# El Susurro de las Montañas
## Una historia de Lust Goddess
---
El viento arrastraba arena y ceniza sobre lo que una vez fue la autopista costera. Ahora solo era una cicatriz gris que serpenteaba entre ruinas olvidadas.
Cassandra ajustó su arnés de cuero, el metal frío contra su cadera, y observó el horizonte desde el borde del campamento. Las montañas se alzaban al este, picos dentados que arañaban un cielo eternamente plomizo. Desde hace tres ciclos, algo había cambiado allí.
Otra vez mirando las montañas dijo Viktor, apoyándose en la pared derruida junto a ella. Sus botas militares crujieron sobre cascotes. ¿Esperas verlos?
Cassandra no respondió de inmediato. Se llevó dos dedos a la visera rota de su casco, un gesto que había adoptado sin saber por qué.
Esta noche los vigías escucharon pasos. Piedras rodando. Nada más.
Pasos de animal.
Los animales no caminan en formación.
Viktor silbó entre dientes. Llevaban meses escuchando los rumores. Los mercaderes que viajaban demasiado cerca de la sierra hablaban de sombras que se movían entre los pinos calcinados, de figuras erguidas que observaban sin moverse. Y siempre, siempre, mencionaban los ojos.
Amarillos. Brillando en la oscuridad como ascuas heladas.
La gente necesita respuestas dijo Viktor, aunque su voz sonaba menos convencida de lo que pretendía.
La gente necesita seguir viva respondió Cassandra. Las respuestas pueden esperar.
---
Esa noche el fuego del campamento crepitaba débil, como si él también temiera llamar la atención. Los miembros de la facción se agrupaban en silencio, las cartas de la estrategia olvidadas sobre la mesa de metal oxidado.
Fue Zara quien rompió la calma.
Los vi.
Todos los rostros se giraron hacia ella. Estaba de pie en el perímetro, su cabello rojo como advertencia contra la penumbra, el puño cerrado sobre el puente de su rifle.
¿Dónde? preguntó Viktor, levantándose.
En la colina norte. A unos trescientos metros. Estaban... observando el campamento.
Cassandra sintió un escalofrío que no tenía relación con el frío. ¿Cuántos?
Zara tragó saliva. Por primera vez, Cassandra notó algo en su expresión que nunca había visto: incertidumbre.
Tres. No... tres. Pero caminaban como si fueran uno. En fila. Perfectamente alineados. Y sus uniformes...
¿Uniformes? Viktor frunció el ceño. ¿Qué tipo de uniformes?
Nunca vi nada igual. Chaquetas largas. Algo como... abrigos de campaña. Y botas. Botas negras hasta la rodilla. Parecían...
¿Parecían qué? insistió Cassandra.
Zara levantó la vista. En sus ojos grises había algo que Cassandra reconoció como miedo genuino.
Soldados. Pero de ningún ejército que conozcamos.
---
Decidieron enviar una patrulla al amanecer. Cassandra lideraría el grupo: ella, Viktor y un par de exploradores más. Zara insistió en ir, pero Cassandra la dejó en el campamento. Algo en su relato no encajaba del todo, y no quería llevarla de regreso al lugar que la había inquietado tanto.
Ascendieron por la ladera norte entre niebla baja y árboles que habían perdido todas sus hojas hacía años, conservando solo esqueletos grises que arañaban el aire. El silencio era absoluto.
Demasiado silencio murmuró Viktor, y Cassandra asintió.
Encontraron las huellas a media mañana.
Eran profundas, marcadas con una precisión casi obsesiva. Pisadas uniformes, separadas por exactamente la misma distancia. Como si las hubiera dejado una sola persona caminando en círculo... pero había al menos cuatro rastros distintos, superpuestos con una sincronía imposible.
Mira esto dijo Viktor, arrodillándose.
Cassandra se agachó junto a él. Entre las huellas, alguien había dejado algo: un parche de tela negra, desgarrado. Lo tomó con cuidado. En el centro, bordado en hilo plateado, había un símbolo que no reconoció. No era de ninguna facción conocida.
¿Qué es? preguntó uno de los exploradores.
Cassandra dio vuelta el parche. En el reverso, alguien había escrito algo a mano, con una caligrafía rígida y meticulosa:
*"No busquen lo que aún no está listo para encontrarlas."*
Un escalofrío recorrió su espalda. No era una amenaza. Era una advertencia. O quizás... una promesa.
Fue entonces cuando sintió la mirada.
Cassandra levantó la cabeza lentamente. Entre los árboles, a unos cincuenta metros, algo se movió. Una figura alta, erguida, inmóvil como las rocas que la rodeaban. La niebla se arremolinaba a sus pies sin tocarla.
No pudo distinguir rasgos. Pero vio los ojos.
Amarillos. Brillando incluso bajo la luz mortecina del día. La miraban sin parpadear, sin hostilidad aparente, con una calma que resultaba más perturbadora que cualquier ataque.
Cassandra susurró Viktor, y supo que él también los veía.
La figura no se movió. No empuñaba ninguna arma visible. Simplemente... estaba allí. Observando. Como si calculara, midiera, comprendiera.
Luego, sin prisa, dio un paso atrás y se desvaneció en la niebla. Los otros dos ¿o eran cuatro? la siguieron con la misma sincronía sobrenatural. Y el bosque recuperó su silencio, pero ahora era un silencio distinto. Un silencio que esperaba.
Cassandra miró el parche en su mano, luego el lugar donde habían estado las figuras.
Regresamos al campamento dijo, y su voz sonó extrañamente pequeña en la inmensidad gris. Ahora.
¿Y ellos? preguntó Viktor.
Cassandra guardó el parche en el bolsillo de su chaqueta, junto al corazón. Por alguna razón que no podía explicar, le pareció el lugar más seguro.
No creo que quieran hacernos daño respondió, aunque no estaba segura de por qué lo creía. Pero tampoco creo que estén aquí por accidente.
Al descender, no pudo evitar una última mirada hacia las montañas. En algún lugar entre los picos, pensó, hay respuestas. Y también algo más.
Algo que observa. Algo que espera. Algo que quizás, cuando el momento llegue, decidirá mostrar su rostro.
#1303 en Fantasía
#738 en Personajes sobrenaturales
#664 en Thriller
#296 en Misterio
Editado: 06.04.2026