# El Susurro de las Montañas
## Registro V: El arte de perseguir sombras
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La herida en el costado de Cassandra tardó once días en cerrar del todo. Once días de movimientos calculados, de sonrisas forzadas cuando Viktor preguntaba si estaba en condiciones de volver al campo, de noches en vela con el parche de tela negra entre los dedos.
Once días dando vueltas a la misma pregunta: cómo investigar a alguien que no quería ser encontrado.
No podía preguntar abiertamente. Los rumores sobre los ojos amarillos ya eran moneda corriente en el campamento, mezclados con supersticiones y medias verdades hasta volverse irreconocibles. Si empezaba a hacer preguntas específicas ¿alguien ha visto una mujer alta, piel blanca, cabello blanco?, atraería la atención equivocada. Y algo le decía que los Bárbarois no agradecerían que los buscaran con focos y alharacas.
Tenía que ser sutil. Tenía que ser paciente. Tenía que ser, pensó con una sonrisa amarga, como ellos.
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Su primer movimiento fue Lina.
La mercadera tenía ojos y oídos en todo el valle, y su discreción costaba cara, pero valía cada ración. Cassandra la encontró en el mercado del paso sur, una congregación de toldos deshilachados y cajas de munición reutilizadas como mostradores.
Necesito información sobre lo que vimos aquella noche dijo Cassandra, sin preámbulos, mientras fingía examinar un lote de vendajes estériles. La mujer de la azotea.
Lina no levantó la vista de sus cuentas. ¿Qué mujer?
La que estaba mirando mientras Durán aprendía modales.
Silencio. Lina dejó el lápiz sobre la tabla y alzó los ojos. Por un momento, Cassandra pensó que iba a negarlo todo, a decirle que no sabía de qué hablaba. Pero Lina era una superviviente, y los supervivientes saben cuándo el silencio ya no sirve.
Mis hombres la vieron admitió, bajando la voz hasta convertirla en un hilo. Uno de ellos casi le dispara, pensando que era una francotiradora de Durán. Pero no llevaba arma. Al menos, ninguna que él pudiera ver.
¿Algo más? ¿Algún movimiento, alguna palabra, algo?
Lina negó con la cabeza. Estaba allí. Observó toda la pelea. Cuando salieron, se quedó un momento más, como si estuviera... tomando notas. Luego se fue. Mis hombres perdieron el rastro en las azoteas del distrito viejo.
¿Las azoteas del distrito viejo?
No es tan extraño como parece dijo Lina, recuperando su lápiz con un gesto que pretendía ser casual. Hay rutas por los techos, pasarelas entre edificios que los antiguos construyeron y que casi nadie usa. Mis hombres las conocen. Ella también.
Cassandra asimiló la información. Una red de pasarelas olvidadas. Un territorio que nadie reclamaba pero que alguien conocía bien.
¿Puedo hablar con tu hombre? El que la vio.
Lina la miró con una expresión que Cassandra conocía bien: el cálculo de quien está decidiendo si la curiosidad ajena merece el riesgo.
Te lo enviaré al campamento dijo finalmente. Pero Cassandra...
¿Qué?
Ten cuidado. Lo que buscas... no es como cualquier otra facción. Mis hombres han visto muchas cosas en este páramo. Les ha costado asustarse.
Cassandra esperó.
Ese hombre, el que estuvo a punto de dispararle continuó Lina, y por un instante algo genuino cruzó su rostro, algo que no era cálculo ni negocio. Dijo que cuando la vio, sintió que ella lo sabía. Que ella sabía que él estaba allí, que sabía que él tenía el dedo en el gatillo, y que no le importaba. Como si una bala no pudiera hacerle daño. Como si estuviera viendo algo que él no podía ver.
Eso no es más que superstición.
Eso es lo que yo le dije. Lina volvió a sus cuentas, el gesto de quien da un tema por cerrado. Pero él no es supersticioso. Y lleva veinte años matando gente. Si él tiene miedo, yo aprendí a escuchar.
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Dos días después, el hombre de Lina llegó al campamento. Se llamaba Rocco, un ex francotirador de alguna guerra anterior al Colapso, con el rostro marcado por quemaduras antiguas y una calma en los ojos que solo poseen quienes han visto demasiado para seguir sorprendiéndose.
Cassandra lo recibió en la periferia del campamento, lejos de oídos curiosos. Zara estaba de guardia a cincuenta metros, con la orden de no dejar que nadie se acercara.
Lina dice que quieres saber de la mujer dijo Rocco, sentándose en una roca con la parsimonia de quien tiene todo el tiempo del mundo. Yo no tengo mucho que contar. Estaba ahí. Nos vio. Se fue.
Eso ya lo sé. Necesito detalles.
¿Qué clase de detalles?
Cassandra se arrodilló frente a él, con las manos apoyadas en las rodillas. Cómo se movía. Cómo respiraba. Qué llevaba. Todo lo que recuerdes.
Rocco la miró con sus ojos pálidos, evaluándola. Luego, con un gesto que parecía costarle un esfuerzo, comenzó a hablar.
Era alta. Más que yo, más que cualquier hombre que haya visto. Dos metros, tal vez más. Llevaba una chaqueta larga, verde oliva, como de uniforme antiguo. Botas negras hasta la rodilla. El cabello blanco, atado hacia atrás, pero no como las mujeres de aquí. Más... militar.
¿Y su cara?
Blanca. Muy blanca. Como si nunca hubiera visto el sol. Pero no era debilidad. Había algo en ella... Rocco hizo una pausa, buscando las palabras. Cuando te mira, no te mira como te mira la gente. La gente te mira y ve algo: un enemigo, un aliado, un obstáculo. Ella te mira y parece que te está leyendo. Como si supiera lo que vas a hacer antes de que tú lo sepas.
Cassandra sintió un escalofrío. ¿Algo más? ¿Algún detalle que te haya llamado la atención?
Rocco frunció el ceño, concentrándose. Se movía... extraño. No quiero decir que no supiera moverse. Al contrario. Se movía como un soldado, pero un soldado de otro tiempo. Cada paso era exacto, medido. No desperdiciaba energía. Cuando desapareció, no la vi irse. Un momento estaba allí, al borde de la azotea, y al siguiente...
¿Al siguiente?
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Editado: 06.04.2026