El susurro de la Lluvia

EXTRA III

FIN DE SEMANA

Samara:

Cuando Alessandro dijo que quería una cita diferente, debí sospecharlo.
—Empaca ropa cómoda, botas, y trae tu cámara —me advirtió, sonriendo de ese modo que ya conozco: travieso y encantador.
—¿Vamos a escalar una montaña o a sobrevivir una semana en la selva?
—Tal vez ambas —respondió, riéndose.

Al amanecer, salimos con un jeep lleno de mochilas, fruta y a un invitado especial: Baloo, el eterno compañero de aventuras.
—No puedo creer que Alessia te lo haya prestado —dije acariciando al perro, que babeaba de emoción.
—Tuve que prometerle enviarle fotos cada hora. —Alessandro suspiró—. Y jurarle que no lo dejaría conducir el bote.
—Bueno, esa parte no la puedo prometer.

El trayecto nos llevó a un parque natural rodeado de montañas y lagos.
El aire olía a pino, a tierra mojada, a libertad.
—¿Listos? —preguntó Alessandro, ajustándose la mochila.
Baloo ladró dos veces.
—Tomaré eso como un sí —reí, mientras comenzábamos a subir el sendero.

Las primeras horas fueron fáciles. Caminábamos entre árboles, hablando de todo y de nada: de lo mucho que había crecido el viñedo de los Moretti, de la nueva exposición que planeaba y de cómo Baloo había aprendido a abrir puertas (literalmente).
—Siento que cada vez que salgo contigo, el mundo se hace más grande —le dije.
—No, piccola mia, el mundo siempre fue grande. Solo que antes no te animabas a mirarlo de frente.

A media caminata, tropecé con una raíz y casi ruedo colina abajo.
—¡Santo cielo! —grité, mientras Alessandro me atrapaba por la cintura.
—Siempre tan dramática —bromeó, pero no me soltó enseguida.
—Podría haber muerto.
—O podrías admitir que querías que te salvara como en una película.
—Tal vez —respondí con una sonrisa—. Pero si lo haces, que sea con estilo.

Llegamos al mirador poco antes del mediodía.
El paisaje era tan vasto que el silencio parecía otro personaje.
Alessandro me abrazó desde atrás y susurró:
—Si pudiera pintar esto, no usaría colores. Solo el aire que estás respirando.

Después bajamos hacia el lago.
Ahí, un pequeño bote de madera nos esperaba, amarrado al muelle.
—¿De verdad sabes remar? —pregunté, arqueando una ceja.
—Por supuesto… en teoría —respondió con total seguridad.
Cinco minutos después, Baloo ladraba, el bote giraba en círculos y yo no podía parar de reír.
—¡Alessandro! ¡Nos estás devolviendo al muelle!
—No es fácil remar con alguien riéndose tanto.
—¿Y si dejo de reírme?
—Imposible. Eres mi caos favorito.

Finalmente, logramos avanzar mar adentro.
El sol se reflejaba en el agua como una pintura viva.
Baloo metía la pata y salpicaba todo.
Yo me recosté en el bote, dejando que el movimiento suave me arrullara.
—¿Sabes qué pienso? —dijo Alessandro, mirando al horizonte.
—¿Qué?
—Que la vida debería sentirse siempre así: cansada, pero feliz. Sin nada que demostrar. Solo... compartir el silencio.

Nos quedamos ahí un buen rato, flotando, sin hablar.
El viento jugaba con mi cabello y el sonido del agua parecía marcar el ritmo de nuestros latidos.
Cuando el sol empezó a bajar, Baloo se acurrucó entre nosotros, y Alessandro me tomó de la mano.
—Nunca pensé que amar fuera esto —confesó—. Caminar, remar, reír, cuidarte de tropezar...
—Ni yo —respondí—. Pero ahora entiendo que el amor también es sudar juntos bajo el sol y seguir riéndose aunque el bote gire en círculos.

En el regreso, el cielo se tiñó de naranja y dorado.
Yo iba dormida en su hombro, mientras Baloo roncaba en el asiento trasero del jeep.
Antes de cerrar los ojos escuché que Alessandro murmuraba:
—Prometo seguir llevándote a donde el mundo sea más grande.

Y pensé que sí, que no necesitábamos más que eso:
una montaña, un lago, Baloo y la certeza de que el amor también puede ser una aventura con los pies sucios y el corazón limpio




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.