# El Susurro de las Montañas
## Registro II: Lo que yace bajo la piedra
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Pasarían tres lunas antes de que alguien volviera a hablar de los ojos amarillos.
Las facciones continuaron sus disputas en el valle, ajenas a que la tierra bajo sus pies había dejado de pertenecerles por completo. Los rumores sobre las montañas se convirtieron en advertencia de madres a hijos, en leyenda que los mercaderes contaban alrededor del fuego para ganarse una ración extra. *No te acerques a la sierra. Allí la noche tiene ojos.*
Pero Cassandra no olvidó.
El parche de tela negra dormía en una caja de metal bajo su catre, y algunas noches, cuando el campamento enemigo lanzaba bengalas al cielo, ella lo sacaba y pasaba los dedos sobre el hilo plateado. Un símbolo que había intentado rastrear sin éxito. No pertenecía a ninguna facción conocida. No pertenecía a ningún ejército registrado antes del Colapso.
Como si hubiera llegado de otro mundo.
Deberías dejarlo ir le dijo Viktor una noche, encontrándola con la caja abierta. No podemos pelear contra fantasmas.
No son fantasmas.
Entonces, ¿qué son?
Cassandra cerró la caja sin responder. No tenía palabras para lo que había visto aquella mañana en la ladera. Figuras erguidas, inmensas, recortadas contra la niebla. Había medido la distancia después, calculado la altura aproximada. Dos metros, quizás más. Nadie en el valle medía dos metros.
Y los ojos. Esos ojos que no parpadeaban, que miraban como quien observa un experimento desde la otra orilla del vidrio.
Si no quieren hacernos daño dijo Viktor, repitiendo sus propias palabras, ¿por qué están ahí?
Cassandra levantó la vista hacia las montañas, negras contra el cielo nocturno.
Eso es lo que me pregunto todas las noches.
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Lo que Cassandra no podía saber era que, bajo sus pies, a kilómetro y medio de profundidad, el corazón de la montaña latía con una luz que ningún ojo humano había presenciado.
El portal se abría en la cámara principal, un óvalo perfecto de once metros de altura, suspendido en el aire como una herida que no sangraba. Su superficie era de un azul profundo, casi negro, y en sus bordes la realidad se curvaba suavemente, como papel quemándose desde los extremos.
A su alrededor, la base se extendía en niveles tallados en la roca viva. Los Bárbarois no habían construido aquel lugar; lo habían *encontrado* cuando su facción decidió cortar los lazos con el Cielo y el Infierno, siglos atrás, en un tiempo que los humanos medían con otras varas. Desde entonces, aquella montaña era su último reducto, su observatorio, su hogar.
Eran pocos. No más de doscientos. Suficientes.
El Comandante Ilari observaba el portal con los brazos cruzados sobre el pecho. Su uniforme gris verdoso, de corte impecable, llevaba en el cuello las insignias de su rango: tres estrellas plateadas sobre un fondo negro. A su alrededor, una docena de operadores trabajaban en silencio, ajustando parámetros que ningún humano habría comprendido.
El movimiento en el sector siete ha aumentado informó el oficial de guardia, un Bárbarois llamado Kael, con los ojos amarillos fijos en las lecturas. Dos facciones enfrentándose a tres kilómetros de la entrada norte.
Ilari no mostró reacción. Llevaba siglos observando a los humanos, sus guerras, sus pasiones, su obstinada negativa a desaparecer incluso cuando el mundo se desmoronaba a su alrededor. No era su papel intervenir. Nunca lo había sido.
¿Y los que nos vieron?
La mujer del casco roto. Cassandra. Ha guardado silencio. Nadie la ha creído del todo.
Ilari asintió lentamente. Recordaba aquella mañana en la ladera. La había observado desde la línea de árboles, evaluando. No había mostrado miedo, al menos no el miedo que solían mostrar los humanos. Había algo en ella... curiosidad. Cautela, sí, pero también un deseo de comprender.
Que continúe el protocolo de silencio ordenó, girando sobre sus talones. Las botas negras resonaron en el suelo de piedra pulida. No realizamos maniobras. No dejamos rastros. Somos sombras.
¿Y si vuelven a acercarse?
Ilari se detuvo. Miró el mapa holográfico que flotaba sobre la mesa central, con sus puntos rojos marcando los asentamientos humanos, las rutas de suministro, los campos de batalla efímeros. Todo tan pequeño. Tan frágil.
Entonces los observaremos mejor respondió finalmente. Pero no intervenimos. No es nuestra guerra.
Kael inclinó la cabeza en señal de obediencia, pero sus ojos seguían fijos en las lecturas. En particular, en un punto de luz tenue que parpadeaba en la periferia del mapa. El marcador que seguía a la mujer del casco roto.
*Cassandra.*
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Dos noches después, algo cambió.
Cassandra estaba de guardia en la torre norte cuando vio la luz. No una bengala, no un incendio, no los destellos habituales de los combates nocturnos. Era una luz azul, profunda, que emergió de la ladera de la montaña como una exhalación contenida durante demasiado tiempo.
Duró tres segundos. Tal vez cuatro. Luego se extinguió.
Cassandra no se movió. No llamó a nadie. Permaneció inmóvil, con los dedos aferrados al antepecho de metal oxidado, mientras su mente intentaba procesar lo que había visto. La luz no había venido de la superficie. Había venido de *dentro*. Como si la montaña hubiera abierto un ojo por un instante, la hubiera mirado, y luego hubiera vuelto a dormir.
Bajó la vista hacia el bolsillo donde guardaba el parche. Sintió una vibración, apenas perceptible, como si el símbolo bordado respondiera a algo que sus sentidos humanos no podían captar.
¿Qué sois? susurró al viento.
La montaña no respondió. Pero Cassandra habría jurado que, en algún lugar bajo la piedra, alguien había escuchado.
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En la base subterránea, Ilari cerró el portal con un gesto de la mano. El óvalo azul se contrajo hasta convertirse en un punto de luz y desapareció, dejando tras de sí solo el eco de frecuencias que los humanos no podían oír.
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Editado: 06.04.2026