El susurro de la Lluvia

EXTRA IV

Samara

El aire olía a pintura fresca y flores.
El salón estaba lleno de murmullos, de pasos suaves sobre el piso de madera, de luces reflejándose en las telas colgadas.
No podía creer que aquel momento estuviera ocurriendo realmente: mi primera exposición, mi nombre en la entrada, mis colores llenando un espacio propio.

—“Ecos del alma”, suena tan tuyo —susurró Ceyla a mi lado, sonriendo con ese toque de orgullo que solo una amiga de verdad puede tener.
—¿De verdad crees que gustará? —pregunté, sintiendo el estómago lleno de mariposas.
—Samara, mira alrededor —dijo ella, señalando la sala llena de gente—. Ya gustó.

A lo lejos, vi a mis padres.
Papá, con su porte serio y su mirada atenta, llevaba un traje gris oscuro. Supe que había cerrado la farmacia más temprano solo para estar ahí.
Mamá, llevaba un vestido azul y sostenía un ramo de lirios blancos. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero de las buenas.
—Mi niña… —dijo al verme acercarme—. Estoy tan orgullosa de ti.
—Gracias, mamá. Por no dejar que dejara de soñar.
—Yo solo te recordé que el arte también sana —respondió ella, acariciando mi mejilla—. Igual que el amor.

Papá sonrió, aunque intentaba mantener la compostura.
—Nunca imaginé que los pinceles que usabas de niña para pintar las paredes del consultorio terminarían aquí —bromeó, y todos reímos.
—¿Eso sigue siendo tema? —pregunté entre risas.
—Siempre lo será —dijo, con ese tono que usaba cuando se le escapaba el orgullo.

De pronto, un pequeño torbellino se aferró a mi pierna.
—¡Tía Sam! —gritó Nikolas, con su vocecita llena de emoción—. ¡Ese cuadro tiene tus colores favoritos!
—¿Cómo lo sabes? —le sonreí.
—Porque se parece a cuando estás feliz.
Detrás de él, venía Sebastián Jr., arrastrando su peluche.
—Yo quiero pintar contigo también —dijo con su media lengua.
—Cuando quieras, amor —le respondí, agachándome a su altura.

Saray, mi hermana, se acercó con una sonrisa enorme.
—Estás increíble, Sam.
—Gracias. No habría podido sin tu apoyo… ni tus babysitting eternos.
—De nada —rió—. Aunque Alessandro es mejor con los niños que tú.
—¡No puede ser! —exclamé fingiendo indignación.
—Créeme —dijo, mirando hacia él—, los tiene en el bolsillo.

Y ahí estaba Alessandro, de traje negro y mirada tranquila, conversando con mi padre y con Alexander Moretti, su padre.
Ambos hombres hablaban como si se conocieran de toda la vida, con copas de vino en la mano y gestos de aprobación.
A su lado, Alessia, la hermana de Alessandro, lucía un vestido color borgoña y observaba cada pintura con atención.
—Son tan expresivas —me dijo cuando se acercó—. Se nota cuánto amor hay en cada trazo.
—Gracias —respondí con timidez.
—Sabes —añadió con una sonrisa cómplice—, siempre supe que mi hermano necesitaba una mujer que viera el mundo como tú. No solo en colores, sino en matices.
—Y yo necesitaba a alguien que creyera en mi arte como él —contesté.
—Entonces están hechos el uno para el otro. Perfetto.

Del otro lado de la sala, Vittoria y Damián reían con Carlos, Eliana, y Luka, mientras brindaban con champaña.
—¡A la artista del año! —gritó Carlos levantando la copa.
—¡Y a su paciencia por aguantarte cuando posabas! —añadió Eliana, provocando carcajadas.
—No exageren —replicó —. Fui su mejor modelo.
—Sí, si “mejor modelo” significa “el que más se movía y arruinaba las poses” —dijo Vittoria riendo.
Damián le pasó un brazo por los hombros y comentó en voz baja:
—Este grupo nunca cambiará.
—Y qué bueno que no lo haga —le respondió ella, mirándolo con ternura.

La velada siguió entre luces, risas y música suave de fondo.
En una esquina, Mikael, mi hermano, estaba tocando la guitarra con un par de canciones suyas.
Su voz llenaba el espacio con una mezcla de nostalgia y alegría.
—Esto es por mi hermana —dijo al micrófono—, que aprendió que el arte no solo se pinta, también se vive.

Me quedé inmóvil un segundo, sintiendo cómo se me llenaban los ojos de lágrimas.
Alessandro se acercó y me tomó de la mano.
—Mírate —susurró en mi oído—. Todo esto lo hiciste tú.
—No sola —le respondí, apretando su mano—. Lo hicimos juntos.

—Mi esposa estaría muy orgullosa de ti —dijo Alexander Moretti, acercándose con elegancia—. Leonor siempre creyó que el arte es la forma más pura del amor.
—Gracias —le sonreí—. Me gustaría pensar que, de algún modo, está aquí también.
Él asintió, con una mirada cargada de significado.
—En cada trazo, sin duda lo está.

Una de las últimas piezas era un cuadro especial: una lluvia cayendo sobre dos siluetas que se unían entre los reflejos del agua.
Alessandro se detuvo frente a él, en silencio.
—Este… —susurró—. Este es nuestro principio, ¿verdad?
—Sí —le respondí—. La primera vez que la lluvia nos unió.
Él me miró con ternura, inclinándose para besarme la frente.
—Y ahora también será nuestro siempre.

Aplausos llenaron el lugar cuando se anunció el cierre.
Mis padres, mis amigos, su familia, todos aplaudían con emoción.
Yo solo podía sonreír, abrumada por tanto amor.

—Lo lograste —susurró Ceyla, abrazándome.
—Sí —dije, mirando a Alessandro—. Pero esto… esto apenas empieza.

Esa noche, mientras salíamos del salón, vi cómo la lluvia comenzaba a caer suavemente sobre las calles empedradas.
Pequeñas gotas que parecían brillar bajo las luces.
Alessandro me tendió su abrigo, pero no lo tomé.
En su lugar, extendí mi mano para atrapar la lluvia.
—¿Recuerdas? —le dije.
—Siempre —respondió él, besando mis dedos mojados—. La lluvia nos encontró una vez, y nunca dejó de hacerlo.

Y mientras todos reían detrás, mientras el cielo se abría sobre nosotros, sentí que por fin estaba completa.
No solo como artista, sino como persona.
Porque esa noche entendí que cada trazo, cada lágrima y cada color, me habían llevado justo allí:
a mi propio cielo de lluvia y luz.




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