Alessandro
Había planeado proyectos de millones, aperturas de hoteles en tres países y recepciones para diplomáticos.
Pero nunca, jamás, algo me había hecho temblar tanto como planear pedirle matrimonio a Samara.
Todo empezó una tarde en Roma, sentado frente al mar. Tenía el anillo en el bolsillo desde hacía tres meses.
Tres meses en los que no encontraba el momento perfecto.
Hasta que entendí que no debía buscar perfección, sino honestidad.
La nuestra.
—¿Estás seguro de hacerlo en el restaurante? —preguntó Mikael, recostado en el sofá mientras afinaba su guitarra.
—Sí. Fue donde la llevé la primera vez que vino a Italia y pintó nuestra primera cita.
—Romántico —dijo, sonriendo—. ¿Y la parte de la sorpresa?
—Ceyla me ayudará con las pinturas. Quiero que cada cuadro cuente lo que ella ha vivido.
—Hermano, eso no es una sorpresa… es una exposición completa.
—Exactamente —respondí—. Quiero que sea su noche. No solo una propuesta, sino el inicio de su regreso al arte.
Mikael rió.
—Estás perdido, Moretti. Completamente perdido.
—Desde el día que chocó conmigo en esa fiesta.
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Los días siguientes fueron un torbellino de llamadas, correos y nervios.
Hablé con el dueño del restaurante, le expliqué que necesitaba el lugar solo para nosotros.
Convencerlo no fue fácil… hasta que mencioné que cubriría toda la decoración.
Ceyla y Eliana me ayudaron con los cuadros.
Pasamos horas seleccionando sus obras, restaurando marcos, limpiando pinceladas.
Había lienzos que aún olían a melancolía.
—Cada trazo de Samara tiene historia —dijo Ceyla, pasando los dedos por una pintura—. Esto no es solo arte… es memoria.
—Lo sé —respondí—. Y quiero que lo vea así también.
Mientras tanto, Damián se ofreció a encargarse de las luces.
—Tengo experiencia iluminando escenarios —dijo con una sonrisa—. Además, Vittoria y yo debemos devolverles al menos una parte de todo lo que ustedes hicieron por nosotros.
—¿Y Mikael?
—Ensaya una versión acústica de So Easy. Dice que no habrá versión mejor para su hermana del alma.
Y yo… yo solo intentaba no perder la calma.
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Una tarde, fui a visitar a Lilian.
Ella sabía que algo tramaba.
—Tienes esa mirada de hombre que planea una locura hermosa —dijo mientras me servía té.
—Voy a pedirle matrimonio —confesé.
Sus ojos se iluminaron.
—Sabía que lo harías. La forma en que la miras, Alessandro… es la misma con la que Sebastián me miró la primera vez que se atrevió a decir que me amaba.
Guardé silencio. Lilian sonrió.
—¿Tienes miedo?
—Mucho.
—Eso es bueno. Significa que te importa más de lo que puedes controlar.
Luego, tomó mi mano con ternura.
—Hazlo a tu manera. Pero prométeme algo: cuando la mires esa noche, no veas el pasado que la rompió. Mírala como la mujer que eliges cada día.
—Lo prometo —dije, con la voz baja.
Esa noche, mientras los demás dormían, entré al restaurante para revisar los últimos detalles.
Las luces estaban bajas, las velas aún sin encender, y las pinturas ya colgaban en las paredes.
Caminé despacio, observando los cuadros:
uno de lluvia cayendo sobre un cristal;
otro de dos manos que se buscaban entre sombras;
y uno más, mi favorito, donde un hombre bajo un paraguas miraba hacia un horizonte lleno de color.
Toqué el marco con los dedos.
—Volviste, Samara —susurré.
Saqué el pequeño estuche del bolsillo.
Era un anillo sencillo, elegante, con una piedra azul tan profunda como sus ojos cuando llora y sonríe a la vez.
No era ostentoso, era significativo.
Dejé una carta en la mesa, una que leería antes de que yo me arrodillara.
“Te amé desde la primera vez que la lluvia nos hizo cruzar miradas.
Te amaré incluso cuando el sol no se atreva a salir.
Gracias por devolverme el color.”
Me quedé allí, solo, con las luces apagadas y el eco de mi propio corazón.
Afuera, Roma empezaba a oler a lluvia.
Pensé en todo lo que habíamos superado:
sus miedos, los míos, las pérdidas, la culpa, las noches en silencio.
Y entendí algo que me desarmó completamente:
no planeaba pedirle matrimonio solo porque la amaba,
sino porque mi vida no tenía sentido sin su presencia en ella.
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Cuando salí del restaurante, vi las primeras gotas caer sobre el pavimento.
Levanté la vista al cielo y sonreí.
—Está bien, vieja amiga —le dije a la lluvia—. Mañana puedes acompañarnos.
Esa noche, no dormí.
Ensayé las palabras una y otra vez, imaginé su rostro, su voz, su risa.
Y supe, con absoluta certeza,
que en unas horas, al verla entrar por esa puerta,
mi mundo volvería a empezar.