El Susurro de las Montañas

## Registro XI: El peso de la piedra

# El Susurro de las Montañas

## — Registro XI: El peso de la piedra —

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Los aposentos estaban en el nivel dos, al final de un corredor que descendía en suave espiral. Las paredes aquí no eran de metal, como en los pasillos principales, sino de piedra pulida, del mismo material gris azulado que Cassandra había visto en la entrada. La luz no venía de líneas en el techo, sino de pequeños orbes incrustados en la roca, que emitían un resplandor cálido, casi anaranjado. Era la primera luz cálida que Cassandra veía desde que entró en la base.

Valeria se detuvo frente a una puerta que Cassandra no habría distinguido de la pared si no fuera por las finas líneas que marcaban sus bordes. La puerta se deslizó hacia un lado con un susurro hidráulico, revelando una estancia pequeña pero espaciosa para los estándares del páramo.

—Dos camas —dijo Valeria, y había algo en su voz que Cassandra no supo identificar. ¿Orgullo? ¿Disculpa? —Agua corriente en el lavabo. Sábanas limpias. Hay mantas en el armario, si tenéis frío.

Zara entró primero, con la pistola todavía colgando de la funda abierta pero la mano alejada de la empuñadura. Recorrió la habitación con la mirada, evaluando cada rincón, cada posible salida, cada superficie que pudiera esconder un arma o una cámara.

Cassandra se quedó en el umbral un momento más, observando a Valeria. La mujer de cabello blanco permanecía erguida, los brazos pegados al costado, los ojos amarillos fijos en un punto más allá del hombro de Cassandra. Su máscara impasible estaba de vuelta, pero Cassandra había aprendido a ver las grietas.

—Gracias —dijo Cassandra. No era una palabra que pronunciara a menudo, y sonó extraña en su boca. —Por traernos aquí. Por no dejarnos morir.

Valeria parpadeó. Fue un gesto mínimo, apenas un oscurecimiento de esos ojos amarillos, pero Cassandra lo vio.

—No me des las gracias aún —respondió Valeria. —No sabes lo que viene después.

—Lo sé. —Cassandra dio un paso atrás, hacia el interior de la habitación. —Pero las gracias no dependen de lo que viene después. Dependen de lo que ya pasó.

Por un instante, algo cruzó el rostro de Valeria. No era una sonrisa, no era ternura. Era algo más parecido a la confusión, como si no estuviera acostumbrada a que le dieran las gracias. O como si no supiera qué hacer con esas palabras.

—Descansad —dijo finalmente. —Comadre. Hay comida en la mesa junto a la ventana. No es lo que estáis acostumbradas, pero es nutritiva.

Se volvió para irse, pero Cassandra la detuvo.

—Valeria.

La mujer se detuvo, sin volverse del todo. Su perfil recortado contra la luz anaranjada de los orbes.

— ¿Por qué nos observaste? Al principio, quiero decir. Antes de que el comandante te lo ordenara. ¿Por qué nos elegiste a nosotras?

El silencio se alargó. Afuera, en el corredor, Cassandra podía oír el eco lejano de pasos regulares, de voces bajas, del latido constante de la base.

—Porque no corristeis —dijo Valeria finalmente. —La primera noche, en el bosque. Cuando me visteis, cuando visteis mis ojos, no corristeis. La mayoría de los humanos huyen. Algunos atacan. Vosotras... os quedasteis. Me mirasteis. Y yo necesitaba saber qué clase de persona se queda cuando debería huir.

— ¿Y qué averiguaste?

Valeria se volvió del todo. Sus ojos amarillos brillaron en la penumbra del corredor, y Cassandra vio en ellos algo que no esperaba: vulnerabilidad.

—Que no lo sé todavía. Pero quiero averiguarlo.

Se fue antes de que Cassandra pudiera responder. La puerta se deslizó detrás de ella, cerrando la habitación con un suspiro neumático.

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Cassandra se volvió hacia el interior. Zara estaba sentada en el borde de una de las camas, con la pistola sobre las rodillas y la mirada perdida en la pared de piedra. La luz anaranjada de los orbes le daba a su cabello rojo un tono cobrizo, casi líquido.

— ¿Estás bien? —preguntó Cassandra, aunque sabía la respuesta.

Zara soltó una risa corta, sin alegría. —No. Pero creo que ya no sé lo que significa "estar bien". Antes significaba tener un techo sobre la cabeza, comida para el día siguiente, que Viktor no nos enviara a una misión suicida. Ahora... ahora estamos en una base secreta bajo una montaña, rodeadas de ángeles soldados que pueden partir rocas a puñetazos, y una de ellas nos ha dicho que quiere averiguar qué clase de personas somos. Así que no. No estoy bien. No sé si voy a volver a estarlo nunca.

Cassandra se sentó en la cama de enfrente. El colchón era más firme que los del campamento, pero más limpio. Las sábanas olían a algo que no reconocía, algo fresco y limpio, como el aire después de una tormenta.

—Podríamos haber muerto hoy —dijo Cassandra. —Tres veces, al menos. En la canaleta, cuando cayó la avalancha. En el pasillo, si hubieras disparado. Aquí, si hubieran querido matarnos.

—Eso no me consuela.

—No intento consolarte. Intento decirte que estamos vivas. Que hemos llegado más lejos que nadie en décadas. Que mañana, cuando hablemos con Ilari, vamos a tener respuestas. Respuestas que nadie más tiene. Eso tiene que valer algo.




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