecuencia pero que existían en sus historias como fondo constante. En la aldea de pescadores donde el mar debía tener un color diferente al mar de Kioto, que no tenía mar, solo el río.

Pensó que quizás el norte era el lugar correcto para él. Que quizás había cosas que se curan mejor en el frío conocido de la infancia que en el calor denso de una ciudad que te usa como espectáculo.




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