El Susurro de las Montañas

## Registro VI: El peso de la espera

# El Susurro de las Montañas

## Registro VI: El peso de la espera

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Pasaron cuarenta y tres días sin que nadie volviera a ver a los Bárbarois.

Cuarenta y tres días de conflicto creciente entre las facciones del valle, de escaramuzas en el paso sur, de emboscadas en la autopista derruida que una vez conectaba la ciudad con lo que quedaba del mundo. Cassandra y los suyos pelearon en tres de esas escaramuzas, perdieron a siete personas, ganaron terreno que sabían que no podrían mantener.

Y en todo ese tiempo, ni un solo par de ojos amarillos brilló en las azoteas. Ni una sola sombra se movió entre los árboles de la ladera. Las montañas permanecieron en silencio, impenetrables, como si nunca hubieran albergado nada más que piedra y viento.

Pero Cassandra no dejó de buscar.

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El problema de investigar lo invisible, descubrió, era que requería una paciencia que ninguna facción del páramo podía permitirse. La guerra no esperaba. Las raciones no se estiraban solas. Y cada día que dedicaba a seguir rastros muertos, a interrogar a mercaderes que no habían visto nada, a recorrer las azoteas del distrito viejo con Rocco, era un día que no estaba defendiendo su territorio o negociando suministros.

Viktor empezó a notarlo.

Estás distraída le dijo una noche, mientras revisaban los mapas de los túneles que habían comprado a Durán. La memoria había resultado legítima, para sorpresa de ambos, y ahora planeaban su siguiente movimiento contra la facción del este. Zara me dijo que has vuelto al distrito viejo. Tres veces en dos semanas.

Zara habla demasiado.

Zara se preocupa. Y yo también. Viktor dejó el mapa sobre la mesa y la miró con esos ojos que habían visto demasiadas guerras para andarse con rodeos. ¿Qué buscas, Cassandra?

Cassandra sostuvo su mirada. Viktor era su comandante, sí, pero también era el único en el campamento que sabía que no estaba loca. Él había estado en la ladera aquella primera mañana. Él había visto los ojos amarillos.

Sigo buscando lo mismo desde el principio respondió. Respuestas.

Las respuestas no nos darán de comer. Ni ganarán la guerra.

No todo es la guerra.

Viktor soltó una risa seca, sin alegría. En el páramo, todo es la guerra. Lo aprendiste antes que yo, Cassandra. No te hagas la ingenua ahora.

Cassandra se levantó de la mesa, la frustración apretándole el pecho. ¿Recuerdas la luz azul? ¿Recuerdas lo que vimos en la montaña?

Recuerdo.

¿Y no te preguntas qué era? ¿No te preguntas qué hay bajo esas montañas, qué llevan haciendo ahí durante años sin que nadie lo supiera?

Viktor la observó en silencio. Cuando habló, su voz era más baja, más cansada.

Claro que me lo pregunto. Pero también me pregunto qué pasa si los presionamos demasiado. Si los sacamos de su silencio. ¿Estás preparada para esa respuesta, Cassandra? ¿Preparada para lo que pueda pasar cuando decidan que ya no quieren ser invisibles?

La pregunta quedó flotando entre ellos. Cassandra no tuvo respuesta.

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La ausencia de los Bárbarois se convirtió, con el tiempo, en un tema más de conversación en el campamento. Al principio, los rumores sobre los ojos amarillos eran moneda corriente: los mercaderes los mencionaban al pasar, los soldados los usaban para asustar a los reclutas, los niños inventaban canciones sobre las sombras que caminaban en las montañas.

Pero cuando pasaron las semanas sin que nadie viera nada, los rumores comenzaron a desinflarse como globos pinchados.

Ya no se habla de ellos comentó Zara un día, mientras limpiaban las armas en el almacén. La gente necesita cosas concretas. Balas, comida, enemigos a los que disparar. Los misterios son un lujo que no podemos permitirnos.

Tú no has dejado de pensar en ellos.

Zara enhebró la aguja con movimientos precisos. No. Pero no es lo mismo pensar que obsesionarse.

No estoy obsesionada.

Has vuelto al distrito viejo ocho veces en un mes. Has hablado con Rocco más veces que con Viktor. Y duermes con una caja de metal bajo tu catre que no dejas que nadie vea. Zara levantó la vista, y por un instante Cassandra vio en sus ojos algo que no esperaba: no enfado, sino preocupación genuina. Eso es obsesión, Cassandra. O algo muy parecido.

Cassandra guardó silencio. Sabía que Zara tenía razón, pero no podía parar. No porque esperara encontrarlos la advertencia en el cilindro había sido clara: *la próxima vez, no seré yo quien deje señales*, sino porque no hacerlo se sentía como rendirse. Y rendirse, en el páramo, era una forma lenta de morir.

Solo quiero entender dijo finalmente. No hacerles daño. No enfrentarlos. Solo... entender qué son, qué quieren, por qué nos observan.

Zara la miró largamente. Luego, con un suspiro, volvió a su tarea.

Solo ten cuidado. No sabemos qué pasa cuando alguien deja de serles útil.

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Cassandra intentó otros métodos.

Si los Bárbarois habían desaparecido del distrito viejo, quizás podía rastrearlos por lo que dejaban atrás. Las señales de piedra que había encontrado en las azoteas eran un sistema, un lenguaje, y los lenguajes podían descifrarse.

Convenció a Rocco para que la llevara de vuelta al distrito, pero esta vez no buscaron personas. Buscaron marcas.

Las encontraron en lugares que nadie miraba: en la parte trasera de los carteles de neón muertos, en los marcos de las puertas selladas, en los conductos de ventilación que nadie había limpiado en décadas. Cada marca era pequeña, discreta, visible solo para quien supiera exactamente dónde mirar.

Esto es un mapa dijo Cassandra una noche, arrodillada en la azotea de un edificio que había sido un banco. Había pasado horas comparando las marcas, trazando líneas entre ellas en un papel que llevaba en el bolsillo. No solo del distrito. De todo el valle.

Rocco se agachó junto a ella, observando el dibujo que había hecho. Las marcas formaban una red que se extendía desde las montañas hacia el este hasta los límites del territorio controlado por las facciones. Puntos de observación, rutas de acceso, zonas de interés.




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