El Susurro de las Montañas

## Registro IX: El peso del informe

# El Susurro de las Montañas

## — Registro IX: El peso del informe —

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La entrada al cuartel estaba donde siempre había estado, en el pliegue de la montaña que ningún ojo humano había aprendido a ver.

Valeria descendió por la grieta con la fluidez de quien ha recorrido ese camino mil veces. La luz del atardecer se desvaneció detrás de ella, reemplazada primero por penumbra, luego por el resplandor azulado de los sistemas de iluminación que llevaban siglos funcionando sin que nadie preguntara cómo.

El ascensor —no lo llamaban así, pero eso era lo que era— la aguardaba en la cámara de acceso. Una plataforma de metal pulido, sin botones ni control visibles, que comenzó a descender en cuanto Valeria puso un pie sobre ella. El descenso duró cuarenta y siete segundos, un número que Valeria conocía de memoria. Al fondo, el rumor de la base crecía como el latido de un corazón enorme.

Salió al nivel tres con los hombros erguidos y el rostro impasible. A ambos lados del corredor, otros Bárbarois se apartaban a su paso con breves inclinaciones de cabeza. Valeria no era la de mayor rango, pero todos sabían quién era. La exploradora que había pedido voluntariamente el puesto de observación exterior. La que llevaba meses en la superficie, en contacto con los humanos, haciendo algo que ningún otro había hecho en décadas.

La que ahora regresaba con dos intrusas en su haber.

Las miradas la seguían. Valeria no les devolvió ninguna.

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La cámara de mando estaba en el corazón de la base, una cavidad natural que los primeros Bárbarois habían tallado y expandido hasta convertirla en un espacio que respiraba orden y propósito. El suelo era de piedra negra pulida hasta el brillo. Las paredes albergaban pantallas de datos que ningún humano podría descifrar, mapas topológicos del valle y sus alrededores, lecturas en tiempo real de los sensores dispersos en la ladera.

En el centro, sobre una plataforma elevada, Ilari esperaba.

El comandante estaba de espaldas a la entrada cuando Valeria entró, observando el mapa holográfico que flotaba sobre la mesa principal. Las dos señales que Valeria había escoltado hasta la cueva brillaban ahora en la ladera oriental, dos puntos rojos estáticos que indicaban que las mujeres habían hecho caso de su advertencia.

—Comandante —dijo Valeria, deteniéndose a tres pasos de la plataforma, los brazos pegados al costado en la posición de firmes que llevaba siglos perfeccionando.

Ilari no se volvió de inmediato. Sus dedos recorrían los bordes del mapa, ajustando parámetros que Valeria no alcanzaba a ver desde su posición. A su alrededor, los operadores trabajaban en silencio, pero Valeria notó cómo sus ojos se desviaban hacia ella, cómo las conversaciones se apagaban un grado, cómo el aire mismo parecía contener la respiración.

—Las dos mujeres —dijo Ilari finalmente, y su voz resonó en la cámara con la frialdad de quien lleva siglos dando órdenes—. Han cruzado la línea de exclusión. Han llegado hasta la canaleta este. Han presenciado una intervención no autorizada.

Ahora se volvió.

Ilari era alto, incluso para los estándares de los Bárbarois. Su uniforme era idéntico al de Valeria en corte y confección, pero las insignias en su cuello eran más numerosas, las correas en su pecho sostenían dispositivos que Valeria no llevaba. Su cabello, más oscuro que el de ella, estaba cortado con una precisión militar que dejaba al descubierto las sienes. Y sus ojos, esos ojos amarillos que todos compartían, miraban a Valeria con una intensidad que habría hecho retroceder a cualquier otro.

Valeria no retrocedió.

—Informe —ordenó Ilari.

Valeria respiró hondo. Había ensayado este momento durante todo el ascenso desde la cueva, durante cada segundo del descenso en el ascensor, durante cada paso por los corredores. Sabía lo que tenía que decir. Sabía lo que Ilari quería oír. Y sabía que ninguna de esas dos cosas era la verdad completa.

Decidió decir la verdad completa.

—Las mujeres ingresaron al territorio por la ladera oriental, siguiendo las marcas de nuestra red de observación. Alcanzaron la canaleta a las 16:32. A las 16:41, se produjo un desprendimiento en la falla superior, provocado por el deshielo estacional y el debilitamiento estructural de las capas de arenisca. El desprendimiento comprometió la estabilidad de toda la canaleta. En su trayectoria descendente, las rocas habrían alcanzado a las mujeres en aproximadamente dieciocho segundos.

Hizo una pausa. Ilari no la interrumpió.

—En ese momento, yo me encontraba en el puesto de observación nivel tres, a 220 metros de distancia. Descendí por la pared vertical de la canaleta e intervine en la trayectoria de los fragmentos mayores. Desvié un total de catorce rocas con un diámetro superior a un metro. Las mujeres no sufrieron heridas de gravedad. Las escolté hasta la cueva de seguridad en la ladera este, donde permanecen en este momento.

Ilari la miró en silencio. Sus dedos habían dejado de moverse sobre el mapa. A su alrededor, la cámara estaba tan callada que Valeria podía oír el zumbido de los sistemas de ventilación en los niveles inferiores.

— ¿Interviniste? —repitió Ilari, y las dos palabras pesaron más que cualquier discurso.




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