El Susurro de las Montañas

## Registro IV: Sangre en el asfalto

# El Susurro de las Montañas

## Registro IV: Sangre en el asfalto

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La ciudad dormía con un ojo abierto.

Antes del Colapso, aquel distrito había sido un laberinto de vidrio y acero, un monumento al exceso que los antiguos llamaban *entretenimiento para adultos*. Ahora era territorio de nadie, una zona gris donde las facciones se encontraban para lo que no querían hacer en sus propios territorios: trueques sucios, información más sucia aún, y placeres que los comandantes preferían no ver.

Cassandra caminaba por la avenida principal con las botas hundiéndose en una alfombra de cascotes y carteles rotos. Sobre su cabeza, un letrero de neón muerto anunciaba algo llamado *EL PARAÍSO* con letras que habían sido rojas y ahora eran solo herrumbre.

No me gusta este lugar murmuró Zara a su espalda, con la mano en la empuñadura de su pistola.

A nadie le gusta respondió Cassandra sin volverse. Pero la información que necesita Viktor está aquí, y aquí es donde pagamos por ella.

La noche anterior, un mensajero había llegado al campamento con una oferta: un traficante llamado Durán tenía archivos del antiguo sistema de defensa del valle, mapas de túneles olvidados que podrían darles ventaja sobre la facción rival. El precio era alto, pero Viktor había autorizado el trato.

Cassandra y Zara habían sido elegidas para cerrarlo. Porque en la ciudad, pensó mientras ajustaba el cierre de su chaqueta, las mujeres armadas llamaban menos la atención que los hombres. Al menos de cierto tipo.

El club donde debían encontrarse con Durán ocupaba la planta baja de un edificio que había sobrevivido mejor que sus vecinos. La fachada era de piedra negra, sin ventanas, y una puerta de metal custodiaba la entrada. Dos hombres con armas largas flanqueaban el acceso, sus rostros ocultos tras gafas oscuras.

Cassandra y Zara dijo Cassandra, deteniéndose frente a ellos. Durán nos espera.

Uno de los guardias las miró de arriba abajo con una lentitud deliberada. Cassandra sostuvo su mirada sin pestañear. Después de un momento, el hombre hizo un gesto y la puerta se abrió.

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El interior era un mundo aparte.

Cassandra parpadeó, ajustándose a la penumbra iluminada por tiras de luces violetas que recorrían las paredes. El aire olía a perfume sintético, a alcohol barato, a sudor y a algo más que no quiso identificar. La música era un pulso bajo, constante, que se sentía en los huesos antes de escucharse con los oídos.

Y la ropa.

Cassandra recordó de pronto por qué evitaba la ciudad. Las mujeres que circulaban entre las mesas trabajadoras del lugar, adivinó llevaban atuendos que parecían diseñados más para ser quitados que para ser usados. Arneses de cuero brillante, mallas translúcidas, tacones que las hacían tambalearse sobre el suelo desigual. Algunas sonreían con dientes demasiado blancos. Otras no sonreían en absoluto.

Por aquí dijo una voz a su derecha.

Una mujer con el cabello recogido en un moño apretado y un vestido que apenas cubría lo necesario las guió hacia el fondo del local. Cassandra notó que Zara caminaba pegada a su espalda, con los nudillos blancos alrededor de su arma oculta.

Relájate susurró Cassandra. Estamos aquí para hacer un trato, no para una pelea.

Eso es lo que siempre dices antes de que empiece una pelea murmuró Zara.

Cassandra casi sonrió.

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Durán las esperaba en una mesa apartada, un rincón de terciopelo rojo deshilachado que pretendía ser lujoso. Era un hombre de mediana edad, con el pelo engominado hacia atrás y un traje que había costado más que el sustento de medio campamento. A su alrededor, cuatro hombres de aspecto brutal bebían de vasos de vidrio auténtico.

Cassandra dijo Durán con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. He oído hablar de ti. Dicen que eres la mano derecha de Viktor. La que resuelve los problemas que las balas no pueden.

A veces las balas también respondió Cassandra, tomando asiento frente a él sin esperar invitación.

Durán soltó una risa corta. Sus hombres no rieron.

Directa. Me gusta. Deslizó una memoria de datos sobre la mesa, entre las copas. Lo que buscas. Mapas de túneles, frecuencias de comunicaciones abandonadas, rutas de suministro que nadie ha usado en veinte años. Todo lo que Viktor necesita para ganar su guerra contra los del este.

Cassandra no tocó la memoria. El precio.

Cincuenta mil en raciones. Entregables en el paso sur dentro de tres días.

Veinticinco. Entregables mañana.

Durán inclinó la cabeza, evaluándola. Cuarenta. Y una... consideración adicional.

La sonrisa de Durán se amplió mientras sus ojos recorrían a Cassandra con una lentitud que ella conocía demasiado bien.

Una noche. Tú o tu amiga. Las dos, si se animan. Tengo clientes que pagan bien por mujeres que saben pelear. El espectáculo sería...

No terminó la frase.

Cassandra ya estaba de pie, y en su mano había una navaja que no estaba allí un segundo antes. La hoja descansaba contra la yugular de Durán con la precisión de quien ha hecho ese gesto mil veces.

Vas a darme la memoria dijo Cassandra, y su voz era tan suave como el filo contra la piel del hombre. Y vas a olvidar que mencionaste esa opción. Porque la próxima vez, no voy a detenerme en una advertencia.

Durán levantó las manos lentamente. Su sonrisa había desaparecido, pero en sus ojos había algo más que miedo. Había cálculo.

Sabía que ibas a reaccionar así dijo, y su tono había cambiado. Ahora había una frialdad nueva en su voz. Por eso traje refuerzos.

Cassandra sintió el movimiento antes de verlo.

La mesa volcó. Las copas se hicieron añicos contra el suelo. Y de repente, el rincón de terciopelo rojo se convirtió en un hervidero de violencia.

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Zara ya había desenfundado. El primer guardia de Durán cayó con un tiro en el hombro antes de que su propia arma saliera de la funda. El segundo logró disparar, pero la bala pasó silbando junto a la oreja de Cassandra mientras ella se lanzaba hacia atrás, arrastrando a Durán consigo.




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