El Susurro de las Montañas

## Registro III: Los que también miraron

# El Susurro de las Montañas

## Registro III: Los que también miraron

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Cassandra bajó de la torre norte con las piernas aún temblorosas, aunque no por el frío. La luz azul seguía grabada en el interior de sus párpados, un fantasma luminiscente que se negaba a desvanecerse. En el bolsillo de su chaqueta, el parche de tela negra emitía un calor sutil, como si hubiera absorbido algo de aquella energía.

Al llegar al campamento, encontró a los vigías cambiando el turno. Nadie mencionó nada. Nadie señaló la montaña con preguntas. Cassandra pasó junto a ellos con la mirada baja y se refugió en su tienda, donde permaneció despierta hasta que el horizonte comenzó a palidecer.

*No fue un sueño*, se repitió mientras el sueño finalmente la vencía. *No fue un sueño.*

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La mañana siguiente amaneció gris, como todas las mañanas en el valle. Cassandra se levantó antes que el resto y fue al pozo comunal a llenar sus cantimploras. El agua sabía a tierra y a metal, pero era agua, y en el páramo eso era más que suficiente.

Fue allí, con las manos sumergidas en el cubo helado, donde escuchó las primeras palabras.

...como si el cielo se hubiera partido...

Cassandra levantó la vista. Dos mujeres del sector de suministros hablaban en voz baja junto a la bomba de agua, sus rostros inclinados una hacia la otra en gesto de conspiración.

Lo vi con mis propios ojos, Inés. Azul. Un azul que nunca había visto. Salía de la montaña como un rayo al revés, como si algo estuviera *tirando* de la luz hacia abajo.

¿Y se lo has contado a alguien más?

A nadie. Ya hay suficientes rumores sobre esas montañas. No quiero que me tomen por loca.

Cassandra sintió que la sangre se le helaba en las venas. No había sido la única. Lentamente, sin hacer ruido, se acercó al grupo.

¿A qué hora? preguntó, y las dos mujeres giraron sobresaltadas.

La que había hablado primero, una mujer de cabello canoso llamada Rina que trabajaba en la enfermería del campamento, la miró con recelo.

¿A qué hora qué?

La luz. ¿A qué hora la viste?

Hubo un silencio. Rina e Inés intercambiaron una mirada cargada de significado.

Pasada la medianoche respondió Rina finalmente, midiendo a Cassandra con los ojos. ¿Tú también?

Cassandra asintió sin decir palabra. Por un momento, las tres permanecieron en silencio, unidas por un conocimiento que ninguna terminaba de comprender.

No he visto nada igual desde antes del Colapso murmuró Inés, bajando la voz hasta convertirla en un susurro. Y entonces era diferente. Las luces venían del cielo. Esto... esto vino de la tierra.

O de lo que hay bajo la tierra añadió Rina.

Cassandra recordó la sensación de la luz emergiendo de la ladera, como si la montaña hubiera exhalado algo que llevaba siglos conteniendo. Recordó el calor del parche en su bolsillo. Recordó los ojos amarillos.

¿Sabéis de alguien más que lo haya visto? preguntó.

Rina dudó. Luego, con un gesto furtivo, señaló hacia la zona de almacenes.

Habla con el viejo Ezra. Él estaba de guardia en el puesto oeste. Me dijo esta mañana que pensaba que estaba soñando. Pero no lo estaba.

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Cassandra encontró a Ezra en el almacén de municiones, sentado sobre un cajón de latón oxidado con una taza de agua caliente entre las manos. El hombre debía de tener sesenta años, tal vez más, aunque en el páramo era imposible saberlo con certeza. Su rostro era un mapa de cicatrices y arrugas, y sus ojos, de un gris pálido, miraban la montaña a través de la entrada abierta del almacén.

Rina me dijo que vinieras dijo sin volverse. Su voz era áspera, gastada por años de gritar órdenes en medio del fuego cruzado. Tú también lo viste.

No era una pregunta. Cassandra se apoyó en el marco de la puerta.

La luz azul. Sí.

Ezra asintió lentamente, llevándose la taza a los labios con manos temblorosas.

He visto muchas cosas en este páramo. He visto hombres convertirse en bestias. He visto el cielo llover fuego. He visto cosas que no deberían nombrarse ni en voz baja. Pero esto...

Bajó la taza y la dejó a un lado. Por primera vez, giró el rostro hacia Cassandra, y ella vio en sus ojos algo que no esperaba: una claridad inusual, como si aquella luz nocturna hubiera limpiado algo en su interior.

No fue la primera vez, ¿sabes?

Cassandra sintió un escalofrío.

¿Qué quieres decir?

Ezra se incorporó con dificultad, sus huesos crujiendo al hacerlo. Caminó hacia la entrada y señaló la montaña con un dedo nudoso.

Hace tres semanas, antes de que los rumores sobre los ojos amarillos empezaran a circular, yo estaba de guardia en este mismo puesto. Era una noche sin luna, más oscura que boca de lobo. Y de repente... la ladera se iluminó. No como ahora. Fue un destello, nada más. Pensé que eran los reflejos de alguna bengala perdida.

¿Azul?

Azul. Pero más tenue. Más breve. Ezra bajó la mano y la miró, como si la punta de sus dedos aún conservara el recuerdo de aquella luz. Esta noche fue distinta. Duró más. Fue más intensa.

Cassandra sintió cómo las piezas comenzaban a encajar en su mente, formando un dibujo que aún no podía comprender del todo.

No son destellos aleatorios dijo en voz baja, casi para sí misma. Es algo que se repite. Algo que se intensifica.

O alguien que está haciendo pruebas completó Ezra, y la miró con una intensidad que no encajaba con su aspecto avejentado. Escucha, muchacha. Yo fui soldado antes del Colapso. He visto campamentos militares, he visto bases. Y sé reconocer cuándo alguien está realizando maniobras de calibración.

¿Maniobras? Cassandra frunció el ceño. ¿Crees que hay una base allí abajo?

Ezra se encogió de hombros.

No sé qué hay allí abajo. Pero sé que algo está ocurriendo. Algo que llevan tiempo preparando. Y esta noche... esta noche fue el primer paso que alguien como yo puede reconocer.




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