El Susurro de las Montañas

## Registro VII: La decisión

# El Susurro de las Montañas

## Registro VII: La decisión

---

Cassandra tomó la decisión un martes, bajo un cielo plomizo que amenazaba lluvia sin cumplirlo nunca.

Llevaba tres días sin dormir bien. No por las escaramuzas aunque las hubo, siempre las hubo, sino por una idea que había ido creciendo en su mente como una grieta en el hielo. Primero pequeña, casi imperceptible. Luego más ancha, más profunda, hasta que no pudo ignorarla más.

Había llegado tan lejos como podía llegar desde fuera. Las rutas en las azoteas, las marcas en los árboles, los reflejos en la ladera, los rumores de los pastores. Todo apuntaba a un mismo lugar: las montañas. Y dentro de las montañas, algo que llevaba siglos esperando.

Las respuestas no iban a salir a buscarla. Tenía que ir a por ellas.

La idea se concretó mientras limpiaba su navaja en el almacén, con la luz mortecina del atardecer entrando por las grietas del techo. Zara entró sin hacer ruido, como siempre, y se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados.

Llevas tres días con la misma cara dijo Zara. La cara que pones cuando ya has decidido hacer algo estúpido y solo estás buscando el momento para decirlo.

Cassandra no levantó la vista de la navaja. ¿Y qué cara es esa?

La cara de antes de Durán. La cara de antes de la incursión en el paso sur. La cara de siempre, vamos. Zara se acercó y se sentó en un cajón frente a ella. Dímelo ya. Mejor que me lo digas tú a que me entere por Rocco o por Lina o, peor aún, por Viktor.

Cassandra dejó la navaja sobre la mesa y levantó la vista. Los ojos de Zara eran grises, directos, y en ese momento estaban llenos de algo que Cassandra no quería ver: miedo.

Voy a subir a las montañas.

El silencio que siguió fue tan denso que Cassandra pudo oír el viento silbando en las vigas del techo.

No dijo Zara finalmente.

No es una pregunta.

No repitió Zara, y esta vez su voz tembló. No, Cassandra. No vas a subir a esas montañas. No vas a buscar a esas... cosas. No después de todo lo que hemos visto, de todo lo que hemos oído. No después de que desaparecieron durante semanas y volvieron a aparecer como si nada, como si estuvieran jugando con nosotros.

Por eso mismo. Porque llevan años jugando con nosotros. Observándonos. Decidiendo qué vemos y qué no vemos. Ya es hora de que alguien decida mirar de verdad.

Zara se puso de pie de un salto, la silla de cajón volcándose con un golpe seco. ¿Y si no quieren que mires? ¿Y si esa es la línea que no debes cruzar?

La línea la trazaron ellos. Yo no firmé ningún acuerdo.

¡Cassandra! La voz de Zara se quebró, y por un instante Cassandra vio a la mujer que había sido antes del páramo, antes de las balas y la sangre. Una persona que aún creía que las malas decisiones podían evitarse si se gritaba lo suficientemente fuerte. No sabes qué hay allí arriba. No sabes qué son. Viste la luz azul, viste los ojos, viste cómo se movían. Eso no es humano. Y tú quieres ir a su territorio, sola, sin plan, sin refuerzos, sin...

No voy a ir sola.

Zara se quedó callada, con la boca entreabierta.

Voy a pedirte que vengas conmigo dijo Cassandra, y su voz era suave ahora, tan suave como la hoja de su navaja cuando no quería cortar. Pero sé que no vas a querer. Y no te culpo.

¿Entonces?

Entonces iré con Rocco. Él conoce las rutas de la montaña casi tan bien como ellos. Y si no quiere venir, iré sola.

Zara la miró largamente. Cassandra vio cómo el miedo luchaba en su interior con algo más, algo que llevaban años construyendo juntas, algo que no tenía nombre pero que era más fuerte que cualquier orden o cualquier lógica. Lealtad, quizás. O algo más profundo.

Eres la persona más testaruda que he conocido en mi vida dijo Zara finalmente, y su voz sonaba ronca, como si hubiera estado gritando. Y te juro que algún día esa testarudez te va a matar.

Puede.

Y yo voy a estar allí para decírtelo cuando pase.

Cassandra levantó la vista.

Te odio dijo Zara, y era la mentira más grande que Cassandra le había escuchado decir. ¿Cuándo pensabas hacerlo?

Mañana. Al amanecer.

Claro. Mañana. Porque planificar con antelación sería demasiado sensato. Zara pasó una mano por su cabello rojo, un gesto que Cassandra conocía bien: era lo que hacía cuando ya había decidido algo que sabía que la iba a hacer sufrir. Necesitamos equipo. Ropas de montaña, cuerdas, raciones para tres días. Y algo más.

¿El qué?

Un plan para cuando Viktor se entere.

---

Viktor se enteró esa misma noche.

No fue Zara quien se lo dijo. Tampoco Cassandra. Fue Lina, que había escuchado algo en el mercado y había creído que era su deber advertir al comandante antes de que sus dos mejores guerreras desaparecieran en la sierra sin dejar rastro.

Cassandra entró en la tienda de Viktor con la frente en alto y las manos vacías. Zara la seguía a un paso, con la mandíbula apretada.

Cierra la entrada ordenó Viktor a los guardias, y su voz era hielo. Nadie entra. Nadie sale.

La tienda era espaciosa para los estándares del campamento, pero en ese momento se sintió como una celda. Viktor estaba de pie detrás de su mesa, con los mapas de los túneles extendidos frente a él los mismos que Cassandra había ayudado a conseguir y en sus ojos había algo que Cassandra no le había visto nunca.

No era enfado. Era decepción.

¿Es verdad? preguntó. ¿Vas a subir a las montañas?

Sí.

¿Y vas a arrastrar a Zara contigo?

Zara ha tomado su propia decisión.

Viktor golpeó la mesa con la palma abierta. Los mapas temblaron, y uno de ellos cayó al suelo. Viktor ni siquiera lo miró.

¡No es su decisión! ¡Es tu obsesión, Cassandra, y la estás contagiando a la gente que te sigue! ¿Crees que no lo he visto? ¿Crees que no sé que llevas meses gastando recursos, horas, vidas, en perseguir fantasmas?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.