El susurro de la Lluvia

EXTRA VI

DOS AÑOS DESPUES

Narrado por Samara

El sol de la Toscana entraba por los ventanales del estudio, bañando los lienzos a medio pintar.
El olor a pintura y café recién hecho se mezclaba con el sonido de pasos pequeños sobre la madera.

—Bambú, ¡no toques eso! —reí, viendo al pequeño maltipoo trotar feliz con un pincel en el hocico.

Alessandro apareció desde la cocina con una bandeja en las manos y una sonrisa que, incluso después de dos años de casados, seguía haciéndome temblar el corazón.

—Nuestro asistente artístico otra vez en acción —bromeó, dejando dos tazas de cappuccino en la mesa—. Si sigue así, tendremos que poner su firma en los cuadros.

—“Bambú Art Edition” —respondí riendo—. Se vendería en minutos.

Él se acercó, me abrazó por la espalda y apoyó el mentón en mi hombro.

—Hoy vienen todos, ¿verdad?
—Sí. Damián y Vittoria llegan desde Roma con la bebé; Eliana y Mikael desde Londres, habían estado visitando a mis padres. Ceyla y Luka… bueno, los que viven más cerca, pero ya sabes cómo son, siempre tarde.
—Una casa llena de risas y caos. Me gusta. —Besó mi mejilla—. Como tú.

El jardín estaba preparado para el almuerzo.
Bajo los olivos, una mesa larga con flores silvestres y platos de cerámica pintados a mano.
Bambú corría entre las sillas, feliz, ladrando cada vez que un coche se acercaba por el camino de piedra.

El primero en llegar fue Mikael, con Eliana del brazo.

—¡Hermana! —dijo él, abrazándome fuerte—. Tienes que decirle a Alessandro que deje de hacer café tan bueno; me arruina el negocio en Londres.
—No es culpa mía si tu talento no alcanza el espresso italiano —respondió Alessandro con una sonrisa, dándole un abrazo a su cuñado.

Eliana me mostró su anillo.
—Nos comprometimos en París hace tres semanas —dijo con una sonrisa brillante.
—¡No puede ser! —grité, abrazándola—. ¡Por fin!
—Bueno —intervino Mikael—, tuve que competir con la Torre Eiffel para que dijera que sí, así que no fue fácil.

Rieron todos.

Minutos después llegaron Ceyla y Luka. Ella, como siempre, con una energía imposible de ignorar.

—¡Sorpresa! —gritó—. ¡Nos casamos el próximo verano!
—¡Nooo! —grité emocionada—. ¡Eso hay que celebrarlo!
—Con vino, por supuesto —añadió Alessandro sirviendo las copas.
—O dos —corrigió Luka, con su calma habitual.

Cuando creímos que ya nadie más faltaba, un llanto suave rompió el murmullo.
Vittoria apareció con una bebé rubia en brazos y Damián detrás, cargando pañales, mochilas y un cochecito que parecía una nave espacial.

—Ya llegó la bebé más bella de todas: Amelia —dijo Vittoria, con los ojos llenos de orgullo—. Cuatro meses y ya domina el arte de robarnos el sueño.
—Y el corazón —añadió Damián, mirándola como si fuera el universo entero.

Todos se acercaron a verla. Mikael tarareó una melodía, Eliana lloró, Ceyla tomó fotos y Alessandro acarició la cabeza de la bebé con ternura.

—Tiene tus ojos, Vittoria —dijo él—. Y la paciencia de Damián… espero.
—Oh, no —rió ella—. Si sale tan testaruda como yo, estamos perdidos.
—Nunca pensé que alguien pudiera llorar y ser tan adorable al mismo tiempo —añadió Damián, balanceándola en sus brazos.
—Típico de ti —le respondió Vittoria, riendo—, te quejas, pero no puedes dejar de mirarla.

Acaricié la manita de la bebé.
—Se parece a ti, Vitt.
—Lo sé —respondió con orgullo—, pero tiene su sonrisa.

Damián la miró con esa mezcla de amor y devoción que siempre le tuvo.

El almuerzo transcurrió entre risas, anécdotas y vino.
Hablamos de la galería, de los nuevos proyectos, de cómo la vida, pese a todo, había terminado por florecer.

Yo miraba a todos y sentía el corazón lleno.
Mi familia, mis amigos… mi mundo.
Bambú dormía a mis pies, ajeno al bullicio, con la cabeza sobre mi zapato.

Por la tarde, cuando todos se fueron, el silencio de la casa volvió a llenarse de calma.
Alessandro lavaba las copas mientras yo ordenaba la mesa.

Y entonces, algo cambió.
Una ligera punzada, un mareo, un presentimiento.

Me detuve frente al espejo del pasillo, con la mano sobre el abdomen.
Recordé los últimos días: el cansancio, el antojo constante de pan dulce, la sensibilidad al perfume de Alessandro.
El corazón me latía rápido.

Tomé las llaves y salí sin decir nada.

Esa tarde, cuando volví del pueblo, Alessandro estaba en el jardín regando las plantas, con Bambú siguiendo la manguera como si fuera un juego.

—¿Todo bien, amore mio? —preguntó, secándose las manos.
—Sí… solo necesitaba aire —respondí con una sonrisa nerviosa.

Entré al baño con la pequeña caja en las manos.
Tres minutos.
Tres minutos que se sintieron eternos.

Hasta que, finalmente, apareció el resultado.
Positivo.

Me cubrí la boca con las manos, las lágrimas corriendo sin aviso.
Bambú ladró del otro lado de la puerta, impaciente.

—Shhh —le susurré—. Es nuestro secreto… por ahora.

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Esa noche, Alessandro preparó una cena ligera.
Estábamos cansados, pero felices.

—Hoy fue un buen día —dijo, sirviendo vino.
—Sí, uno perfecto —respondí, conteniendo la sonrisa.

Él notó mi tono.
—¿Pasa algo?
—Solo… que tengo un regalo para ti.
—¿Ahora? Pensé que los regalos eran en nuestro aniversario.
—Este es diferente.

Fui hasta el sofá, donde había escondido una pequeña caja envuelta en papel crema.
Él la tomó con curiosidad, la abrió… y dentro encontró una figura de cerámica: un par de zapatos diminutos, pintados a mano.

Su mirada se detuvo en ellos.
Tardó solo un segundo en entenderlo.

Sus ojos se llenaron de emoción.
—¿Samara…?
Asentí, sin poder hablar.




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