# El Susurro de las Montañas
## — Registro VIII: El peso de la roca —
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La subida fue más dura de lo que Cassandra había imaginado.
No era solo la pendiente, aunque esa ya era suficiente para hacer arder los músculos de sus piernas. Era el terreno: una mezcla traicionera de piedra suelta, barro seco que se desmoronaba bajo las botas, y grietas que aparecían de la nada, abriéndose como bocas hambrientas en la ladera.
— ¿Quién demonios decide vivir en un sitio así? —jadeó Zara, agarrada a una saliente de roca mientras intentaba recuperar el aliento. Su cabello rojo, normalmente impecable, colgaba en mechones pegajosos sobre su frente.
—Gente que no quiere visitas —respondió Cassandra, tendiéndole una mano para ayudarla a superar un salto particularmente traicionero. Sus dedos se encontraron, y por un instante Cassandra sintió el temblor en la mano de Zara. No era solo el esfuerzo.
Llevaban tres horas ascendiendo desde que dejaron atrás el último puesto de vigilancia conocido. El camino que Rocco les había marcado en el mapa se había desvanecido hace rato, absorbido por un terreno que parecía cambiar de forma cada vez que volvían a mirarlo. Lo que había sido una senda transitable se convertía en pedregal inestable. Lo que parecía roca sólida resultaba ser una losa suelta sobre el vacío.
—Rocco dijo que la ladera este era la más estable —murmuró Zara, mirando hacia abajo con una expresión que Cassandra conocía bien: el cálculo de quien está midiendo la distancia de una caída.
—Rocco no ha subido tan alto. Nadie lo ha hecho.
Cassandra sacó la brújula que Viktor le había dado. La aguja giraba errática, incapaz de encontrar el norte entre los picos de hierro que se alzaban a ambos lados. El parche en su bolsillo, en cambio, estaba tibio. No caliente, como aquellas veces en que sentía la presencia de ellos cerca. Tibio. Como una advertencia suave.
—Deberíamos dar la vuelta —dijo Zara, y Cassandra notó que no era la primera vez que lo decía en los últimos veinte minutos. —Podemos buscar otra ruta, algo más al sur, donde el terreno...
—No hay otra ruta. —Cassandra guardó la brújula y señaló hacia arriba. — ¿Ves esas marcas? Las que dejaron ellos. Siguen este mismo camino. Si ellos lo usan, es que es seguro.
— ¿Y si es seguro para ellos? Ellos miden dos metros y pueden... no sé, volar o algo. Nosotras no.
Cassandra no respondió. No porque no tuviera argumentos, sino porque sabía que Zara tenía razón. Cada paso que daban era un riesgo. Cada apoyo podía ser el último. Pero las marcas estaban allí, visibles para quien supiera mirar: pequeños cortes en la roca, pilas de piedras blancas, flechas apenas perceptibles grabadas en la superficie. Ellas habían seguido ese rastro desde el amanecer, y las había llevado hasta allí.
—Vamos —dijo Cassandra, y comenzó a ascender.
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El desprendimiento ocurrió sin aviso.
Un momento, Cassandra tenía los dedos hundidos en una grieta de la roca, buscando el siguiente apoyo. Al siguiente, el mundo entero crujió.
Fue un sonido que nunca había escuchado antes y que supo, con una certeza animal, que nunca olvidaría: el crujido de la piedra al romperse, no en un punto, sino en una línea que se extendía como una fractura en un hueso demasiado viejo. Sintió la vibración en las palmas de las manos, en las plantas de los pies, en la base del cráneo. La montaña entera tembló durante un segundo eterno.
— ¡Cassandra! —gritó Zara, pero su voz llegó distorsionada, como a través del agua.
Cassandra miró hacia arriba y vio el horror en cámara lenta.
La ladera, a unos treinta metros sobre ellas, se estaba moviendo. No era un desprendimiento limpio, de esos que ves venir y puedes esquivar. Era una falla entera que cedía, una lengua de piedra y tierra que se desprendía del costado de la montaña con la lentitud inexorable de un tren de carga que ha perdido los frenos.
Las rocas venían. Docenas. Cientos. Algunas del tamaño de su puño, otras del tamaño de su torso, unan, allá arriba, del tamaño de un vehículo.
— ¡Abajo! —gritó Cassandra, pero ya sabía que no había adónde ir. Estaban en una canaleta estrecha, flanqueada por paredes de roca vertical. A izquierda y derecha, solo precipicio. Arriba, la muerte bajando por la ladera. Abajo, una caída que ninguna cuerda podría detener.
Zara se pegó a la pared, los dedos arañando la roca en busca de algo a lo que aferrarse. Cassandra hizo lo mismo, con una mano apretando el parche en su bolsillo, como si pudiera protegerla.
Las primeras piedras llegaron como una andanada. Cassandra giró la cabeza, protegiéndose el rostro con el brazo, sintiendo el impacto de los fragmentos más pequeños contra su chaqueta. Un golpe en el hombro la hizo gritar. Otro en la espinilla. Zara, a su lado, emitía sonidos ahogados que Cassandra no podía distinguir entre el rugido de la montaña.
Y entonces, cuando la roca más grande —la del tamaño de un vehículo— comenzó a descender rodando hacia ellas, cuando Cassandra ya había cerrado los ojos porque no había nada más que hacer, el aire cambió.
Fue una sensación física, como si alguien hubiera aspirado todo el oxígeno de la canaleta y lo hubiera devuelto comprimido, convertido en una pared de presión que se movía a velocidad imposible.
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distopias, postapocaliptica, ficción psicológica/introspectiva
Editado: 25.04.2026