# El Susurro de las Montañas
## — Registro X: Bajo la montaña —
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La noche en la montaña era una bestia distinta a la del valle.
Cassandra lo notó en los primeros pasos fuera de la cueva. Allá abajo, la oscuridad era un manto uniforme, una lámina negra que se extendía sobre el páramo como una promesa de olvido. Aquí, en la ladera, la oscuridad tenía textura. Se movía entre las rocas, se filtraba en las grietas, respiraba con el viento que silbaba entre los picos.
Y Valeria caminaba a través de ella como si fuera suya.
Cassandra observaba fascinada, mientras sus propios pies buscaban a tientas apoyos que Valeria encontraba sin dudar. La mujer de caballo blanco avanzaba con la misma fluidez que durante el día, sin linterna, sin vacilación, como si cada piedra, cada saliente, cada precipicio estuviera grabado en su memoria con una precisión absoluta.
Pero no era solo memoria. Cassandra lo supo cuando la luna, oculta hasta entonces tras una cortina de nubes, se asomó por un instante entre los picos.
La luz plateada bañó la ladera durante apenas tres segundos, pero fue suficiente.
Los ojos de Valeria brillaron.
No era un reflejo, como el de los animales del páramo cuando la luz de las bengalas los sorprendía en la noche. Era una luz propia, tenue pero inconfundible: dos puntos dorados que ardían en su rostro como brasas bajo la ceniza. Los mismos ojos que Cassandra había visto en la ladera aquella primera mañana, los mismos que la habían observado desde la azotea del club.
—Zara —susurró Cassandra, tocando el brazo de su compañera.
Zara ya lo había visto. Su respiración se había vuelto más corta, más controlada, y su mano había encontrado instintivamente la empuñadura de su pistola, aunque no la desenfundó.
—Como un gato —murmuró Zara, y había algo en su voz que no era miedo exactamente. Era asombro. Un asombro tenso, vigilante, pero asombro al fin.
Valeria no se volvió. No necesitaba mirarlas para saber que la observaban. Sus pasos continuaron con la misma regularidad de un metrónomo, y Cassandra notó entonces que no hacían ruido. No el ruido que harían unas botas militares sobre la roca, al menos. Cada pisada era un susurro, una exhalación, un contacto calculado que apenas perturbaba el silencio de la montaña.
— ¿Cómo puede ver? —preguntó Zara, y aunque habló bajo, su voz sonó estridente en la quietud.
—No lo sé —respondió Cassandra. Pero lo estaba observando, almacenando cada detalle como hacía con las rutas, con las marcas, con todo lo que pudiera ayudarla a entender.
Los pasos de Valeria eran medidos. No lentos —avanzaban a un ritmo constante que Cassandra podía seguir sin dificultad— pero cada movimiento estaba contenido, dosificado. No desperdiciaba energía. No dudaba. Cada paso estaba calculado para ser el mínimo necesario para avanzar, ni un centímetro más.
Cassandra se comparó, como había hecho en la canaleta. Sus propios movimientos eran amplios, instintivos, moldeados por años de peleas en espacios abiertos y persecuciones entre ruinas. Abría los brazos para mantener el equilibrio, golpeaba el suelo con más fuerza de la necesaria, respiraba con la boca abierta cuando el esfuerzo apretaba. Desperdiciaba energía a manos llenas y nunca lo había notado hasta ahora.
Valeria, en cambio, era un estudio de contención. Los brazos pegados al costado, la espalda recta, la cabeza erguida. Cada movimiento parecía salir de un manual que Cassandra nunca había visto, una coreografía de eficiencia pura que hacía que todo lo demás —sus propias maneras, las de Zara, las de todos los que conocía— pareciera ruidoso, desordenado, casi infantil.
Y sin embargo, a pesar de esa contención, de esa austeridad casi brutal, Valeria imponía más que cualquier cosa que Cassandra hubiera visto en el páramo. Más que los señores de la guerra con sus capas y sus séquitos. Más que las mujeres del club con sus arneses de cuero y sus sonrisas de acero. Más que Viktor con su chaqueta de general y su autoridad ganada a golpe de batallas.
Valeria no necesitaba nada de eso. Su presencia era suficiente. Una columna de dos metros envuelta en verde oliva que caminaba por la noche como si la noche fuera su hogar.
— ¿Cuánto falta? —preguntó Cassandra, más para romper el silencio que por necesidad real.
—Poco —respondió Valeria, y fue la primera palabra que pronunciaba desde que salieron de la cueva.
No se volvió al decirlo. No aminoró el paso. Pero Cassandra notó cómo sus hombros se tensaron apenas un instante, un microgesto que en cualquier otra persona habría pasado desapercibido. En Valeria, tan medida, tan controlada, fue un temblor sísmico.
Estaba nerviosa. O algo parecido. Algo que en un Bárbarois se parecía al nerviosismo.
Cassandra guardó esa información en el mismo lugar donde guardaba las rutas y las marcas. Nunca se sabía cuándo podía ser útil.
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El camino se volvió más estrecho a medida que avanzaban. Las paredes de roca se cerraban a ambos lados, y el suelo, antes irregular pero transitable, se convirtió en una senda tallada que Cassandra reconoció como obra de manos inteligentes. No era natural. Alguien había trabajado aquella piedra, había suavizado sus aristas, había creado un camino donde antes solo había precipicio.
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distopias, postapocaliptica, ficción psicológica/introspectiva
Editado: 25.04.2026